Para intentar responder a esta pregunta, primero debo situarme: soy investigadora predoctoral en un laboratorio de neurociencia donde estudio la enfermedad de Alzheimer. Mi perspectiva, por tanto, parte de un monismo materialista (emergentista).
A diferencia del dualismo de Platón o Descartes, que separaba el cuerpo de un alma inmaterial, la neurociencia moderna busca la consciencia en lo físico, en nuestras neuronas. Sin embargo, esta es una cuestión tan profunda que la ciencia todavía camina de la mano de la filosofía.
El claustro: director de orquesta
Lo poco que sabemos con certeza proviene, en gran medida, del estudio con ratones. En 2005, Francis Crick y Christof Koch propusieron que una pequeña estructura llamada claustro podría ser el “director de orquesta” del cerebro. Dada su extraordinaria conectividad, sugirieron que el claustro podría estar implicado en orquestar la consciencia, integrando estímulos visuales, auditivos y sensoriales en una experiencia única y coherente.
En 2017, el grupo de Koch descubrió en el claustro de ratones neuronas gigantes cuyos axones se ramificaban por casi toda la corteza cerebral. El descubrimiento de estas neuronas gigantes reforzaba la idea de que el claustro podría participar en la integración global de toda la información, o lo que es lo mismo, aquello que conocemos como la consciencia. Sin embargo, no hay que caer en reduccionismos pues esto no quiere decir que el claustro sea la zona en la que resida la consciencia.
La hipótesis del claustro como director de orquesta ganó fuerza gracias a la práctica clínica con humanos. En el cerebro humano no podemos hacer estudios tan en profundidad como los hacemos en el cerebro de los ratones, pero muchas veces sí podemos conocer ciertas propiedades a través de pacientes que sufren lesiones. Algunos pacientes que nos dan mucha información son los que tienen epilepsia resistente a tratamientos farmacológicos, a los que se los somete a un procedimiento quirúrgico para extirpar las áreas del cerebro en las que se genera la actividad epiléptica.
En 2014, el neurólogo Mohamad Koubeissi observó un fenómeno fascinante en una paciente con estas características. Durante una cirugía cerebral, en la que la paciente permaneció despierta para monitorizar sus funciones, se estimuló eléctricamente el claustro. Al instante, la paciente quedó “desconectada”: dejó de hablar, de responder a órdenes y su mirada se quedó fija. Seguía respirando y mantenía el tono postural, pero su consciencia se había esfumado. Al cesar la estimulación, recuperó la consciencia de inmediato, aunque no recordaba nada de lo ocurrido. Estos hechos podrían apuntar al claustro como interruptor de la experiencia consciente en los seres humanos.
Las dos grandes teorías
Más allá de estructuras concretas, la neurociencia cuenta con dos teorías principales para explicar la consciencia. Por una parte, la teoría de la información integrada (IIT), propuesta por el neurocientífico Giulio Tononi, plantea que la consciencia emerge cuando un sistema es capaz de integrar información de manera unificada y no se reduce a sus partes individuales. Es decir, no basta con que simplemente existan neuronas activas, sino que la clave está en cómo estas neuronas se conectan y forman una red integrada. Según esta teoría, si se pierden ciertas conexiones fundamentales, el sistema perdería la capacidad para generar la experiencia consciente. Cuanto más interconectado está un sistema, más consciente es. Esta visión roza el panpsiquismo, sugiriendo que la consciencia podría ser una propiedad fundamental de cualquier sistema suficientemente complejo.
Por otra parte, la teoría del espacio de trabajo global (GNW) de Bernard Baars y Stanislas Dehaene, utiliza la metáfora de un teatro a oscuras. El cerebro procesa muchísima información de forma inconsciente (en la oscuridad), pero solo somos conscientes de aquello que ilumina ‘el foco’ de la atención. Cuando la información alcanza las áreas frontoparietales y se distribuye a toda la red accederíamos a la consciencia.
No podemos decir cuál es correcta, quizás ambas. Mientras que la GNW explica cómo la información se vuelve útil para nuestra mente, la IIT intenta explicar la naturaleza de la experiencia misma.
La habitación de Mary: el problema difícil de la consciencia
A pesar de estos avances, chocamos con un muro: el problema difícil de la consciencia o el misterio de los qualia, las cualidades subjetivas de nuestras experiencias: cómo se siente el frío, el sabor de una naranja o la intensidad del color rojo.
Aquí entra el experimento mental de la neurocientífica Mary, propuesto por Frank Jackson. Mary vive en una habitación en blanco y negro y es la mayor experta mundial en la neurobiología del color. Pero nunca ha visto un color. El día que sale de su habitación y ve una amapola roja, ¿aprende algo nuevo? La respuesta intuitiva es que sí: aprende cómo es ver el rojo. Ese conocimiento subjetivo es algo que la descripción física, por muy completa que sea, no logra atrapar.
Quizás, para entender la consciencia en su totalidad además de a una neurocientífica, debamos preguntar también a una poeta.
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Ana Victoria Prádanos Senén es neurocientífica, investigadora predoctoral en el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa.
Coordinación y redacción: Victoria Toro.
Pregunta enviada por Francesc Ginés.
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