El PSOE intenta maquillar su debacle autonómica para que Sánchez rentabilice los pactos del PP con Vox
De desastre en desastre hasta la victoria final. Esa es la consigna en el PSOE tras un ciclo de derrotas autonómicas que tuvo su punto álgido este domingo en Andalucía, donde cosechó el peor resultado de su historia. Lejos de hacer zozobrar los planes respecto a la legislatura estatal, que insiste en apurar hasta 2027, Pedro Sánchez apela una vez más a hacer de la necesidad, virtud. Y a no dedicar demasiado tiempo en lamerse las heridas para apresurarse a utilizar los pactos del PP y Vox como rearme para su propia batalla política personal: la de las próximas elecciones generales.
En la reunión de la Ejecutiva federal de este lunes no se produjo ningún cuestionamiento de la estrategia de Ferraz y Moncloa que ha llevado a coleccionar cuatro derrotas consecutivas en Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía. Algunas de ellas, especialmente sangrantes y vinculadas a decisiones que adoptó en primera persona el propio Sánchez, como el envío de ministras a los territorios para liderar candidaturas que han resultado fallidas. En torno a la de María Jesús Montero, que cavó un poco más el suelo histórico socialista en Andalucía, se produjo un absoluto cierre de filas, según los dirigentes consultados que estuvieron presentes en esa Ejecutiva.
Esas mismas fuentes trasladan que la principal reflexión del presidente del Gobierno de puertas hacia adentro tuvo que ver con una lectura muy particular de los resultados que arrojaron las urnas andaluzas este 17 de mayo. Sánchez abrió la puerta al alumbramiento de un supuesto cambio de tendencia que llevaría, según el análisis socialista, a un frenazo en el avance de las derechas. Una reflexión optimista sustentada en el hecho de que el bloque de la izquierda andaluza haya recuperado cuatro parlamentarios en detrimento de las derechas, algo en lo que nada aportó el PSOE, que perdió dos puntos y dos escaños respecto a 2022.
En cualquier caso, el batacazo andaluz y la fallida expedición autonómica de María Jesús Montero contrastan con la sensación de alivio que reina en la cúpula socialista y que tiene que ver con dos razones. La primera, la gestión de las expectativas. Tan bajas, que los 28 escaños alcanzados no son recibidos como una catástrofe. Tanto es así que varios dirigentes aluden a sondeos internos que hasta casi última hora antes del cierre de las urnas rebajaba esa cifra hasta los 25 parlamentarios.
La segunda razón es estratégica y aún más pragmática, porque las derrotas electorales autonómicas de la izquierda han dejado tras de sí un mismo patrón: en todos sitios el PP necesita a la extrema derecha para gobernar. El desgaste de las negociaciones de esos pactos, que ya ha quedado patente en Aragón o Extremadura, así como la asunción de parte de la agenda ultra con medidas racistas y xenófobas como la denominada “prioridad nacional”, supondrán a juicio del PSOE otro torpedo en la línea de flotación de Feijóo en su camino a la Moncloa.
El pronóstico del PSOE es que esa convivencia con Vox que ahora tiene que afrontar hasta Juan Manuel Moreno, paradigma del ala moderada de los populares, facilitará la construcción de un mensaje que ya tuvo réditos para la izquierda en las generales de 2023: que la única alternativa a un Gobierno de Pedro Sánchez pasa, indefectiblemente, por un Ejecutivo con Abascal y los suyos dentro y con una agenda de contrarreformas que laminarán derechos sociales. Una hipótesis plebiscitaria que en la sala de máquinas de la Moncloa están convencidos que tensa y moviliza al electorado progresista.
“El PP ha fracasado. En cada cita electoral se repite un patrón: allá donde dependían de Vox, dependen más. Y donde no los necesitaban, como Andalucía, ahora los necesitan. El Gobierno de España va a estar muy vigilante de los pactos que alcancen”, advirtió, en esa línea, la portavoz socialista Montse Mínguez, que intentó pasar página del fracaso electoral propio para poner el foco en la difícil digestión de la victoria que le espera ahora al PP.
Pero a pesar de los silencios en la Ejecutiva y de que casi nadie se atreva, al menos por el momento y abiertamente, a aventurarse en intrigas orgánicas que enmienden el rumbo del PSOE, la zozobra cunde en muchos cuadros socialistas de Andalucía. Un dirigente andaluz no tiene reparos en calificar de “desastre” la operación política que convirtió a María Jesús Montero en candidata y pide construir, tras ocho años de oposición, un proyecto político de largo alcance verdaderamente pegado al territorio. “Ni el perfil de la candidata, ni el equipo que ha formado, ni la campaña que ha hecho valen para levantar algo nuevo. Hay que empezar de cero. Y cuanto más tardemos, peor”, apunta.
Por ahora, esa catarsis queda bloqueada por los aparatos socialistas de Ferraz y de Andalucía. María Jesús Montero reunió este lunes a su ejecutiva a puerta cerrada en la sede del PSOE andaluz, donde también optaron por relativizar la autocrítica y aferrarse a un incremento de 49.000 votos debidos a la mayor participación.
La foto fija muestra que un partido hegemónico en Andalucía durante 37 años hoy ni siquiera es alternativa lejana al PP de Juanma Moreno. Un análisis que ya pesa sobre los hombros de dirigentes, alcaldes y cuadros medios, pero cuyas consecuencias la cúpula socialista aspira a aplazar al menos un año, hasta después de las municipales de mayo de 2027.
“Hay cierre de filas con María Jesús Montero. ¿Qué mejor candidata que ella? Estamos orgullosos del trabajo que han hecho ella y todos los compañeros del PSOE de Andalucía”, remarcó la portavoz socialista, que descartó que el hundimiento en Andalucía sea extrapolable, bajo ningún concepto, a una convocatoria de elecciones generales.