Comprar arte donde no se puede pagar
He comprado mucha obra de artistas durante los últimos años y, buena parte, mediante NFT; no porque creyera en la valía inmediata en ese mercado, sino porque no había otra manera de pagarles.
Lo aclaro desde el principio porque el término arrastra demasiado ruido acumulado. El descrédito era previsible y, en buena medida, merecido. Ya en 2021 sostenía que la verdadera transformación llegaría después del estallido de la burbuja, no durante. El estallido se ha producido y, con él, una tendencia a reducir todo lo que tuvo que ver con los NFT a caricatura, como si el chiste sobre los criptobros agotara el análisis.
No lo agota.
Hay países donde los sistemas financieros no son torpes ni ineficientes: están diseñados para controlar quién cobra y a quién. Transferencias bloqueadas. Plataformas restringidas. Cuentas vigiladas. En ese contexto, comprar una obra o enviar dinero a un artista es, sencillamente, imposible.
Ahí es donde ciertas herramientas basadas en blockchain han funcionado como canal: una transacción directa, sin intermediario que impida, que retenga, que denuncie. Al margen de cualquier promesa de mercado.
El problema de fondo nunca fue tecnológico. Fue estructural: quién puede acceder al sistema financiero internacional, quién puede cobrar por su trabajo y quién queda deliberadamente excluido. La burbuja NFT convirtió ese debate en una discusión sobre precios y legitimidad estética, lo redujo a ruido, y cuando el ruido se disipó, el desprecio arrastró también lo que operaba en otro registro completamente distinto.
Mientras se ridiculizaban los excesos, existían dinámicas menos visibles: apoyo directo a artistas en situaciones de restricción severa, circulación de obra sin intermediación estatal, generación de ingresos donde los mecanismos habituales están intervenidos o prohibidos.
Nada de eso convierte al NFT en un modelo deseable. Pero sí obliga a separar dos cosas que no son la misma: el ruido y la función.
Hoy esa distinción tiene peso concreto. Hay artistas en Irán, en Gaza y en otros contextos de represión sostenida para quienes la pregunta no es qué plataforma resulta más conveniente. La pregunta es si existe algún canal viable. A veces lo hay. Y a veces es, precisamente, el que ahora resulta fácil despreciar.
Reducir todo aquello a estafa colectiva no es una postura crítica. Es otra forma de invisibilizar a quienes ya son invisibilizados por sus propios gobiernos.