Alexandra David-Néel se disfrazó e hizo historia: fue la primera occidental que se coló en “el Tíbet prohibido”

Alexandra David Néel en una fotografía de 1924.

Laura Cuesta

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Viajar a Lhasa no es tarea fácil en la actualidad. El viaje a la capital del Tíbet no puede hacerse por cuenta propia, pues los viajeros necesitan un visado chino y contratar un tour con una agencia de viajes autorizada para obtener un permiso de entrada. En los años 20, sin embargo, acceder al “Tíbet prohibido” era todavía más complicado.

A partir de 1912 y hasta 1950, las autoridades tibetanas limitaron casi por completo la entrada de extranjeros con la idea de preservar la independencia política, pero también la religión budista y las tradiciones culturales. Fue en este contexto en el que Alexandra David-Néel, orientalista y escritora, consiguió colarse en esta ciudad rodeada por las montañas del Himalaya.

Aphur Yongden, Alexandra David-Néel y un niño tibetano frente al templo Potala, en Lhasa, en 1924.

Antes del viaje

Alexandra David-Néel nació como Louise Eugénie Alexandrine Marie David en 1868 en Francia, hija de padre francés y madre belga, y ya desde niña mostró una gran inquietud por el mundo. “Desde que tenía cinco años, una niña pequeña y precoz de París, ansiaba ir más allá de la puerta del jardín, seguir el camino que pasaba junto a ella y partir hacia lo desconocido”, escribió en el prefacio de uno de sus libros.

A los 16 años ya se escapaba de casa para recorrer otros países de Europa, y a los 21 viajó a la India para estudiar sánscrito, una etapa en la que también se convirtió al budismo. Tras su regreso, trabajó como periodista y cantante de ópera, y para 1904, se había casado con Philippe Néel, un ingeniero francés al que conoció en un casino de Túnez.

En 1911, Alexandra emprendió el que se convertiría en el viaje más importante de su vida: una travesía que duró catorce años y en la que recorrió Japón, Corea, China, Mongolia y la India. Durante varios años solicitó permisos y realizó distintos intentos de acercarse al Tíbet, pero las autoridades británicas en la India y las tibetanas restringían mucho el acceso. No le quedó otra que apostar por la clandestinidad.

Una entrada clandestina

Durante aquel viaje, Alexandra llegó hasta Sikkim, un pequeño estado ubicado en los Himalayas, donde conoció a un joven tibetano llamado Aphur Yongden. Este jugó un papel clave en su entrada en Lhasa, ya que el joven hablaba los dialectos locales y conocía las costumbres y protocolos tibetanos a la perfección.

Juntos decidieron infiltrarse y, para conseguirlo, David-Néel tuvo que disfrazarse de “peregrina tibetana”, para lo que oscureció su piel y se vistió de viajera humilde. Yongden, por su parte, se hacía pasar por un monje que viajaba con ella. A principios de 1924, juntos lograron entrar en Lhasa mezclándose entre grupos de peregrinos que acudían a la ciudad.

Alexandra permaneció allí dentro durante dos meses, hasta que finalmente puso un pie en el palacio del Potala, residencia de invierno del Dalai Lama desde el siglo VII. Este fue su último paso en el Tíbet antes de abandonar la región con Yongden y emprender el largo viaje de regreso a Francia. La mujer recopiló aquella hazaña en Mi viaje a Lhasa, libro publicado originalmente en francés en 1927, pero no se detuvo ahí, y siguió viajando y escribiendo toda su vida. Murió a punto de cumplir los 101 años.

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