Gaza: el tablero donde la moral no cotiza
Hay un ruido que aturde más que el de las bombas: el silencio de los pragmáticos. Mientras Gaza se desangra en nuestras pantallas, las cancillerías del mundo practican una doble contabilidad: condenas en el libro oficial y, en el libro B, el cálculo de petróleo, pactos de defensa y el pánico a que el tablero se rompa. Esto no es política, es la descarnada geometría del poder: Realpolitik.
No miremos a Europa, que tiembla por la factura del gas. Miremos a los hermanos árabes. Sus comunicados suenan a trueno y se disuelven como niebla. No es indiferencia, es miedo. Para Egipto, Gaza es un tumor en su frontera; para Jordania, una vibración que amenaza su trono. Sus gestos públicos son un calmante para el pueblo mientras por detrás aseguran su supervivencia.
En el Golfo, el verdadero demonio se llama Irán. Arabia Saudí y los Emiratos miran a Gaza, pero vigilan a los proxies de Teherán. Una guerra regional destruiría sus megaproyectos, por lo que usan la normalización con Israel no como un fin, sino como una carta marcada en el gran mercado geopolítico.
Mientras, el Lejano Oriente observa con distancia de entomólogo. China usa la causa palestina como un garrote retórico contra EEUU en la ONU, sin arriesgar un solo yuan. Japón y Corea del Sur, vasallos energéticos y militares, procuran no hacer ruido para no molestar a Washington. Solo Australia y Nueva Zelanda, desde lejos, se permiten una conciencia crítica, aunque testimonial.
Al final, Gaza funciona como un líquido de contraste que revela las obstrucciones del poder global. Demuestra que la moral es una divisa devaluada frente al descarnado principio de la supervivencia. Y mientras el mundo calcula, en Gaza la gente muere. Sus vidas no entran en la hoja de cálculo de la Realpolitik; son el daño colateral de un juego cuyo silencio está lleno de razones de Estado.