Llega Wimbledon: es el Grand Slam de tenis más antiguo, no tiene pista 13 y, entre sus tradiciones, las fresas con nata
Wimbledon es, sin duda, el escenario más legendario del tenis mundial, manteniendo viva una esencia que lo distingue de cualquier otro torneo del circuito actual. Como Grand Slam de mayor antigüedad en la historia, su nacimiento se remonta al año 1877, precediendo así a las otras grandes citas del calendario. Esta longevidad le permite mirar por encima del hombro a competiciones tan famosas como el US Open o Roland Garros. Disputado en el All England Club, este es el único de los grandes que actualmente se juega sobre césped. La superficie de hierba otorga un carácter especial a los juegos, exigiendo una adaptación técnica total. Se trata de una parte integral de la cultura británica que atrae a los mejores. Es, en definitiva, el torneo más prestigioso de tenis.
Una de las normas más icónicas que definen la identidad de este torneo británico es la obligatoriedad de vestir de blanco impoluto para poder competir en las canchas. Desde que se instauró esta regla en 1963, los tenistas deben usar un uniforme que no admita otras tonalidades llamativas. Esta exigencia se extiende incluso a los accesorios, como las cintas del pelo o las suelas de las zapatillas. Figuras como Roger Federer han sentido el rigor de esta normativa al ser obligados a cambiar su calzado por tener detalles de color. Aquí el blanco no es una opción estética, sino una ley que honra el origen del gran tenis. Quien no cumpla con este requisito no podrá pisar el pasto sagrado de la Catedral.
La experiencia tenística del torneo que Carlos Alcaraz ya ha ganado en dos ocasiones se completa a través del paladar con sus famosas fresas con nata, una tradición culinaria que fascina a los miles de asistentes al recinto. Degustar esta ración es el manjar favorito de los espectadores que acuden cada día a las gradas o a la famosa colina para seguir el torneo. Se estima que en las dos semanas de juego se consumen cerca de treinta mil kilos de esta fruta. Para acompañarlas se utilizan aproximadamente siete mil litros de nata, convirtiéndose en el refrigerio por excelencia de la prestigiosa cita. Esta deliciosa costumbre parece datar de principios del siglo XX, coincidiendo con actos de la monarquía. Las fresas actuales se traen a diario desde el condado de Kent para asegurar su frescura absoluta.
La personalidad única de Wimbledon se manifiesta también a través de sus curiosas supersticiones y la disposición de sus instalaciones de juego. Un detalle que suele llamar la atención de los visitantes es la inexistencia de una pista número trece en el recinto. El club decidió omitir esta cifra para evitar la supuesta maldición que la cultura popular asocia tradicionalmente con la mala suerte. Resulta curioso que la ruptura de la sequía de títulos locales llegara precisamente en el año 2013 con Andy Murray. A pesar de este éxito histórico en un año terminado en trece, la organización mantiene el orden numérico saltándose el dígito por precaución. Estos detalles refuerzan el aura de misterio y respeto por la tradición que envuelven al prestigioso torneo.
La superstición define así el carácter de este tercer Major que se disputa cada temporada. No hay rincón en el All England Club que no guarde una historia o un mito centenario. La protección de la pureza visual y del impecable estado del césped es otra de las misiones que se llevan a cabo con celo en el club. Para evitar que las palomas dañen la superficie o ensucien la ropa blanca, se cuenta con la ayuda de un valioso aliado animal. Rufus es el nombre del halcón guardián que sobrevuela el cielo londinense cada mañana para ahuyentar a cualquier otra ave. Además de esta medida, el torneo destaca por prohibir la publicidad comercial en las vallas de las pistas. Solo los colores verde y lila propios de la identidad del torneo están permitidos en el entorno visual de las canchas.
La fidelidad de Wimbledon hacia sus socios históricos es otro pilar fundamental que sostiene el inmenso prestigio de este Grand Slam. Desde 1905 el torneo usa exclusivamente pelotas Slazenger, el patrocinio más antiguo de la historia del deporte. Por otro lado, el respeto por el descanso vecinal impone un toque de queda que no permite que los partidos sigan de madrugada. A las doce de la noche la actividad debe cesar por completo, independientemente del marcador del set. Incluso con techos retráctiles, el límite horario se respeta para no perturbar la paz de la zona residencial que rodea al club. Es una regla que diferencia al evento de sus homólogos en París o Nueva York, lo que obliga a los jugadores a volver al día siguiente para concluir sus duelos con la luz del día.
Una piña para el ganador
Los trofeos que se entregan a los campeones también encierran detalles que los hacen piezas únicas dentro del mundo del coleccionismo. La copa masculina tiene la particularidad de llevar una pequeña piña esculpida en la parte más alta de su tapa de plata. Se dice que rinde homenaje a los antiguos capitanes de la marina que colocaban piñas al regresar de sus viajes. Mientras los jugadores luchan por el oro, los aficionados sin entrada se reúnen en la conocida colina del recinto. Este espacio, llamado ahora Murray's Hill, tiene una pantalla gigante para seguir los partidos en un ambiente relajado. Es el rincón favorito de la gente, donde se disfruta del tenis de forma accesible y popular para todos. Antiguamente esta colina recibía el nombre de Henman's Hill por otro ídolo local británico. Allí se mezclan sándwiches y cervezas bajo el sol mientras se celebra cada punto ganador.
Wimbledon es mucho más que un simple torneo: es un viaje en el tiempo que celebra la historia de una disciplina nacida en Inglaterra. A través de todas sus normas de conducta y rituales inmutables, la Catedral del Tenis consigue detener el reloj frente a la modernidad. Cada rincón del All England Club respira respeto por los campeones que han pisado su pasto sagrado. Desde las finales épicas entre Nadal y Federer hasta los récords de precocidad de Lottie Dod, el legado es inmenso. El torneo sigue siendo el máximo objetivo para cualquier tenista que sueñe con la inmortalidad deportiva. La capital británica se prepara ya para su tradición más elegante, la competición donde el tenis se convierte en leyenda sobre el impecable color verde del césped.
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