Sinvergüenzas
Hay palabras cuyo significado se resiente por un uso excesivo, pierden su sentido original y quedan como un cajón de sastre léxico que ni fu ni fa. Por ejemplo: “sinvergüenza”. Hay una notable diferencia entre las dos primeras acepciones que le asigna el DRAE: no es lo mismo el pillo que se va sin pagar del bar que el delincuente que trafica con mascarillas e intenta engañar a Hacienda; ni quien insulta a alguien en la calle es igual que quien lo hace desde la tribuna de invitados del Congreso al presidente del Gobierno. Los cuatro casos encajan en el apelativo, quedando muy corto, cortísimo, casi un sarcasmo, para los segundos.
Cuando se expresan, las personas comunican más allá del vocabulario, la gramática y la sintaxis mediante el contexto, el tono y la elección de unos u otros vocablos. La lengua española es muy rica en vocabulario y su fertilidad semántica, en sus usos académico y popular, es apreciada en el mundo. Así, llamar sinvergüenzas al ciudadano González Amador y a su novia puede pasar como una forma de complicidad, de reírles la gracia, de blanquear sus conductas, nocivas para la convivencia y peligrosas para la Democracia.
Ante el posicionamiento de Mazón y Feijóo a cuenta de la dana, de Mañueco, Bendodo y Feijóo a cuenta de los incendios, de Moreno Bonilla y Feijóo a cuenta de la Sanidad Pública y la quita de deuda pública en Andalucía, de Ayuso, Abascal y Feijóo a cuenta de la migración, del Poder Judicial, Hurtados y Peinados a cuenta de la imparcialidad, de la UCO a cuenta de las varas de medir investigaciones e informes y de cargos públicos a cuenta de los turbios asuntos que pasan por sus manos, se puede pensar que la mayoría es inmune a la turbación del ánimo ocasionada por la conciencia de alguna falta cometida o por alguna acción deshonrosa y humillante, turbación del ánimo conocida como “vergüenza”.
¿Se imaginan llamar sinvergüenza al Trump que socava la Democracia y la Paz en lugar de déspota? ¿O a Bolsonaro, en lugar de golpista? ¿O a Netanyahu, en lugar de genocida? ¿O a Putin, en lugar de sátrapa? ¿O a Abascal, en lugar de fascista? No, ¿verdad? En estos y muchos otros casos, el apelativo se queda corto y, sin embargo, es aplicado con excesiva frecuencia. La propaganda de los medios afines –la mayoría– a estas amenazas sociales marca la pauta lingüística, moral y ética a seguir por la audiencia a la hora de calificar a unos y a otros, al igual que sucede con el tratamiento desigual de la guerra en Ucrania y el genocidio en Gaza llevado a cabo por esos medios y la representación política de la UE.
España es un país sumiso, domesticado por siglos de miedo y silencio impuestos por una sucesión de monarquías, guerras y dictaduras que han tenido como hilos conductores de la política nacional la represión y la corrupción. Censura y represión son un caldo de cultivo idóneo para que el lenguaje desarrolle mecanismos para sortearlas en base a jerigonzas, jergas y otras florituras del ingenio popular. A ello se suman los tradicionales cotilleos, chismorreos, habladurías, comadreos, critiqueos y otras formas de afilar lenguas y opiniones y seleccionar las palabras para expresarlas: “En criticar y murmurar, / el tiempo que te has ‘llevao’, / en criticar y murmurar, / mejor lo hubieras ‘empleao’ / en blanquear tu ‘fachá’, / que bien sucia la has ‘dejao’”. De ahí al bulo y la desinformación, dos telediarios.
Los términos para definir a las personas y sus conductas, lejos de ser incompatibles, son complementarios, por lo que, en un diagnóstico rápido y general –injusto, por tanto– de la clase política nacional e internacional, cabe afirmar que a déspotas, dictadores, sátrapas, genocidas, corruptos, delincuentes, “patriotas” policiales y judiciales, medradores y otras especies malsanas les encaja bien el epíteto sinvergüenza como uno de los ocho apellidos indecorosos, y a veces compuestos, que pueden acumular sin mucho esfuerzo.