Un fortín bizantino emerge en la localidad alicantina de Elda junto a la frontera visigoda y reabre el debate sobre el control del sureste
El control de un territorio no depende solo de ejércitos en marcha, sino de la capacidad para fijar posiciones duraderas en puntos que permiten vigilar rutas y asegurar recursos. La expansión del Imperio Romano de Oriente hacia Hispania implicó establecer enclaves que respondían a esa idea, donde la presencia militar y la organización religiosa actuaban de forma coordinada para asegurar dominio y recaudación.
Ese avance, asociado al proyecto de Justiniano de recuperar territorios occidentales, se apoyó en núcleos pequeños pero funcionales que integraban defensa, culto y gestión económica. La llegada de ese poder a la Península no fue homogénea ni prolongada, y en muchos casos dejó rastros difíciles de interpretar porque se superpusieron con fases posteriores. Esa dificultad explica que aún hoy algunos puntos sigan generando discusión cuando aparecen restos que encajan con ese modelo.
Un estudio sitúa un puesto avanzado en Elda
Un estudio liderado por Antonio Manuel Poveda Navarro, publicado en la revista SALDVIE de la Universidad de Zaragoza, demuestra que el cerro de El Monastil en Elda albergó un castellum protobizantino con funciones militares, religiosas y fiscales en plena frontera visigoda.
El trabajo recoge décadas de excavaciones y revisión de materiales y sitúa el enclave como un puesto avanzado vinculado al emperador Justiniano. La investigación describe un asentamiento activo entre los siglos VI y VII que dependía de la red bizantina instalada en el sureste peninsular. Además, integra el lugar dentro de una estrategia de control territorial donde pequeños núcleos cumplían tareas muy específicas.
El emplazamiento ayuda a entender ese papel. El Monastil se sitúa en una elevación rodeada por un meandro del río Vinalopó, lo que lo convierte en un punto fácil de defender y con dominio visual del corredor. Esa posición permite vigilar un paso natural entre territorios y mantener conexión con otros núcleos relevantes.
Se encuentra a 28,5 kilómetros de Ilici Augusta y a 120 kilómetros de Carthago Spartaria, que era la capital bizantina en Hispania, lo que encaja con una red organizada de enclaves interdependientes.
El yacimiento funcionaba como centro militar y administrativo
El estudio publicado en SALDVIE, y recogido por La Brújula Verde, consolida esa interpretación al identificar el lugar como un castellum con iglesia monástica asociada. Poveda Navarro, vinculado a la Fundación Urbs Regia, plantea que el asentamiento no era un simple núcleo rural, sino un punto con funciones administrativas y militares.
Los datos arqueológicos permiten situarlo dentro del intento de restauración imperial impulsado por Justiniano, que buscaba recuperar territorios occidentales mediante una red de posiciones estratégicas.
La iglesia del enclave aporta otra pieza importante. Su tamaño, de 84,50 metros cuadrados, puede parecer reducido, pero responde a un modelo bien documentado en contextos bizantinos. El edificio cuenta con una nave principal y un ábside en forma de herradura, además de un baptisterio rupestre pentagonal.
Ese tipo de construcciones reservaba el espacio interior al clero, mientras los fieles se situaban en zonas laterales o exteriores. La dimensión no responde a limitaciones, sino a una forma concreta de organizar el culto según la liturgia oriental.
La estructura defensiva del lugar completa el conjunto. El recinto cuenta con una muralla de piedra seca de hasta tres metros de grosor, levantada sobre una anterior, y una puerta monumental con umbral de sillar trabajado. Desde ese acceso parte una calle central con estancias que se interpretan como celdas monásticas.
Los textos antiguos ubican aquí la sede episcopal de Elo
La identificación del lugar como la antigua Elo también resuelve una discusión larga. El análisis de 24 versiones de las actas de los Concilios de Toledo permite afirmar que los obispos llamados elotanos procedían de este enclave. Además, la cartografía histórica, como el mapa Hispania Antiqua de Nicolás Sanson, sitúa Ad Ellum en la zona de Elda. Esta precisión descarta la asociación con otros yacimientos y fija su ubicación en el corredor del Vinalopó.
Los objetos encontrados refuerzan la presencia bizantina. Aparecen piezas que solo se explican con la llegada de soldados y funcionarios del Imperio de Oriente. Entre ellas destaca una pyxide de marfil con una escena vinculada a Hércules, que se data entre los siglos VI y VII. También se han identificado dos lamas de hierro de una coraza de caballería pesada, similares a las de Cartagena, y un conjunto de siete ponderales usados para comprobar el peso de monedas. Estos instrumentos estaban ligados al control fiscal que el propio Justiniano había asignado a los obispos.
La evolución del lugar muestra cambios rápidos. Tras la llegada de los bizantinos después del 552, el enclave pasó a manos visigodas hacia el año 600. En ese momento se creó una sede episcopal con un único obispo conocido, Sanabilis, que firmó en el Sínodo de Gundemaro del 610. Esa estructura duró poco y fue absorbida por el obispado de Ilici. Después, el lugar volvió a funcionar como monasterio y más tarde fue ocupado por población islámica, que reutilizó materiales del complejo en nuevas construcciones.
El debate académico sigue abierto en parte. Poveda Navarro defiende que la acumulación de indicios no deja margen a dudas y critica que algunos estudios ignoren estos datos. Señala que quienes cuestionan estos resultados no han visitado el yacimiento ni revisado las publicaciones recientes. Esa discusión refleja un problema más amplio en la interpretación de la presencia bizantina en la Península.