“Gastarbeiter”, los españoles que sufrieron la xenofobia y la “prioridad nacional” que ahora defienden PP y Vox
“Sería de desear que algunos fueran más limpios y que pagaran puntualmente”. “Cuando viajan hacia el sur, desesperan a los aduaneros: transportan cargamentos enteros de electrodomésticos, bicicletas y ciclomotores”. “La prensa refuerza clichés con titulares sensacionalistas sobre crímenes de extranjeros”. “Motivo de descontento entre las plantillas locales son a menudo también los beneficios adicionales concedidos a los inmigrantes”.
Son definiciones que recogen medios alemanes como Hamburger Echo o la revista Der Spiegel en reportajes de la década de 1960 sobre los españoles, griegos, italianos o turcos que fueron a trabajar a la locomotora europea, ávida de empleados en una década de desaforado crecimiento industrial. Solo en 1963, Alemania recibió 800.000 empleados extranjeros y calculaban que se necesitaban 600.000 más, según recogen informaciones de la época.
En España también hay en la actualidad necesidad de mano de obra. La patronal CEOE apoya la regularización de migrantes que ha aprobado el Gobierno. Su presidente, Antonio Garamendi, ha respaldado la medida ante la escasez de algunos perfiles profesionales, sobre todo en la hostelería y sector servicios. España es ahora la que requiere mano de obra del sur.
Pero la situación es diferente a la de los años 60 y 70, porque la llama del racismo y la xenofobia, que también existían entonces, prende ahora antes. “Los estereotipos y el señalamiento del extranjero se parecen, pero en los 60 no había extrema derecha en Europa, y estaba cerca el recuerdo del fascismo. La ventana de lo tolerable, la llamada ventana de Overton, se ha desplazado mucho”, explica Carlos Sanz, historiador de la Universidad Complutense de Madrid.
Las redes sociales tampoco existían. Son, junto a plataformas como Telegram, uno de los vehículos principales de noticias falsas, amenazas y odio contra los extranjeros, nacidos fuera o personas de otras razas. En los primeros 10 meses de 2025, el organismo oficial que monitorea este contenido, Oberaxe, detectó 740.144 mensajes racistas o xenófobos colgados en redes.
“La discriminación que se daba en Alemania contra los trabajadores extranjeros, sobre todo cuando llegó la crisis económica de los años 70, se basaba en la idea de que venían a quitar el trabajo. Esto no lo dice nadie hoy aquí, se ha asumido que vienen a hacer lo que no queremos”, explica Joaquín Riera, catedrático de Geografía e Historia y autor del libro Emigrantes.
Efectivamente, el eje laboral ha quedado fuera del debate público y político hoy, también para Vox y el PP, que han centrado sus críticas en los efectos que la inmigración laboral, combinada con los asilos por derechos humanos, tienen supuestamente en la sanidad, la educación o las ayudas públicas. No han mostrado oposición a que puedan trabajar en lo que hace falta, pero sí en los derechos que eso, consecuentemente, supone. En esa idea se basa la llamada “prioridad nacional” que han pactado en territorios donde gobiernan juntos, como Extremadura o Aragón.
Exilio laboral
El régimen franquista organizó la salida de 3,5 millones de españoles (el 10% de su población de entonces), la mayoría de ellos hacia Suiza, Alemania y Francia a través del Instituto Español de Emigración (IEE), dependiente del Ministerio de Trabajo, que creó en 1956. El mecanismo consistía en que empresas extranjeras enviaban sus peticiones de fuerza laboral y el franquismo organizaba los papeles y la salida, de manera que los empleados que iban por esta vía llegaban con contrato formalizado y alojamiento comprometido. A veces eran ofertas generales y otras, nominativas, es decir, que la empresa extranjera pedía trabajadores en concreto, con nombre y apellidos, un sistema que incomodaba al franquismo, preocupado también por un exilio ideológico encubierto y la proliferación de ideas democráticas entre sus ciudadanos en el extranjero.
Los españoles con contrato que emigraron en la década de los 60 a Alemania (un 36% del total fueron a ese país, según los estudios) lo hacían cubiertos por el estado del bienestar de los países de llegada, una cobertura pública inexistente en España en la época franquista. Tenían acceso a la sanidad pública (a través de mutuas vinculadas a sus contratos de trabajo) y sus hijos podían ir a las escuelas públicas germanas, aunque la mayoría de migrantes llegaron solos y fue más adelante cuando hubo reagrupamientos familiares. “No solo podíamos, es que era obligatorio ir al colegio y los libros de primaria y secundaria eran gratuitos, también para nosotros”, recuerda Marina Macarro, hija de un albañil que llegó a Alemania con contrato en 1962, ahora jubilada de su empleo en el Instituto Cervantes y residente en Achim, a 18 kilómetros de Bremen.
La investigadora Begoña Petuya recoge en un informe sobre la emigración española algunos matices. Por ejemplo, que no todos los niños eran escolarizados, y que a veces los padres tiraban de clases organizadas por los consulados en lengua materna. Según este estudio, a veces había “un escaso aprovechamiento de la muy selectiva escuela alemana, en la que [los alumnos españoles] solían terminar relegados en los niveles más bajos”.
“Al principio, en los años 60 no había tintes racistas, pero con la crisis económica del 73 (la primera crisis del petróleo que llevó a la estanflación) la situación cambió”, cuenta Carlos Sanz, historiador de la Universidad Complutense de Madrid.
La economía no crecía, se destruía empleo, cerraban fábricas en un entorno de precios desbocados y “empezaron a implantarse políticas de retorno de emigrantes con incentivos, se cancelaron contratos y se organizaron manifestaciones xenófobas, sobre todo en Suiza. Con el desempleo, se empezó a considerar que quitaban el trabajo, y que se beneficiaban demasiado de ayudas públicas. Se cuestionó, por ejemplo, si debían recibir la ayuda por niño que daba Alemania”, explica este experto. Este ideario es precisamente el que ha rescatado Vox en España, con la salvedad de que la economía española da síntomas de necesitar más mano de obra, no menos.
La emigración ilegal
Sin embargo, el sistema oficial de emigración era lento y muchas veces la burocracia alargaba los plazos de manera insostenible, de modo que también hubo españoles que se marcharon como turistas y llegaron a países de Europa a trabajar desde la ilegalidad hasta conseguir contratos, explican los expertos.
Los llamados “gastarbeiter”, cuya traducción del alemán es “trabajador invitado” –lo que ya denota que se contaba con ellos de manera temporal– solían vivir apartados de la población, aunque sus condiciones e integración dependía en gran medida del tipo de trabajador y la clase social y laboral que ocupaba.
La vida en barracones
Aunque se les llamaba a Alemania con el compromiso de las empresas de proporcionarles un alojamiento, este no era siempre decente: “Muchos vivían en barracones, en antiguos campos de prisioneros, en caballerizas… En Ginebra y París eran muchas veces directamente favelas. Cuando llevaban a la familia ya se tenían que buscar viviendas muchas veces degradadas y a precios abusivos. Eso, cuando se las alquilaban, porque a veces decían directamente 'abstenerse extranjeros'”, relata el historiador Riera. Se les consideraba mal pagadores, “sucios”, o de “sangre caliente”, según algunos reportajes publicados en esa época.
La revista Der Spiegel dedicó un número en 19634 a los “Gastarbeiter” y relataba precisamente el problema de la vivienda como un eje central del debate de la llegada de extranjeros, así como hoy lo es para la extrema derecha, que propone excluirlos –sin especificar bajo qué requisitos– de las ayudas o acceso de VPO.
Esta publicación alemana relataba que “motivo de descontento entre las plantillas locales son a menudo también los beneficios adicionales concedidos a los inmigrantes. Cuando las empresas solicitan mano de obra a través de comisiones en el extranjero o cuando piden permisos de trabajo para personas que han reclutado por su cuenta, deben presentar ante las oficinas de empleo alojamientos adecuados. Sin embargo, muchos trabajadores invitados realmente viven en alojamientos inhumanos”, admitía esta revista alemana.
Definía algunos de ellos: “En edificios antiguos de Colonia, parejas con hijos ocupan cada una una habitación por 160 marcos; el lavabo es compartido en el pasillo y el baño es utilizado por varias familias. Los trabajadores del sur suelen ser explotados por propietarios de viviendas de Alemania Occidental”, relataba el amplio reportaje.
El testimonio de un emigrante en 1964 que recoge el Informe 'Situación emigrantes mayores: emigración española en Alemania y retornados', cuenta las condiciones de vida en los vagones de tren en los que los metieron: “Aquí en Goslar vivimos cuatro españoles en un vagón, que todo lo que tiene son tres metros de largo por dos de ancho y tenemos cuatro vagones a la orilla de la carretera que incluso los mismos alemanes que pasan por ella se quedan asombrados”.
Otro de los estereotipos que se dieron en Alemania de los 60 y que Vox y PP han recuperado hoy es que los extranjeros delinquen más. La estigmatización del extranjero o la persona de otra raza o religión como un problema de seguridad, algo que lleva directamente Vox en sus programas electorales y con lo que ha coqueteado Alberto Núñez Feijóo cuando ha vinculado inmigración y seguridad. Der Spiegel contaba ya en el 64 que “la prensa refuerza clichés con titulares sensacionalistas sobre crímenes de extranjeros. (...) Las estadísticas no separan claramente los delitos de extranjeros (...). En Düsseldorf, la tasa de criminalidad de extranjeros es incluso menor que la de la población local. Aunque en algunos delitos violentos y sexuales su proporción es ligeramente mayor, los expertos señalan que todos los extranjeros están en edad propensa a la criminalidad”, señalaba Der Spiegel en ese reportaje.
El historiador Riera coincide en que “las estadísticas de Alemania desmienten la delincuencia, que era superior solo si sumas todos los extranjeros, aunque sí había marginalidad. La idea era que los españoles éramos muy pasionales, que veníamos de la represión y había dudas, quizás, sobre la capacidad de relacionarse con sexo opuesto”. Sobre todo al inicio de los 60 llegaban hombre solos, sin familia, a razón de unos 800 españoles al día que bajaban de unos trenes especiales para trabajadores emigrados, calculan algunas investigaciones.
Las cacerías alentadas de Torre Pacheco y las propuestas de Vox de expulsar a los extranjeros de España o que son más agresores sexuales beben de esta idea de que el extranjero es más peligroso, como les pasó a los propios españoles cuando fueron extranjeros en Europa o como les pasó a los españoles de zonas rurales cuando aterrizaron en las ciudades durante el franquismo. España tiene hoy el doble de extranjeros que en 2005 y una tasa de delincuencia más baja.
Carlos Collado llegó a Alemania en 1979 con 13 años y relata algunas experiencias xenófobas que vivió, pese a que su padre era profesor de Filosofía y tenía un cargo directivo en Múnich: “Recuerdo que mi madre buscaba casa con jardín en las afueras, pero no pudieron firmar el contrato porque eran españoles. Mientras, estábamos en un hotel”. También relata experiencias que le hacían sentir siempre de fuera: “Aunque la xenofobia seria no la he vivido, recuerdo que me solían preguntar cuándo me iba a volver a España. El trabajador extranjero era tolerado por la falta de mano de obra, pero una cosa es la tolerancia y otra es la integración”, analiza este historiador, que se quedó a vivir en ese país.
Esta generación de españoles que tuvo que emigrar a Centroeuropa “encontró xenofobia”, concluye el historiador Carlos Sanz. “Los veían morenos, ruidosos, eran muchos hombres que podían ser una amenaza para las mujeres alemanas. Había resquemor y cierta segregación de facto, en los alojamientos pero también en lugares sociales como algunas tabernas, que prohibían la entrada a los Gastarbeiter”. La mayoría volvió a su país, porque la intención siempre fue trabajar y ahorrar para empezar de nuevo en España. Una historia muy parecida a la de hoy, aunque los protagonistas tengan distintas nacionalidades.