Perros momificados por esta antigua civilización andina revelan que estos animales ya eran apreciados hace más de 1.000 años
Alrededor del año 900 d. C., una persona cavó un pequeño hoyo, colocó una tela y, a continuación, un pequeño perro de menos de un año de vida. Esto ocurrió en una aldea llamada Río Muerto, en el valle de Moquegua, Perú, durante la expansión del pueblo Tiwanaku (Tiahuanaco) por los Andes.
El animal, hembra y de color marrón y blanco, ha permanecido bajo tierra durante más de un milenio y ahora es, junto a otro perro recuperado en otro sitio ceremonial cercano, objeto de estudio de una investigación dirigida por Susan D. deFrance, profesora de Antropología de la Universidad de Florida.
Se sabe muy poco de cómo los habitantes de Tiwanaku, una antigua civilización andina, trataban a los perros. Sin embargo, los dos perros momificados de forma natural ofrecen una nueva visión de cómo era la relación de estos animales con las personas y cómo pudieron haber sido tratados tanto en vida como una vez fallecidos.
“La gente que vivía en la colonia de Tiwanaku tenía animales de compañía y los trataba con cuidado después de la muerte”, compartió deFrance con el portal de noticias científicas Phys.org a raíz de la publicación de los resultados de su investigación en la revista Latin American Antiquity. “Creo que muestra que las personas experimentaron la pérdida de animales con emoción, aunque no podemos saberlo con certeza”, declaró.
Animales de compañía hace un milenio
Los perros eran una parte muy importante de la antigua sociedad andina, que los utilizaba principalmente como pastores, animales de compañía, y también para sacrificios. Sin embargo, no está tan claro el papel que desempeñaron estos en la cultura Tiwanaku, que se extendió por la actual Bolivia, Perú y Chile entre el año 600 y el 1000 d.C.
Esto es así principalmente porque los restos de perros que se han encontrado muchas veces están mezclados con huesos de otros animales como el zorro, dificultando su diferenciación. En los dos perros momificados analizados, quedaba claro que estos eran canes porque, en ambos casos, los restos de piel sobrevivieron.
Uno de los datos que más sorprendió a los investigadores fue la dieta que se les proporcionó a estos animales. El análisis permitió descubrir que uno de los perros comía casi exactamente lo que sus vecinos humanos comían: una mezcla de plantas y carne. Otra de las cosas que llamó la atención fue la ubicación y el cuidado de los entierros: estos se localizaron cerca de las casas de los cuidadores.
Las conclusiones del estudio son claras. “Interpretamos el entierro intencional de los dos perros en entornos domésticos y los restos fragmentarios como evidencia de que los habitantes de Tiwanaku de Moquegua consideraban a los perros como animales de compañía y posiblemente personas no humanas dignas de respeto después de la muerte”.
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