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Dentro del Opus Dei desde los 14 años: “No te ponen una pistola en la cabeza, pero la manipulación es constante”

Marta Borraz

9 de abril de 2026 22:15 h

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Durante una década entera el sonido del despertador fue para Marina Pereda el inicio de su gran batalla diaria. El conocido como “minuto heroico” es la primera de las prácticas consagradas a Dios que los miembros célibes del Opus Dei deben hacer al iniciar el día: levantarse nada más suena la alarma, rápido, sin rodeos, sin remolonear ni esperar un minuto más. Una exigencia espiritual que para las personas poco madrugadoras como ella, eran foco de ansiedad y culpa constantes. Después, vendría la ducha fría y, quizá, renunciar al azúcar del café con leche del desayuno. Si no era domingo, puede que fuera momento de colocarse el cilicio alrededor del muslo durante dos horas. Un sacrificio más. Por Dios.

Son algunas de las llamadas “mortificaciones” cotidianas que es habitual que los integrantes célibes del Opus Dei (Obra de Dios, en latín) se apliquen a sí mismos como forma de cumplir su misión divina, de hacerse “más santos y disciplinados” bajo la premisa de que un mayor sufrimiento físico o psicológico “santifica” al mundo. No es una teoría vacía, son algunas de las prácticas asentadas que Marina Pereda vio y vivió en primera persona durante los diez años que estuvo en la organización fundada en 1928 por José María Escrivá de Balaguer y que ahora cuenta en La Obra (Aguilar), publicado este jueves.

A través de su propia experiencia y con grandes dosis de ironía, Marina describe cómo funciona la orden desde dentro, convertida en 1982 por el papa Juan Pablo II –el mismo que canonizó a su fundador– en la única Prelatura Personal de la Iglesia Católica. “Me gustaría que sirviera para que alguien que no conoce lo pueda entender la estructura que hay detrás. No somos casos aislados”, apunta la autora, que equipara metafóricamente la orden con un inmenso decorado teatral con miembros obligados a interpretar un papel “aparentemente sencillo”, el de la “santidad en la vida cotidiana”, que puede acabar convirtiéndose en “una máscara asfixiante”.

Nacida en Miranda de Ebro (Burgos) en una familia numerosa de siete hermanos cuyos padres son miembros de la orden, Marina nunca vivió ajena a sus dinámicas y desde pronto comenzó a acudir al club de Vitoria en el que el Opus Dei organiza actividades periódicamente. “Los clubes son oficialmente asociaciones culturales, siempre segregadas por sexo, en las que se hace baile, teatro, cocina... En principio, actividades no religiosas, pero entre una y otra ya empiezan a proponerte una charla con el sacerdote, una confesión, te insisten en si rezas, en por qué no lo haces un poco más, en si pides milagros a Escrivá... Así se va normalizando”, explica Marina, que en 2025 fue una de las protagonistas del documental de HBO El minuto heroico, que expone las dinámicas internas de la orden a través de 13 testimonios.

"Captación suena muy fuerte, pero es un clima constante. A veces tratan solo de intentar crear buena imagen"

Los clubes son junto a los colegios, las escuelas de formación o las fundaciones algunas de las puertas de entrada. Es común que a quienes son habituales les insistan con que logren que otras “amiguitas” acudan. “Captación suena muy fuerte, pero es un clima constante. A veces tratan solo de intentar crear buena imagen, intentar que vayan a algo de ocio o alguna actividad para padres como una charla con alguien de prestigio”, explica Marina. Estos clubes suelen ser la residencia de las numerarias, que son las que organizan las actividades, practican la abstinencia sexual y dedican su vida a la organización. Los supernumerarios pueden casarse y tener hijos.

El plan de Dios

A lo largo del libro, dividido en actos emulando una obra de teatro, Marina va explicando lo que define como el cuidadoso “engranaje de presiones” que influyó en que ella pidiera la admisión al Opus Dei con 14 años y medio. Ocurrió durante la Semana Santa de 2004, en un campamento con otras 40 niñas de entre 13 y 16 años “potenciales candidatas”. Marina ya había asistido antes a un retiro en el que debía pensar “qué me pedía Dios” y las numerarias y el sacerdote, con conversaciones y charlas a solas, ya habían ido guiando a la joven hacia la opción de ser numeraria, categoría considerada como “una entrega total y superior”.

La mujer, que hoy tiene 36 años, recuerda la carta que tuvo que escribir para solicitar la admisión como aspirante, pero en la práctica, desde aquel día, ya fue incorporando a su día a día las dinámicas y costumbres propias de una miembro. “Nos llamaban adscritas en el lenguaje de la organización, pero todas nos considerábamos ya numerarias”, señala. El agobio y la incomodidad siempre convivieron con la promesa de “salvación” y la creencia inculcada de estar aceptando “el plan de Dios”, hasta que con 16 años, durante su primera convivencia de 15 días para quienes habían pedido la admisión, trasladó sus dudas a la directora. “La respuesta no fue 'tranquila, eres muy joven, piénsatelo' sino que me intenta convencer de que podía ser agregada”, apunta.

En la práctica, las agregadas son como las numerarias, pero sin la obligación de tener que vivir en un centro con otras integrantes. Y es el estatus que Marina mantuvo hasta que dejó la orden en 2013, con 24 años. Todo el proceso estuvo marcado por una atmósfera en la que no podía echarse para atrás, según describe en el libro, que se cebó con ella, una niña muy religiosa y obediente. Si decía que no, sentía estar haciendo algo mal, siendo rebelde y soberbia, como ya le habían infundido. “La directora no tenía dudas de mi vocación al celibato y si me rendía ahora, estaría diciendo que 'no' a Dios, que es lo que había hecho el ángel caído”, cuenta.

No te dicen 'mira, estas son las opciones' o 'ya irás viendo' sino que insisten en que has sido llamada a esto y supuestamente tienes que ir entendiendo las normas a medida que las vas cumpliendo porque eso te va a ir acercando más a Dios

El modus operandi que ella experimentó y que ha contrastado con decenas de exmiembros, lo describe como un proceso de “manipulación constante”. “No te ponen una pistola en la cabeza, no hace falta, pero son presiones psicológicas”, apunta. Con el tiempo, se ha dado cuenta de que, desde el inicio, vivió un “condicionamiento de la libertad” y un “filtrado de la información” que le fue conduciendo a cada paso: “No te dicen 'mira, estas son las opciones' o 'ya irás viendo' sino que insisten en que has sido llamada a esto y supuestamente tienes que ir entendiendo las normas a medida que las vas cumpliendo porque eso te va a ir acercando más a Dios”.

Preguntado el Opus Dei sobre estas prácticas, la Oficina de Comunicación ha respondido que “respeta profundamente la experiencia de cada persona” y remite a los “canales de diálogo” abiertos en los últimos años para “escuchar” a exmiembros. “Sabemos que esta salida, en algunos casos, pudo ir acompañada de un proceso doloroso. Nos importa y lo sentimos profundamente”, traslada. Sobre la admisión como numeraria que Marina hizo con tan solo 14 años y medio, rechaza comentar públicamente “relatos individuales”, pero añade que “la vocación en el Opus Dei se vive siempre en libertad y, de igual manera, cualquier persona puede abandonarla cuando desee, sin presiones ni consecuencias”.

Además, la respuesta añade el enlace a una entrevista con Lidia Via, que trabaja como responsable de las actividades con jóvenes en la Asesoría Regional del Opus Dei en España. En el texto, Via asegura que el proceso de “discernimiento vocacional” es gradual y “largo” con varios hitos “para que solo las personas que lo quieran libremente puedan incorporarse” pasados “varios años”. La entrevista recalca que es a partir de los 16 años y medio cuando se puede pedir la admisión para después “continuar con el proceso de discernimiento” y reconoce que a los 14 años y medio, hay chicas y chicos “aspirantes” que “intuyen una llamada de Dios a pertenecer al Opus Dei como personas célibes”, pero que “no pueden hacerlo aún”. “En estos casos, la Obra recoge ese deseo y acompaña ese proceso conforme a su edad”.

Prohibido mirar a los chicos

A lo largo del libro, la exmiembro del Opus Dei detalla la influencia que cree que tuvieron los sacerdotes y directoras espirituales que tuvo durante el proceso, a los que define a estas figuras como “herramientas clave” dentro de una estructura que “permite” que tejan una “confianza” forzada con niñas y jóvenes y acaban convirtiéndose en sus “confidentes” vitales y espirituales. En un momento dado, Marina cuenta cómo les contaba “toda su intimidad” tras sus preguntas sobre sus amigas, su relación con su familia, sus rezos y mortificaciones o si le gustaba algún chico.

La de no relacionarse con hombres de su edad fue una de las primeras directrices. “Tenía prohibido mirar a los hicos o tenerles como amigos. Yo salía puntualmente de fiesta con mis amigas, pero me sentía muy extraña y poco a poco empiezas a incorporar elementos de distanciamiento social”, explica. También cuenta cómo debía consultar las películas y libros que quería ver o leer para evitar las tentaciones o ideas que pudieran poner en peligro su fe y su compromiso, aunque el cine siempre fue para ella una vía de escape, un lugar en el que imaginarse y reencontrarse con el mundo más allá de la organización.

A pesar de que su estatus de agregada no implicaba vivir en una residencia del Opus Dei, finalmente Marina se trasladó con casi 16 años a un Centro de Estudio y Trabajo (CET) de Bilbao. No le convencía la idea, no quería alejarse de su Miranda natal ni de su casa, pero bajo el pretexto de que su vocación peligraba en su ciudad debido a las “malas influencias” del instituto público en el que estudiaba y a la inexistencia de centros de la organización allí, acabó accediendo. A cambio de vivir en el centro, trabajaba junto a las numerarias auxiliares –mujeres del Opus Dei dedicadas a las tareas domésticas– limpiando habitaciones y cocinando para una residencia de hombres adyacente. Después pasaría a dar clases de teatro y vigilar las salas de estudio de las niñas que acudían periódicamente al centro.

Ya casi diez años después de dejar el Opus Dei y tras la denuncia de 44 mujeres que ha motivado en Argentina una investigación por trata y servidumbre contra las máximas autoridades de la orden en el país, Marina aprovechó la Oficina de Escucha abierta por la organización –y a la que hace referencia en su respuesta a este medio– para pedir “una revisión” de su vida laboral y señalar que, durante el tiempo que trabajó, nunca firmó nada. Lo intentó en dos ocasiones, pero según su relato, las respuestas concluyeron que no hubo ninguna relación laboral y que “lo único” que la joven hizo en el centro fue “colaborar en tareas del hogar como cualquier grupo de amigas que viven juntas y se reparten los quehaceres”, describe.

Hubo muchas presiones para que no me fuera. Me mandaron hablar con unas y con otras, me decían que me diera un tiempo, me insistían en si estaba segura.

El “paso definitivo” en la organización lo dio el 5 de octubre de 2012 con un hito que denomina “fidelidad” y que, en la práctica, es un “compromiso de por vida” en el que se formaliza una especie de “matrimonio celestial”, como lo califica Marina con ironía y dosis de humor en el libro. Tenía casi 23 años y ya había terminado la carrera en la Universidad de Navarra. Durante este tiempo, trabajó en distintas labores para la organización, como en la limpieza de colegios mayores, por las que recibía un dinero que todas las numerarias y agregadas debían entregar a la directora de su centro. Después, esta les daba lo suficiente para sobrevivir ese mes y pagar el alquiler.

Quedaba poco más de un año para que Marina saliera de la organización. Lo hizo definitivamente en la Navidad de 2013 tras un duro proceso que afectó gravemente a su salud mental y tras encontrarse con un sacerdote que le recomendó acudir a una psicóloga. “Hubo muchas presiones para que no me fuera. Me mandaron hablar con unas y con otras, me decían que me diera un tiempo, me insistían en si estaba segura y me hicieron escalar puestos hasta la directora de la delegación. Cuando me volvió a preguntar si estaba segura, le dije que sí, que igual que cuando con 14 años pedí la admisión y entonces no me habían hecho tantas preguntas”.

Marina lo cuenta sin aparente enfado ni rencor, aún sigue lidiando con algunas de las “secuelas” que le ha dejado su paso por el Opus Dei y desde hace algunos años es voluntaria en AFISE, una asociación de apoyo a víctimas de sectas y grupos coercitivos. No ha incluido nombres de ninguna de las personas con las que se cruzó en este camino y que acabaron llevándola hacia dentro y huye de señalar a responsables individuales, pero si mira a una “estructura” que acabó convirtiéndola en algo que no era ella y a una sociedad que, cree, aún no han abierto los ojos del todo.