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El Museo Reina Sofía y la moderación preventiva

Aitor Merino Martínez

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Hace unos días, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid inauguró la parte de su colección permanente dedicada al periodo 1975–2026. En el texto distribuido a los medios se hablaba de una reordenación necesaria, justificada por la voluntad de incorporar más obras, más artistas, más mujeres, más adquisiciones y más piezas inéditas. Sin embargo, basta recorrer con calma la cuarta planta del museo para advertir que esa insistencia en lo cuantitativo —en los porcentajes, en el “más”— funciona, en realidad, como una cortina de humo que intenta ocultar la ausencia de relato.

Podrían cuestionarse numerosos aspectos de esta reordenación. Setenta de las 403 piezas que articulan el recorrido son de reciente adquisición, una cifra que invita a preguntarse si las casi 25.000 obras que el museo ya custodiaba no bastaban para sostener una narración coherente o, más bien, si durante décadas no se supieron identificar los vacíos y desajustes del relato expositivo que ahora la nueva dirección afirma venir a subsanar. También sorprende la abrumadora presencia de la escultura, sin que en ningún momento se justifique por qué se privilegia este medio ni por qué se relega la pintura, decisiva desde los años ochenta y hoy en un momento especialmente fértil. A ello se suma la insistencia en un marco estrictamente español. El recorrido arranca en 1975, tras el final de la dictadura franquista, un momento marcado precisamente por la intensificación de las conexiones culturales internacionales. Sin embargo, esas relaciones con América Latina, Europa o el Mediterráneo aparecen diluidas en un relato puramente “ombliguista”. El resultado es una lectura estrecha que empobrece un periodo definido, justamente, por su densidad y su dimensión transnacional.

Lo más significativo, no obstante, es el tono político del relato —o, más bien, su pretendido carácter apolítico y neutral—. Durante la etapa de Manuel Borja-Villel, el discurso del museo fue abiertamente político, en ocasiones incluso excesivo, pero siempre reconocible. Se podía discrepar, pero el posicionamiento de la institución era inequívoco. La nueva ordenación, en cambio, parece deliberadamente tibia: evita el conflicto, rebaja la fricción y suaviza los ángulos. Todo parece calibrado para no incomodar demasiado, algo difícil de justificar en un museo que trabaja con décadas atravesadas por la memoria histórica, las luchas sociales, las crisis económicas y los debates culturales más intensos. Un museo que no incomoda a nadie corre el riesgo de no decir nada.

Cuesta no leer esta operación como un gesto de distanciamiento respecto a la etapa anterior —quizá incluso como una forma de rendición de cuentas simbólica—. Y quizá también sea una forma de preparar la institución para un futuro incierto ante el auge de la extrema derecha. Esa moderación preventiva puede entenderse como prudencia, pero también como anticipación del miedo.

Un museo nacional no es un escaparate: es una máquina de producir relato. Si la brújula que lo guía es el equilibrio estadístico y la cautela política, el resultado será correcto, ordenado y poco arriesgado. Pero el arte, desde 1975 hasta hoy, no ha sido ni correcto ni ordenado. Ha sido conflictivo, contradictorio y excesivo. Si lo aplana hasta convertirlo en una línea sin tensiones, renuncia a lo más valioso que puede ofrecer: incomodar al presente.