Opinión y blogs

Sobre este blog

Inevitable, no perfecto

Juan A. Esteban Ruiz

0

En una época obsesionada con la optimización, la perfección se ha vuelto una categoría sospechosamente cómoda. Todo a nuestro alrededor está llamado a funcionar mejor, verse mejor, circular mejor, presentarse mejor. Las imágenes se corrigen, los discursos se afinan, las identidades públicas se calibran. En ese contexto, también el arte corre el riesgo de aceptar una tarea que no debería ser la suya: convertirse en una forma sofisticada de lo impecable.

Durante demasiado tiempo se ha dado por supuesto que una buena obra debía aspirar a la perfección. A un acabado convincente, a una coherencia formal, a una autoridad estética capaz de imponerse sin fisuras. Ese ideal sigue operando en muchos circuitos de legitimación cultural, aunque ya no se formule de manera tan explícita. Y, sin embargo, una obra perfectamente resuelta no es necesariamente una obra importante.

De hecho, hoy la perfección suele llevarse demasiado bien con la adaptación. Lo impecable circula. Lo impecable se reconoce rápido. Lo impecable encaja. Puede ofrecer prestigio, solvencia, competencia. Lo que no garantiza es intensidad, verdad o capacidad de irrupción.

Por eso conviene desplazar la pregunta. No exigir al arte que sea perfecto, sino que sea inevitable.

La diferencia es decisiva. La perfección pertenece al orden del juicio. La inevitabilidad, al de la necesidad. Una obra perfecta se ofrece a la evaluación de su forma. Una obra inevitable aparece porque algo en el presente la reclama. Porque existe una presión histórica, política, afectiva o sensible que no podía seguir sin lenguaje.

Eso no significa que toda urgencia produzca arte ni que el rigor deba abandonarse en nombre de la espontaneidad. Significa otra cosa: que el valor de una obra no debería medirse solo por su nivel de resolución, sino también por la fuerza de la necesidad que la atraviesa. Por su capacidad de hacer visible un conflicto, reorganizar una experiencia o introducir una discontinuidad en el paisaje saturado de signos e imágenes que consumimos a diario.

En un mundo donde casi todo tiende a presentarse como acabado, eficiente y disponible, el arte tiene una oportunidad singular: negarse a ser meramente correcto. Negarse a ser una variante refinada de la producción optimizada. Recordarnos que no todo lo valioso nace de la pulcritud y que algunas de las formas más intensas de verdad estética llegan con asperezas, con zonas abiertas, con una incomodidad que la perfección suele limar demasiado pronto.

El problema del arte perfecto no es solo que a veces resulte frío. Es que puede volverse intercambiable. Puede ser admirado sin ser necesario. Puede ocupar su lugar en el circuito sin alterar nada de lo que toca. Y entonces deja de importar, aunque siga funcionando.

El arte inevitable opera de otra manera. No siempre seduce de inmediato. No siempre responde a los criterios heredados de excelencia. Pero tiene algo más difícil de conseguir: peso. Aparición. Consecuencia. La sensación de que esa obra no está ahí para rellenar el espacio cultural, sino porque había algo que necesitaba hacerse visible y no podía seguir esperando.

Tal vez esa sea una de las tareas más urgentes del arte hoy: volver a ser necesario. No perfecto, no decorativo, no impecablemente integrable, sino necesario. Capaz de intervenir en la sensibilidad de su tiempo, de poner en crisis algunos consensos, de nombrar experiencias todavía dispersas, de devolver conflicto allí donde solo parece haber gestión de la apariencia.

No se trata de rebajar la exigencia. Se trata de desplazarla.

La pregunta importante ya no debería ser si una obra alcanza un ideal abstracto de perfección, sino si tiene una razón suficiente para existir ahora. Si asume el riesgo de aparecer. Si responde a algo más que a la mera expectativa de validación.

Hay obras que no podían no existir. Esas son las que permanecen.