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Justicia e Igualdad revisan cada punto de la ley del 'solo sí es sí'
El deterioro de Doñana impide que las aves se reproduzcan en su santuario
¿Quién se atreve a rebajar la pena a un violador? Por Ignacio Escolar

CRÓNICA

El PSOE no quería ni oír hablar de la ley del 'solo sí es sí' y luego apareció Irene Montero

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En política, el momento más significativo es cuando un partido o Gobierno demuestra a las claras que ya no quiere hablar sobre un tema determinado. El PP ha perdido todo interés en hablar de inflación. Como si ya se hubiera solucionado por completo. Los ministros socialistas prefieren no hablar de la ley de sólo sí es sí, a menos que sea imprescindible. Para empezar, Pedro Sánchez no quiso mencionar la polémica en la sesión de control por las reducciones de pena a algunos agresores sexuales ni siquiera cuando le preguntaron de forma explícita por ella. Todo cambió cuando Irene Montero hizo su aparición.

La consigna era clara o quizá es que todos coincidían en que en estos momentos al Gobierno no le conviene hablar de una ley que ha tenido efectos secundarios no previstos. También se les podría llamar consecuencias de las que no se había avisado antes en público. El argumento de que es mejor esperar a que hable el Tribunal Supremo ha quedado algo deslucido después de su primera sentencia en un recurso de apelación.

Cuca Gamarra, portavoz del PP, acusó al presidente de “rebajar las penas a agresores sexuales”. Sánchez no le dedicó al asunto ni una palabra. Otro diputado del PP había presentado una pregunta sobre la gestión de su Ministerio a la vicepresidenta Nadia Calviño, pero de entrada pasó del tema para preguntarle. “¿Va a responder sobre el sí es sí o se va a esconder como ha hecho el presidente?”.

El mayor salto mortal lo dio Luis Santamaría, del PP, con una pregunta a la ministra de Justicia sobre el proyecto de ley de derechos de los animales que comenzó con la revisión de penas a condenados por delitos sexuales. Delitos cometidos por seres humanos, no por animales. Planteó una cuestión que debió de causar escalofríos en el Gobierno: “Si algún excarcelado reincide, ¿cómo se lo contarán a las víctimas?”.

Por eso, los ministros socialistas que abandonaban el hemiciclo, una vez finalizadas sus intervenciones, no movían ni una ceja, y los labios mucho menos, cuando los periodistas les preguntaban por la ley.

En los momentos finales de la sesión de control, Irene Montero debía responder a dos preguntas del PP y Vox. En la primera, la ministra de Igualdad reconoció que ha habido “dificultades en la aplicación de la ley” que comparó con las que se produjeron tras la ley aprobada en tiempos del Gobierno de Zapatero.

En la réplica posterior, Montero fue directamente al ataque. Citó la última campaña de la Xunta de Galicia sobre la violencia de género con imágenes de una mujer corriendo en pantalón corto, no vigilando su copa en un bar o sencillamente saliendo de noche. Anuncios que se centran en lo que deberían hacer las mujeres, no en lo que no deberían hacer sus agresores.

“¿Qué hacen ustedes? –explicó la ministra–. Una campaña en Galicia que dice 'no debería pasar, pero pasa'. 'Vigila tu copa, mujer, cuando salgas por la noche', (por) la Comunidad de Madrid. 'Quien siembra vientos, recoge tempestades' (esto lo dijo Martínez Almeida, pero se refería específicamente a Montero, no a las víctimas de violaciones). Culpar a las víctimas de las agresiones que sufren”.

Resulta bastante inaudito que se sigan haciendo campañas con este guion, pero parece que son perfectamente posibles con gobiernos del PP.

Montero podía haber dicho que es un ejemplo de lo que se conoce desde hace tiempo como la cultura de la violación, pero lo que hizo fue imputar directamente esa responsabilidad a los diputados del PP: “Ustedes promueven la cultura de la violación que pone en cuestión la credibilidad de las víctimas”.

Ahí empezaron los rayos y truenos. El napalm desbordó el hemiciclo. Se activó la mecha del grupo parlamentario del PP, que saltó hecho una furia. Se sentían insultados, que es una sensación permanente en la Cámara en esta legislatura. Por otro lado, acusar a alguien de promover violaciones es indudablemente un insulto. Sólo un violador no lo consideraría como tal.

Los diputados del PP y Vox saltaron de sus escaños y empezaron a gritar. No se había visto una así desde los tiempos más revueltos de Pablo Casado y quizá ni eso. No fue un arrebato de unos veinte segundos, como ocurre en los casos más graves. Pasaron totalmente de las llamadas al orden de la presidenta, Meritxell Batet, durante casi dos minutos. “¡Es intolerable!”, dijeron varios en voz alta.

Cuando Batet dijo a Montero que finalizara su réplica, los diputados se negaron a aceptarlo y siguió la bronca: “¡Que lo retire!”, gritaban.

Al finalizar la ministra, Batet tomó la palabra para dirigirse a Montero y decirle que “la expresión que ha utilizado no es adecuada en términos parlamentarios dirigida a un grupo parlamentario”. Dirigiéndose a todos los grupos, les dijo: “Les pido, por favor, respeto en las expresiones que se utilizan y contención en el lenguaje”. Los diputados socialistas le aplaudieron. Los de Unidas Podemos, no.

Respeto y contención son cosas que brillan por su ausencia en muchos debates parlamentarios. En especial, lo segundo.

Si los ministros socialistas no tenían mucho interés en hablar de la ley de sólo sí es sí, la intención de Montero de buscar el cuerpo a cuerpo contra la derecha no habrá caído muy bien entre ellos. “Lo primero que sobra es el hostigamiento, pero también las expresiones gruesas, las algaradas y el espectáculo”, dijo Andrea Fernández, secretaria de Igualdad del PSOE, en apoyo de la intervención de Batet.

Fernández se ha solidarizado con Montero en varias ocasiones en las que esta ha recibido ataques personales o insultos directos. No esta vez.

Algo parecido hizo la ministra de Justicia. En los pasillos, Pilar Llop dijo a los periodistas que todas las fuerzas políticas que votaron a favor de la ley integral de violencia de género, “como hizo el Partido Popular”, y que luego también votaron el pacto de Estado “son partidos que han estado a la altura de las circunstancias”. No los incluye en ninguna categoría de promotores de la cultura de la violación.

En el Congreso, los insultos sólo se denuncian cuando los recibes. Si provienen de los tuyos, seguro que hay razones para justificarlos. Los diputados del PP se sintieron gravemente insultados por Montero. En esa misma sesión, su compañera Ana Vázquez dijo al ministro Marlaska: “Usted es un cobarde”. Pero si les preguntas a ellos si eso es un insulto, dirán escandalizados que en absoluto. Lo mismo que harán los de Podemos con las palabras de Montero.

Raramente los insultos se producen en el hemiciclo cuando un diputado pierde los nervios. Siempre forman parte de una estrategia política.

En política, el momento más significativo es cuando un partido o Gobierno demuestra a las claras que ya no quiere hablar sobre un tema determinado. El PP ha perdido todo interés en hablar de inflación. Como si ya se hubiera solucionado por completo. Los ministros socialistas prefieren no hablar de la ley de sólo sí es sí, a menos que sea imprescindible. Para empezar, Pedro Sánchez no quiso mencionar la polémica en la sesión de control por las reducciones de pena a algunos agresores sexuales ni siquiera cuando le preguntaron de forma explícita por ella. Todo cambió cuando Irene Montero hizo su aparición.

La consigna era clara o quizá es que todos coincidían en que en estos momentos al Gobierno no le conviene hablar de una ley que ha tenido efectos secundarios no previstos. También se les podría llamar consecuencias de las que no se había avisado antes en público. El argumento de que es mejor esperar a que hable el Tribunal Supremo ha quedado algo deslucido después de su primera sentencia en un recurso de apelación.

Cuca Gamarra, portavoz del PP, acusó al presidente de “rebajar las penas a agresores sexuales”. Sánchez no le dedicó al asunto ni una palabra. Otro diputado del PP había presentado una pregunta sobre la gestión de su Ministerio a la vicepresidenta Nadia Calviño, pero de entrada pasó del tema para preguntarle. “¿Va a responder sobre el sí es sí o se va a esconder como ha hecho el presidente?”.

El mayor salto mortal lo dio Luis Santamaría, del PP, con una pregunta a la ministra de Justicia sobre el proyecto de ley de derechos de los animales que comenzó con la revisión de penas a condenados por delitos sexuales. Delitos cometidos por seres humanos, no por animales. Planteó una cuestión que debió de causar escalofríos en el Gobierno: “Si algún excarcelado reincide, ¿cómo se lo contarán a las víctimas?”.

Por eso, los ministros socialistas que abandonaban el hemiciclo, una vez finalizadas sus intervenciones, no movían ni una ceja, y los labios mucho menos, cuando los periodistas les preguntaban por la ley.

En los momentos finales de la sesión de control, Irene Montero debía responder a dos preguntas del PP y Vox. En la primera, la ministra de Igualdad reconoció que ha habido “dificultades en la aplicación de la ley” que comparó con las que se produjeron tras la ley aprobada en tiempos del Gobierno de Zapatero.

En la réplica posterior, Montero fue directamente al ataque. Citó la última campaña de la Xunta de Galicia sobre la violencia de género con imágenes de una mujer corriendo en pantalón corto, no vigilando su copa en un bar o sencillamente saliendo de noche. Anuncios que se centran en lo que deberían hacer las mujeres, no en lo que no deberían hacer sus agresores.

“¿Qué hacen ustedes? –explicó la ministra–. Una campaña en Galicia que dice 'no debería pasar, pero pasa'. 'Vigila tu copa, mujer, cuando salgas por la noche', (por) la Comunidad de Madrid. 'Quien siembra vientos, recoge tempestades' (esto lo dijo Martínez Almeida, pero se refería específicamente a Montero, no a las víctimas de violaciones). Culpar a las víctimas de las agresiones que sufren”.

Resulta bastante inaudito que se sigan haciendo campañas con este guion, pero parece que son perfectamente posibles con gobiernos del PP.

Montero podía haber dicho que es un ejemplo de lo que se conoce desde hace tiempo como la cultura de la violación, pero lo que hizo fue imputar directamente esa responsabilidad a los diputados del PP: “Ustedes promueven la cultura de la violación que pone en cuestión la credibilidad de las víctimas”.

Ahí empezaron los rayos y truenos. El napalm desbordó el hemiciclo. Se activó la mecha del grupo parlamentario del PP, que saltó hecho una furia. Se sentían insultados, que es una sensación permanente en la Cámara en esta legislatura. Por otro lado, acusar a alguien de promover violaciones es indudablemente un insulto. Sólo un violador no lo consideraría como tal.

Los diputados del PP y Vox saltaron de sus escaños y empezaron a gritar. No se había visto una así desde los tiempos más revueltos de Pablo Casado y quizá ni eso. No fue un arrebato de unos veinte segundos, como ocurre en los casos más graves. Pasaron totalmente de las llamadas al orden de la presidenta, Meritxell Batet, durante casi dos minutos. “¡Es intolerable!”, dijeron varios en voz alta.

Cuando Batet dijo a Montero que finalizara su réplica, los diputados se negaron a aceptarlo y siguió la bronca: “¡Que lo retire!”, gritaban.

Al finalizar la ministra, Batet tomó la palabra para dirigirse a Montero y decirle que “la expresión que ha utilizado no es adecuada en términos parlamentarios dirigida a un grupo parlamentario”. Dirigiéndose a todos los grupos, les dijo: “Les pido, por favor, respeto en las expresiones que se utilizan y contención en el lenguaje”. Los diputados socialistas le aplaudieron. Los de Unidas Podemos, no.

Respeto y contención son cosas que brillan por su ausencia en muchos debates parlamentarios. En especial, lo segundo.

Si los ministros socialistas no tenían mucho interés en hablar de la ley de sólo sí es sí, la intención de Montero de buscar el cuerpo a cuerpo contra la derecha no habrá caído muy bien entre ellos. “Lo primero que sobra es el hostigamiento, pero también las expresiones gruesas, las algaradas y el espectáculo”, dijo Andrea Fernández, secretaria de Igualdad del PSOE, en apoyo de la intervención de Batet.

Fernández se ha solidarizado con Montero en varias ocasiones en las que esta ha recibido ataques personales o insultos directos. No esta vez.

Algo parecido hizo la ministra de Justicia. En los pasillos, Pilar Llop dijo a los periodistas que todas las fuerzas políticas que votaron a favor de la ley integral de violencia de género, “como hizo el Partido Popular”, y que luego también votaron el pacto de Estado “son partidos que han estado a la altura de las circunstancias”. No los incluye en ninguna categoría de promotores de la cultura de la violación.

En el Congreso, los insultos sólo se denuncian cuando los recibes. Si provienen de los tuyos, seguro que hay razones para justificarlos. Los diputados del PP se sintieron gravemente insultados por Montero. En esa misma sesión, su compañera Ana Vázquez dijo al ministro Marlaska: “Usted es un cobarde”. Pero si les preguntas a ellos si eso es un insulto, dirán escandalizados que en absoluto. Lo mismo que harán los de Podemos con las palabras de Montero.

Raramente los insultos se producen en el hemiciclo cuando un diputado pierde los nervios. Siempre forman parte de una estrategia política.

En política, el momento más significativo es cuando un partido o Gobierno demuestra a las claras que ya no quiere hablar sobre un tema determinado. El PP ha perdido todo interés en hablar de inflación. Como si ya se hubiera solucionado por completo. Los ministros socialistas prefieren no hablar de la ley de sólo sí es sí, a menos que sea imprescindible. Para empezar, Pedro Sánchez no quiso mencionar la polémica en la sesión de control por las reducciones de pena a algunos agresores sexuales ni siquiera cuando le preguntaron de forma explícita por ella. Todo cambió cuando Irene Montero hizo su aparición.

La consigna era clara o quizá es que todos coincidían en que en estos momentos al Gobierno no le conviene hablar de una ley que ha tenido efectos secundarios no previstos. También se les podría llamar consecuencias de las que no se había avisado antes en público. El argumento de que es mejor esperar a que hable el Tribunal Supremo ha quedado algo deslucido después de su primera sentencia en un recurso de apelación.