Considerado la joya del valle del Loira, es el castillo que inspiró a Hergé para crear el escenario de algunas de las aventuras de Tintín

Rodeando la estructura principal se extienden más de cien hectáreas de jardines temáticos y parques que invitan a largos paseos

Alberto Gómez

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El castillo de Cheverny es toda una joya arquitectónica del majestuoso valle del Loira, de una belleza que cautiva a miles de visitantes cada año por su elegancia clásica. Esta edificación no solo destaca por su belleza, sino por ser la cuna física de una de las residencias más famosas de la literatura ilustrada: el castillo de Moulinsart. Fue aquí donde el dibujante belga Hergé encontró la inspiración necesaria para situar las aventuras del intrépido reportero Tintín y su inseparable compañero, el capitán Haddock. La relación entre la realidad y la ficción ha convertido a este recinto en un lugar de peregrinación de Francia para los amantes del noveno arte. Al contemplar su fachada principal, el visitante se siente transportado inmediatamente a las páginas de los cómics más emblemáticos del siglo pasado.

El proceso creativo de Hergé para dar vida a Moulinsart consistió en un ingenioso juego de simplificación arquitectónica basado en un folleto turístico de la época que llegó a sus manos. El artista decidió utilizar la sección central de Cheverny, eliminando los dos pabellones laterales para otorgarle al edificio ficticio una apariencia ligeramente más modesta y funcional para sus historias. Esta transformación permitió que el hogar del capitán Haddock mantuviera la simetría y el rigor clásico que caracteriza a la técnica de línea clara del dibujante. En los archivos personales del autor se conserva aún ese boceto a lápiz que muestra a los protagonistas caminando hacia la entrada del majestuoso edificio. 

Una de las características más singulares de Cheverny es que ha pertenecido a la misma estirpe, la familia Hurault, durante más de seis siglos de historia ininterrumpida. A diferencia de otros castillos de la región que cambiaron frecuentemente de manos tras la Revolución Francesa, este ha mantenido su linaje hasta los actuales marqueses de Vibraye. Los propietarios residen todavía en el ala derecha de la construcción, precisamente en la zona que Hergé decidió omitir en sus dibujos para crear su versión literaria. Esta presencia humana constante ha permitido que el castillo conserve un estado de mantenimiento excepcional y una atmósfera de hogar vivido que pocos monumentos pueden igualar. 

Hergé decidió utilizar la sección central de Cheverny, eliminando los dos pabellones laterales para otorgarle al edificio ficticio una apariencia ligeramente más modesta y funcional

Arquitectónicamente, el edificio es un prodigio del estilo clásico francés del siglo XVII que se ha mantenido prácticamente idéntico desde su construcción original por Jacques Bougier. Se distingue de otros castillos del Loira por su homogeneidad técnica, al estar construido totalmente con piedra de Bourré, una toba calcárea que se blanquea con el tiempo. El diseño precursor del estilo Luis XIV evita las mezclas de épocas, ofreciendo una simetría perfecta y una decoración de fachadas llena de detalles como bustos antiguos en marcos elípticos. Fue el primer castillo privado en Francia que abrió sus puertas al público general en el año 1922, marcando un hito en el turismo cultural. Su conservación es tan rigurosa que permite al espectador moderno observar la misma silueta que admiraron los contemporáneos del Rey Sol.

Para los entusiastas de las viñetas, la finca alberga la exposición permanente titulada “Los secretos de Moulinsart”, una experiencia interactiva que ocupa unos 700 metros cuadrados. Realizada en estrecha colaboración con la Fundación Hergé, esta muestra permite a los visitantes sumergirse físicamente en los escenarios más icónicos de las aventuras del joven periodista belga. Es posible recorrer reconstrucciones a tamaño real del laboratorio del profesor Tornasol, los sótanos donde Tintín fue encerrado y la famosa cripta que ocultaba el tesoro de Rackham el Rojo. Los efectos de luz y sonido, junto con objetos emblemáticos como el submarino con forma de tiburón, logran una inmersión total en el universo creativo del autor. 

El interior de Cheverny deslumbra por su riqueza decorativa y la opulencia de sus estancias, que superan en lujo a las descritas en las páginas de los cómics. Destacan piezas como los 34 paneles de madera que ilustran las andanzas de Don Quijote en el comedor principal, obra del artista Jean Monier. La habitación del rey, preparada específicamente para las visitas de Enrique IV, muestra un techo artesonado y tapices franceses de un valor artístico incalculable. Otras salas, como la biblioteca con sus miles de volúmenes o la sala de armas con su colección de armaduras, ofrecen una visión detallada de la vida cortesana. 

Más de 100 hectáreas de jardines

Rodeando la estructura principal se extienden más de cien hectáreas de jardines temáticos y parques que invitan a largos paseos bajo la sombra de cedros centenarios. Entre las zonas verdes destaca el laberinto, una atracción que desafía la orientación de los visitantes entre altos setos, y el jardín de tulipanes que florece con miles de ejemplares. El parque de estilo inglés alberga especies arbóreas de gran porte, como secuoyas y tilos plantados a mediados del siglo XIX por los antepasados de los dueños actuales. También es posible explorar la finca mediante paseos en barcos y coches eléctricos que recorren los canales y bosques cercanos con un enfoque respetuoso con el medio ambiente. 

La tradición se mantiene viva en Cheverny a través de su famosa jauría de cien perros de caza tricolores, cuyos ancestros han formado parte de la finca desde mediados del siglo XIX. Los visitantes pueden observar la alimentación diaria de estos animales en las perreras, un evento que subraya el vínculo histórico de la nobleza local con la práctica de la montería. Además de su legado cinegético, la finca cuenta con su propio viñedo y una reconocida casa de vinos donde se puede degustar la producción vinícola de la zona. Esta mezcla de historia familiar, pasión por el cómic, arte clásico y respeto por las tradiciones campestres define la identidad única de Cheverny, un monumento del pasado y un espacio vibrante que sigue escribiendo su historia día tras día.

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