Unas vacas olvidadas en una isla sobrevivieron solas durante 130 años y su extraordinaria adaptación fascina a los científicos

La protección de Ámsterdam acabó con el ganado asilvestrado

Héctor Farrés

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Las vacas de la isla de Ámsterdam acabaron pagando un precio bastante alto por haberse convertido en unas supervivientes extraordinarias, ya que su presencia amenazaba a especies autóctonas de este remoto territorio francés. La situación llevó a construir una valla en 1987 y retirar 1.059 animales del sector meridional entre 1988 y 1989.

La preocupación afectaba especialmente al albatros de Ámsterdam y al árbol Phylica arborea. Finalmente, en 2010 fueron sacrificados los últimos ejemplares de vacas como parte de un programa de restauración ecológica. La recuperación de la vegetación continuó posteriormente con plantaciones de árboles autóctonos, y en 2019 la UNESCO incorporó las Tierras y Mares Australes Franceses a su Lista del Patrimonio Mundial.

La genética revela dos procedencias entre aquellas vacas

La extinción de aquella población impidió volver a estudiar animales vivos, pero varias muestras biológicas obtenidas años antes conservaron información sobre sus orígenes. Gracias a ese material, una investigación publicada en julio de 2024 en la revista Molecular Biology and Evolution ha permitido reconstruir parte de su historia genética. El estudio, encabezado por Mathieu Gautier, investigador en genómica de poblaciones y evolución del INRAE, identificó dos grandes componentes genéticos.

Aproximadamente el 75% procedía de ganado taurino europeo relacionado con la actual raza Jersey, mientras que el 25% restante correspondía a cebúes del océano Índico vinculados con poblaciones de Madagascar y Mayotte. Los investigadores plantean que esta diversidad pudo existir ya antes de la llegada de los animales y favorecer su supervivencia.

La posibilidad de reconstruir la historia genética de una población extinguida dependió de unas muestras biológicas que habían permanecido conservadas desde dos expediciones científicas anteriores. Los investigadores recuperaron ADN de 18 animales examinados en 1992 y 2006 y realizaron la secuenciación del genoma completo de ocho ejemplares.

Posteriormente, compararon los resultados con numerosas poblaciones bovinas de distintas regiones del mundo. La conservación de esas muestras resultó especialmente importante porque la eliminación definitiva del ganado se había realizado sin un programa coordinado para preservar su patrimonio biológico. Aquellos restos permitieron estudiar una historia evolutiva que ya había terminado.

Cinco reses iniciaron una población independiente durante un siglo

La isla de Ámsterdam se encuentra en el sur del océano Índico, a unos 4.400 kilómetros al sureste de Madagascar, y ocupa aproximadamente 54 kilómetros cuadrados. Su clima oceánico está caracterizado por temperaturas frescas, precipitaciones frecuentes y vientos capaces de alcanzar fuerza huracanada.

La ausencia de fuentes permanentes de agua dulce añade otra dificultad para los grandes mamíferos terrestres. La presencia humana también ha sido reducida, con una base científica establecida en 1949. Las condiciones ambientales hacían especialmente interesante averiguar cómo había logrado establecerse allí una población de ganado doméstico sin cuidados humanos.

Ninguna de aquellas reses existe ya

El origen de aquella población se remonta a 1871, cuando un agricultor llamado Heurtin llegó desde la isla de Reunión con cinco reses para intentar establecerse en Ámsterdam. El proyecto de colonización fracasó al cabo de unos meses y el hombre abandonó el territorio, pero dejó atrás a los animales.

A partir de entonces comenzó un proceso de asilvestramiento por el que sus descendientes aprendieron a vivir y reproducirse sin intervención humana. La población terminó convirtiéndose en uno de los casos mejor documentados de ganado doméstico que recuperó una existencia independiente durante más de un siglo.

Los genes cuestionan el supuesto enanismo de aquellas reses abandonadas a su suerte

El tamaño corporal de aquellas vacas también provocó una polémica científica que enfrentó distintas interpretaciones sobre su evolución en condiciones de aislamiento geográfico. En 2017, Roberto Rozzi y Mark V. Lomolino publicaron en Scientific Reports una investigación que atribuía al enanismo insular una reducción del tamaño de los animales hasta aproximadamente tres cuartas partes del original.

El análisis genético posterior cuestionó esa explicación al plantear que los fundadores ya pertenecían a variedades bovinas pequeñas. Tampoco encontró pruebas genéticas concluyentes de una selección encaminada a reducir su tamaño. En cambio, identificó posibles señales de selección en genes relacionados con el sistema nervioso, compatibles con cambios de comportamiento.

La expansión de la población permitió que aquel pequeño grupo fundador de pequeño tamaño alcanzara unos 2.000 ejemplares en 1952, una cifra que volvió a registrarse aproximadamente en 1988. Los estudios demográficos también identificaron una reproducción estacional, con alrededor del 80% de los nacimientos concentrados en cuatro meses.

Pese al crecimiento y a la recuperación tras episodios de enfermedad y reducción poblacional, el aislamiento tuvo consecuencias genéticas. Los investigadores calcularon una consanguinidad individual cercana al 30%, una situación que aumenta el riesgo de enfermedades hereditarias.

Sin embargo, tampoco encontraron pruebas concluyentes de una eliminación sistemática de mutaciones perjudiciales mediante selección natural. Su hipótesis apunta a que la rápida expansión acortó los efectos del cuello de botella inicial y ayudó a conservar parte de la diversidad de una población fundada por apenas cinco animales.

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