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'Cartago': la mafia policial de los 80 más allá del caso de 'El Nani'

Imagen del juicio del caso de 'El Nani', en 1988.

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“La fotografía es la verdad” decía Jean-Luc Godard (que añadía: “Y el cine, la verdad 24 veces por segundo”). Y fueron las de un gran reportero gráfico de la transición, Antonio Suárez de Arcos, las que, tres años después de la desaparición de 'El Nani', completaron lo que la justicia no había podido solventar en el juicio.

De los siete policías pertenecientes a la llamada mafia policial juzgados, cuatro resultaron absueltos por el tribunal “por falta de pruebas”, los inspectores José María Pérez Gutiérrez, Felipe Pindado, Gonzalo Álvarez Fernández y Miguel Ángel Lebrón, además de los dos médicos de la Dirección General de Seguridad, por otros tecnicismos. Dicho en palabras del abogado Jaime Sanz de Bremond, de la acusación particular en nombre de la Asociación contra la Tortura, de la que era vicepresidente: la sentencia condenatoria de los tres principales acusados –Francisco Javier Fernández Álvarez, Victoriano Gutiérrez Lobo y Francisco Aguilar González– “reconoce que otros funcionarios debían haber sido condenados, sólo que, en la medida en la que no fueron acusados de los delitos por los que el tribunal entiende que debieron ser condenados, se les absuelve, pero el propio tribunal declara que puede haber existido responsabilidad penal por parte de estos funcionarios”.

Con uno de los policías absueltos, tuve cierta relación siendo redactor-jefe de Información del semanario Interviú: con José María Pérez Gutiérrez, apodado 'Cartago' por sus compañeros, por ser natural de Cartagena (1951). Cuando lo conocí, hacia 1984, nos vimos en bastantes ocasiones, más que por cuestión de paisanaje –Madrid y el mundo bullen de murcianos con los que no he cruzado una palabra– porque era jefe de escoltas del primer ministro socialista de la Presidencia, Javier Moscoso. Y éste era, a su vez, muy amigo de algunos amigos míos y compañeros de trabajo: Julia Navarro, Javier Martínez Reverte, el fotógrafo César Lucas...

Por lo que fuera –¿quién conoce los intríngulis de los políticos?–, le caía tan bien a Moscoso que me propuso la jefatura de Prensa de la Presidencia, supongo que recomendado por los amigos comunes, lo que rechacé no sólo por ser reacio a los carnets (el DNI, por imperativo legal, pero estuve 15 años con uno caducado, y el de conducir no lo saqué hasta los 34 años) sino porque periodismo y militancia política siempre me han parecido agua y aceite, materias inmiscibles. Pero mis explicaciones –mi amor a la noticia, al reporterismo y el ordenar desde la mesa de la jefatura de Redacción la información, los reportajes, los títulos, las fotografías, el diseño..., esas cosas, para hacer con todo ello un producto periodístico– le debieron parecer suficientes, porque mantuvo la amistad, superficial: mejor diría el contacto, y con ello, la relación con 'Cartago'.

Éste se reunía a menudo con nosotros en el pub Negresco, en la calle Potosí, frente a las instalaciones madrileñas del Grupo Zeta. Una tarde, estábamos con él en la terraza del bar cuando llegó César Lucas para entregarnos algo, imagino que unos carretes de fotografías; su mujer, María del Carmen Abreu, lo esperaba sentada en el asiento del copiloto de su coche, un deportivo rojo quiero recordar, aparcado en segunda fila en la acera de enfrente. De improviso, un joven desahogado se coló en el asiento del conductor, amenazó a Carmen, puso en marcha el motor y salió de naja. Nos quedamos atónitos, sobre todo César. 'Cartago' se hizo cargo de la situación rápidamente: subió al fotógrafo a su coche oficial, montó por radio un dispositivo de localización del coche robado y la mujer secuestrada y salieron en su persecución. Al cabo de un par de horas, una vez localizado y detenidos vehículo y delincuente, César nos contó que habían encontrado su coche a toda velocidad por uno de los laterales del Paseo de la Castellana –que, para los no madrileños, aclaro que tiene tres carriles centrales en cada dirección y dos calles laterales separadas por sendos bulevares–; que 'Cartago' había intentado ponerle su pistola reglamentaria en las manos, al tiempo que lo conminaba:

–¡Dispárale, dispárale!

–¿Estás loco, José María? –César ni tocó el arma– ¡Que va mi mujer dentro!

Así era José María Pérez Gutiérrez, alias 'Cartago': un tipo simpático, bragado y 'echao palante'. Por entonces, aún no sabíamos nada, yo al menos, de sus andanzas en la Brigada Antiatracos.

Una historia entre malos, delincuentes, y peores, policías de la mafia policial

Pronto me enteraría. José María Pérez Gutiérrez pertenecía al grupo primero de la Brigada Regional de Policía Judicial, la Brigada Antiatracos que dirigía el inspector Adelardo Rafael Martínez García, alias 'El Peque', y tenía tras de sí un espantoso historial de homicidios que para alguno merece ser calificado de “serial killer”, de asesino en serie.

Esa historia entre malos, los delincuentes, y peores, los policías corruptos de la mafia policial, se inicia –que se sepa, hay quien cifra en 15 las víctimas de la mafia policial, como el atracador Juan José González Luengo, entre otros– con la ejecución de Antonio Vilariño Sanz, 'El Vila', el 6 de octubre de 1983. Un curtido de los bajos fondos, con un historial espeluznante de atracos y malos tratos extremos a mujeres, que incluso ordenó desde la cárcel el asesinato de su propia esposa por haberse gastado el premio de una quiniela con su amante. 'El Vila' viajaba con Paloma Suárez por el centro de Madrid en un taxi que fue detenido por tres coches policiales del que se bajaron cuatro hombres y uno de ellos, 'Cartago', sin decir una palabra ni avisar que eran policías, le descerrajó tres tiros, dos a bocajarro y un tercero ‘a cañón tocante’. La mujer fue trasladada a la Dirección General de Seguridad del Estado, interrogada, vejada y torturada. La excusa de policías y ejecutor era que “sospechaban” de que iba a atracar un banco. Quédense con esa copla: banco. Luego veremos por qué.

Un mes después, en noviembre de 1983, sucede la ‘desaparición’ de 'El Nani' que contamos la semana pasada, de cuyo juicio José María Pérez sale absuelto “por falta de pruebas”.

Y unos meses después, en la mañana del 18 de junio de 1984, tres delincuentes, el veterano Martín de Paredes, el joven novato de 18 años Pardo Ruiz y otro veterano, Fernández Corroto, atracan el taller de joyería Viuda de Tornero, en la calle Atocha de Madrid. El jefe de la partida es Corroto, quien, tras el atraco, sale tranquilamente a la calle, sin armas y sin botín, tal como había acordado con los 'maderos' de los que era compinche y confidente, y desaparece. Los otros dos son “sorprendidos” con las armas y el botín bajando las escaleras, por los policías José María Pérez Gutiérrez, Jaime Cabezas de Herrera y Adelardo Martínez García, que, casualmente, pasaban por allí milagrosamente provistos de chalecos antibala. Los dos atracadores son acribillados a tiros por 'Cartago' de forma “exquisitamente profesional”, según palabras del fiscal, y “sin darles oportunidad de entregarse”. Sólo se recupera una mínima parte del botín: de las quince ‘mantas’ de joyería robada, la Policía sólo devuelve cuatro a los joyeros.

Estamos en el cénit de la ola de criminalidad en la España democrática. En 1983 se registraron 818 atracos con un botín de 653 millones de pesetas, siete delincuentes y cinco comerciante muertos, pero es que, al año siguiente, las cifras son terroríficas: 158.542 robos a mano armada; es decir, 433 tres diarios, 18 a la hora (según El País del 8 de agosto de 1993). O sea que la resolución del atraco de Atocha es una gran operación policial: el inspector Pérez Gutiérrez no sólo recibe una gratificación de 10.000 pesetas –que si hoy es una miseria, 60,10 euros, entonces suponía unos diez días de salario mínimo– sino que es felicitado personalmente por el ministro Barrionuevo –pródigo en reconocimientos, medallas y recompensas.

Para redondear la operación, el 31 de julio, dos de los tres policías de Atocha, Pérez Gutiérrez, y Cabezas de Herrera, esperan al huido Fernández Corroto en Móstoles, cita que se supone para ajustar cuentas, es decir, darle su parte del botín, pero lo recibe en forma de plomo encapsulado en acero: balas. El atestado del asesinato de Corroto, alude a sospechas de que iba a atracar una fábrica.

Unas fotos reabren el sumario de Atocha

Entonces, aparecen las fotos. Estamos ya en 1986. En 1985, la Audiencia Provincial había dado carpetazo a la desaparición de 'El Nani' y los tribunales daban por buenos los atestados oficiales donde las sospechas se traducían en homicidios.

En ésas, Antonio Suárez de Arcos, uno de los grandes fotoperiodistas de la transición, viene a verme con un reportaje sobre el atraco.

Él mismo me recuerda la historia: “Iba paseando por Atocha, cuando vi el follón; venía de la Agencia Pull, que habíamos montado un grupo de fotógrafos [entre ellos, el malogrado Roberto Villlagraz, otro de los grandes fotoperiodistas de la ápoca] y me había dejado las cámaras en la agencia, pero siempre llevo una de 35 mm en el bolsillo y aunque tuve que mezclarme con los mirones, porque los municipales habían acordonado la zona y no me dejaron acercarme ni con la acreditación de prensa, las hice. Vendimos una foto a Diario 16, que se publicó como foto-noticia: un atraco más en Madrid. Y dos años después, haciendo en Interviú una sustitución de vacaciones de verano, la vida del 'freelance', ya sabes, me asignaron a trabajar con el reportero de investigación José Luis del Campo, que llevaba todo el asunto de la mafia policial y lo del Nani... Y entre los dosieres de casos sin resolver, por no tener pruebas ni testimonios, me topo con el atraco de Atocha. La fecha, el lugar y los datos me recordaron que esas fotos, esas ‘no-pruebas’, existían. Se lo dije a José Luis y me contestó que era imposible que hubiera nada, pues los polis incluso le habían quitado los carretes a un fotero de algún medio que pasó por allí. Entonces, las busqué, hicimos en el laboratorio grandes ampliaciones de los negativos y allí estaba Pérez Gutiérrez, al que conocíamos por su parentesco y sus visitas a Interviú, con otros dos arrastrando por la acera uno de los cadáveres y luego metiéndolos en una 'lechera' de la Policía Nacional, aquellos Seat 124 modificados de color blanco. Y te las llevé a tu mesa”. Allí estaba, en medio del trío, 'Cartago', en una, arrastrando un cadáver por la acera y, en otra, metiendo otro en la parte de atrás de la 'lechera'. Así que las fotos se publicaron en Interviú y eso hizo saltar por los aires todo el asunto de la mafia y lo de 'El Nani', el joyero de Santander, el señorito andaluz (Messía Figueroa) y todo lo demás. Casi tres semanas después, más o menos, no lo recuerdo bien, El País abrió las páginas de Nacional a cinco columnas con esas fotos. Y poco después, se reabrió el sumario de esos asesinatos, cerrado anteriormente por “falta de pruebas”.

Llamé, lógicamente, a José María Pérez Gutiérrez para recabar su opinión. Se presentó, angustiado, en la redacción de Interviú y, cuando, tras aludir a la cercanía e incluso la amistad, se dio cuenta de que yo no tenía más remedio que publicar las fotos, identificó a los otros dos inspectores del suceso e incluso me dio una carterita de aquellas de papel de fotos de aficionados con una colección de fotografías en papel en color de 9x13 con fotos de los impactos de los numerosos balazos en las escaleras que habían hecho ellos para su coartada; eso sí, en ninguna se veía sangre. Y eso, también: nadie más, del ministro a los mutuamente conocidos, hizo el menor esfuerzo para que no saliera el reportaje: ya sabían la catadura del sujeto. El reportaje se publicó inmaculadamente, con las fotos de Antoñito Suárez, las que me aportó 'Cartago' y las versiones conocidas de los hechos, incluida la policial.

Fue la última vez que vi a José María, a 'Cartago'.

El País, que había heredado del ABC la estúpida pretensión de que nada era noticia hasta que se publicaba en sus páginas, republicó las fotos y la historia. Y, entre unas cosas y otras, más las declaraciones del joyero perista Venero, algunos chivatazos sobre el enterramiento que resultaron fallidos, y, sobre todo, la aparición en escena de Jaime Messía Figueroa, que se decía ‘aristócrata’ –los aristócratas tenemos otro carácter–, se reabrió el sumario, al que, como era habitual, se le había dado carpetazo, validando las quiméricas ‘explicaciones’ de los mafiosos con placa. A los tres asesinos y a su jefe, ya condenado por 'El Nani' les cayeron 367 años de cárcel.

Messía Figueroa fue investigado por una confidencia de un recluso, que aseguraba que él y los mafiosos habían enterrado en cal viva al Nani –“En estos momentos no se le reconoce ni por la dentadura”, se jactó una de los asesinos/desaparecedores– en su finca cordobesa de ‘Campo Alto’. Disfrazado de dandi, Messía era un tipo polifacético: al mismo tiempo que confidente de la Policía y de los servicios de Información, aún de la dictadura, era un habitual de los bajos fondos, especialista en planear secuestros y atracos de bancos. En el hampa se lo apodaba con el alias de 'El Lagarto', por sus peculiares características físicas. La búsqueda de los restos de 'El Nani' en su finca y en dos pantanos adyacentes fue infructuosa, pero las declaraciones del joyero Venero lo llevaron a la cárcel, especialmente tras el asalto a la sucursal del Banesto de la plaza madrileña de la Lealtad, un botín de 1.200 millones de pesetas, y la sospechosa desaparición del joyero Mariano Loriente, el segundo desaparecido de la democracia, cuyo automóvil, en el que transportaba mantas de joyería por valor de 130 millones de pesetas, fue hallado después en la planta que usa la policía para sus coches camuflados en el aparcamiento de la calle Mayor de Madrid.

Como era de esperar, el 'Lagarto' huyó de la cárcel y puso pies en polvorosa, primero a Brasil y luego a Miami, USA, donde, trabajando en El Fígaro Magazine, el reportero de investigación Javier García y uno mismo lo localizamos: nos reconoció que 'El Nani' había muerto de un infarto en la DGS tras las prolongadas palizas de sus asesinos, pero que no estaba enterrado en su finca. Cuando apareció en ese dominical de Diario 16, al Gobierno socialista no le quedó más remedio que pedir su extradición. Así lo solía hacer: en el caso de Emilio Hellín Moro, el asesino de la estudiante Yolanda González, que vivía al amparo del dictador Stroessner en Paraguay, tampoco la pidió, conociendo su paradero, hasta que lo descubrimos en Interviú. Messía Figueroa salió de la cárcel y de los tribunales tan virgen, delictivamente, como había entrado. Como el joyero Venero, apenas condenado a dos años, a pesar de participar activamente en la trama de la mafia policial, ser su perista y contribuir a implicar a los delincuentes en atracos que terminaron en asesinatos.

Cuando la mítica editorial Aguilar fue engullida por el insaciable Grupo Prisa (1986), uno de sus directivos despedidos montó una editorial, Grupo Libro, para aquellos estafadores de cuello blanco de Fórum Filatélico –me publicó un excelente libro de relatos: Acto de amor y otros esfuerzos (1992)– y me contó que conocía a José María Pérez Gutiérrez, 'Cartago', que había ganado un concurso de cuentos para presos y que hacía trabajos, de documentación y así, para las novelas de su hermano.

Y es que, pesar de los más de 500 años de cárcel reunidos por los pillados de la mafia policial –muchos otros se fueron de rositas–, desde finales de los 90, la mayoría ya disfrutaba de la semilibertad del tercer grado penitenciario y, mientras se labraban un nuevo futuro de ciudadanos honrados, de los millonarios botines, como del cadáver de 'El Nani': ni se sabe ni se contesta.

Misterios de aquélla, de ésta –y esperemos que no de la futura– Justicia española. Pero ésa es, todas lo son, otra historia.

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