El dodo no era torpe ni obeso: un estudio lo retrata como un ave ágil y activa de hábitos nocturnos
El aislamiento de una isla puede proteger durante mucho tiempo a un ave y, a la vez, dejarla expuesta cuando llegan amenazas nuevas. El dodo encaja en ese proceso, aunque su historia pertenece a una época mucho más reciente que la prehistoria y terminó cuando su entorno cambió con rapidez.
Su incapacidad para volar y la ausencia previa de grandes peligros terrestres habían funcionado dentro de un ecosistema insular estable, pero esa especialización perdió eficacia tras la llegada humana y de animales introducidos. Ahí está la diferencia con muchas aves que han llegado hasta hoy, porque algunas pudieron escapar, desplazarse o responder mejor a cambios que el dodo afrontó en un territorio limitado.
Las tomografías revelan capacidades desconocidas del ave extinta
La reconstrucción de su anatomía craneal permite acercarse a esa vida anterior desde una vía antes fuera de alcance. Vera Weisbecker, profesora de Biología Evolutiva en la Universidad de Flinders, participó en el estudio internacional publicado en Zoological Journal of the Linnean Society, cuyo equipo examinó tres cráneos de dodo mediante tomografía de alta resolución y los comparó con el solitario de Rodrigues y 36 especies actuales de palomas y tórtolas. Los moldes digitales permitieron estimar regiones relacionadas con la visión, el olfato y otras funciones sensoriales.
Los lóbulos ópticos del dodo resultaron mucho menores, en proporción, que los de las palomas actuales y los del solitario de Rodrigues. Esa reducción aparece en aves adaptadas a niveles bajos de iluminación, donde la información recibida por la retina puede agruparse a través de menos nervios y aumentar el contraste. La anatomía encaja con un animal que pudo buscar alimento al amanecer, al atardecer o incluso de noche, un comportamiento ajeno a las palomas y tórtolas actuales.
El enorme pico aporta otra pista sobre cómo exploraba el bosque de Mauricio, porque uno de los nervios sensoriales de su parte superior estaba especialmente desarrollado. Ese nervio pertenece al sistema trigeminal y transmite al cerebro señales de contacto, presión y vibraciones. En el dodo, su tamaño apunta a un uso intenso del pico para reconocer alimentos ocultos entre la hojarasca y el suelo, una forma de explorar el terreno que amplía la imagen tradicional del ave.
La rapidez con la que desapareció encaja peor con una supuesta torpeza que con la vulnerabilidad de una especie insular adaptada durante millones de años a pocas amenazas terrestres. La caza y la introducción de ratas, cerdos, perros, gatos y monos favorecieron su extinción al depredar huevos y alterar el ecosistema.
Andrew Iwaniuk, profesor de neurociencia de la Universidad de Lethbridge, relaciona su confianza en que nada iba a perseguirlos con esa historia evolutiva: “Creemos que el comportamiento confiado del dodo se debía a que no tenía nada que temer hasta la llegada de los humanos, como suele ocurrir con las especies insulares sin depredadores”.
El cráneo revela cómo el dodo percibía Mauricio
La comparación del prosencéfalo desmonta otra parte de la caricatura del animal, ya que la región relacionada con cognición y memoria conservaba proporciones semejantes a las de otras palomas. Los trabajos previos citados por los investigadores situaban el tamaño cerebral del dodo, en relación con su masa corporal, dentro de parámetros comparables. Peter Andrew Hosner, conservador de aves del Museo de Historia Natural de Dinamarca y autor del estudio, recuerda la discusión: “Su comportamiento y su forma de buscar alimento llevan siglos siendo objeto de debate”.
El olfato ofrece una diferencia mayor respecto a muchas palomas vivas, porque los bulbos olfativos del dodo eran proporcionalmente más grandes y cuadruplicaban, de media, el tamaño relativo observado en la paloma de Nícobar. Esa configuración apunta a que los olores pudieron ayudarle a localizar frutos caídos, semillas, raíces o pequeños animales ocultos. Christy Anna Hipsley, profesora asociada del Museo de Historia Natural de Dinamarca, participó en la reconstrucción digital de las cavidades craneales, utilizadas para aproximarse a esas capacidades desaparecidas.
El oído interno completa esa reconstrucción sensorial con un conducto coclear aproximadamente un 40% más largo de lo esperado para un ave de su tamaño frente a la paloma de Nícobar. Esa proporción sugiere una mayor sensibilidad a sonidos de baja frecuencia, útiles para comunicarse entre individuos o detectar actividad en los bosques densos de Mauricio. El dato aporta otra pieza sobre la biología de un animal que evolucionó bajo condiciones insulares distintas de las que acompañaron su desaparición.
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