IA, creatividad y el lugar que sigue ocupando el artista
La inteligencia artificial no elimina la creatividad. La desplaza de lugar.
Y ese matiz lo cambia todo.
Durante siglos se ha asociado el valor del arte a la destreza manual, al dominio técnico del medio. Sin embargo, esa lectura es históricamente frágil. Desde Duchamp, pasando por el arte conceptual, el performance o el arte digital, sabemos que el núcleo del arte no reside en la herramienta, sino en la intención y en la experiencia que se activa en quien la recibe. La creatividad nace en la mente, no en el instrumento.
En ese sentido, la IA no supone una ruptura radical, sino una continuidad tecnológica. Prototipado rápido, iteraciones infinitas, ampliación de capacidades perceptivas y formales. Los artistas llevan décadas trabajando con herramientas “inteligentes”, desde software generativo hasta sistemas algorítmicos. La IA amplía el campo, no lo sustituye.
Como señala el MIT, el debate relevante no está en la novedad de la herramienta, sino en cómo se integra en ecosistemas creativos ya existentes.
El verdadero conflicto es ético, no estético.
Impacto ambiental, uso militar, automatización de sistemas de vigilancia, propaganda política, manipulación audiovisual y desinformación mediante deepfakes. Estos son riesgos estructurales que afectan a la sociedad en su conjunto y que exigen regulación, transparencia y responsabilidad. El problema no es que una imagen “parezca arte”, sino que una tecnología sin control se convierta en infraestructura de daño.
Existe, además, una herida concreta y legítima en el ámbito creativo: el uso de datasets entrenados con obras sin consentimiento. Creatividad extraída sin permiso, sin reconocimiento y sin compensación. Aunque empiezan a surgir herramientas para identificar si una obra ha sido utilizada en procesos de entrenamiento, la cuestión de fondo sigue abierta. La batalla decisiva no es técnica, sino política y ética: cómo se construyen modelos de entrenamiento justos y verificables.
Paradójicamente, la IA también está generando una estética propia. Un “slop kitsch” reconocible: gestos imposibles, cuerpos incoherentes, planos aplanados, errores persistentes. Esa extrañeza, lejos de invalidar el medio, se convierte en materia prima. Una textura más dentro del imaginario contemporáneo, apropiable, subvertible y reutilizable por los artistas, como ocurrió con el glitch o el error digital.
Por eso, la pregunta final no es técnica.
¿Abrazamos las imperfecciones de la mano o las de la máquina?
Ambas pueden ser arte si la intención es auténtica.
Porque la creatividad no es un método ni un software.
Es una forma de estar en el mundo.