Víctimas demasiado perfectas
“Las víctimas demasiado perfectas dan miedo, porque iluminan una verdad insostenible”.
(Roberto Calasso. Las bodas de Cadmo y Harmonía).
“Finales de enero de 2024. Hind Rajab tiene seis años. Está acurrucada en el asiento trasero del coche de sus tíos, abrazada a sus cuatro primos pequeños.No muy lejos de una gasolinera, cerca de Tel al-Hawa, el coche se ve inmerso en una lluvia de fuego por parte de la artillería israelí. Hind mira a su alrededor: nadie habla y todos se han desplomado. Con manos seguramente temblorosas, toma el teléfono de los dedos de su prima de quince años, Layan, que ha sido abatida mientras estaba hablando con los operadores de la Media Luna Roja. Hind explica que ”los demás han muerto o puede que duerman“ y ruega que la ayuden. ”El tanque armado está frente a mí. Se mueve. ¿Vendrás a buscarme? Tengo tanto miedo“ (…) Doce días después, el cuerpo sin vida de Hind fue encontrado en el interior de aquel vehículo, sobre el que alguien siguió disparando, acribillado por más de trescientas balas, no lejos de la ambulancia que llevaba los cadáveres de sus rescatistas de la Media Luna Roja que no consiguieron llegar a tiempo”.
Así relata Francesca Albanese en su libro, a la vez desgarrador y esperanzado, “Cuando todo el mundo duerme”, el final de una niña gazatí que debería convertirse en símbolo del genocidio al que asistimos en directo. La historia de su muerte me ha hecho recordar la de otra víctima demasiado perfecta, Carila, recogida por Calasso en el libro del que procede la cita que encabeza esta reflexión; una historia que, saltando los milenios, como una flecha lanzada por un dios, ha llegado hasta nosotros, gracias, en primer lugar, a un sacerdote custodio del santuario de Apolo en Delfos, Plutarco, quien decidió que merecía ser recordada, mucho tiempo después de que los hechos sucedieran, cuando había desaparecido ya de la memoria de casi todos sus contemporáneos. De no ser por él nada sabríamos de la muchacha, de la niña. Su nombre y sus actos habrían desaparecido para siempre.
Esta es la historia:
Mucho tiempo atrás Delfos y su comarca sufrieron una tremenda sequía que desembocó en hambruna. Sus pobladores, desesperados, acudieron al rey del lugar en demanda de ayuda. Este se presentó ante ellos con unas magras cestas de grano que sus sirvientes fueron repartiendo cicateramente, comenzando por los ciudadanos más notables y descendiendo a lo largo de la escala social, hasta que ya nada quedó en ellas, cuando ya solo esperaban los más pobres. Carila, una niña, se atrevió a acercarse al rey para pedirle comida. Este, ofendido, se quitó una sandalia y se la arrojó a la cara. La niña se retiró junto con el resto de hambrientos y desapareció. Abandonó Delfos camino del bosque donde, eligiendo el árbol apropiado, se ahorcó con el cinturón que acreditaba su condición de virgen. Nadie la echó en falta.
Y la carestía se enconaba, la hambruna no dejaba de matar. Así que el rey consultó a la Pitia, la sibila del santuario de Apolo. Su sentencia fue: “reconcíliate con Carila, la virgen suicida”. Pero nadie tenía idea de quién era esa Carila con la que el rey tenía que reconciliarse. Podría decirse que el nombre Carila no había pertenecido a nadie.
Solamente una persona, una mujer, entendió quién podía haber sido Carila: aquella niña que un día encontró colgada de un árbol, a la que dio sepultura en aquel mismo lugar. Aquella mujer era una sacerdotisa de Dioniso, el Otro de Apolo, opuesto pero complementario, segundo rostro de una totalidad bifronte.
Los principales teólogos délficos -refiere Calasso-, reflexionaban. Debían encontrar la fórmula exacta para responder a la Pitia. Al final decidieron mezclar un sacrificio con una purificación.
El sacrificio se había realizado, aunque nadie se había dado cuenta de ello:
“Al olvidar a los pobres en la distribución de comida, el rey los había expulsado de la vida. Al golpear a Carila había realizado un sacrificio sin ceremonia. Entonces Carila había elevado ese gesto a la conciencia ahorcándose. Pero su sacrificio no había sido percibido. Los délficos (…) no se habían dado cuenta de la desaparición de Carila. No habían entendido que Carila no era víctima del hambre, sino de un sacrificio. La habían olvidado porque era una víctima demasiado perfecta. Y las víctimas demasiado perfectas dan miedo, porque iluminan una verdad insostenible”.
Sobre este blog
En este blog publicamos los artículos y cartas más interesantes y relevantes que nos envíen nuestros socios. Si eres socio/a puedes enviar tu opinión desde aquí. Consulta nuestras normas y recomendaciones para participar.
0