Solo quedan dos futuros viables: ocho de los diez escenarios simulados por una científica española no garantizan la supervivencia humana

Las películas como '2012' retratan el fin del mundo

Héctor Farrés

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Una pared de agua que engulle ciudades enteras ha sido una de las imágenes favoritas del cine cuando imagina el final del mundo. Películas como 2012 llevaron a la pantalla terremotos capaces de partir continentes o tsunamis que llegan hasta el Himalaya, mientras Deep Impact o Armageddon colocaron enormes meteoritos en rumbo de colisión con la Tierra.

Estas historias suelen presentar catástrofes repentinas, espectaculares y fáciles de reconocer. El desastre llega de golpe, arrasa con todo y deja a la humanidad luchando por sobrevivir durante las últimas horas. Esa visión ha dominado durante décadas buena parte de la ciencia ficción apocalíptica.

Un análisis examina mil años de evolución social

La amenaza que describe un estudio liderado por la astrobióloga Celia Blanco resulta mucho menos cinematográfica. El trabajo, difundido en ArXiv y recogido por El País, analizó diez escenarios plausibles para la evolución de una civilización durante los próximos 1.000 años. Tras simular 200 trayectorias para cada caso, los investigadores concluyeron que únicamente dos configuraciones logran mantenerse activas sin derrumbes definitivos.

Uno de los aspectos más llamativos del modelo es su relación con una vieja incógnita astronómica. Si el universo puede albergar numerosas civilizaciones tecnológicas, ¿por qué apenas se observan señales de ellas? El estudio plantea que muchas sociedades avanzadas podrían pasar largos periodos en estados de inactividad.

Según explicó Blanco, “la principal enseñanza es que el silencio que observamos no implica necesariamente que estemos solos”. Durante siglos enteros, esas civilizaciones alternarían etapas de actividad con fases de silencio, lo que reduciría enormemente las posibilidades de detección desde otros puntos de la galaxia.

El desgaste acumulado acerca a muchas comunidades al declive

El deterioro gradual aparece como uno de los mecanismos más peligrosos para cualquier sociedad avanzada. El equipo formado por Celia Blanco, George Profitiliotis y Jacob Haqq-Misra sostiene que una civilización puede acercarse al colapso sin necesidad de enfrentarse a guerras mundiales, pandemias devastadoras o impactos de grandes cuerpos celestes.

El factor que más altera los resultados es el consumo de recursos por encima de su capacidad de regeneración. Blanco advirtió que “es probablemente lo que más debería preocuparnos”. En muchos escenarios, esa presión termina erosionando las bases económicas, sociales y materiales que permiten la continuidad de una sociedad.

La investigadora recurrió a la imagen de una vivienda con una gotera para ilustrar el proceso. El problema no surge necesariamente durante la primera lluvia. El riesgo aparece cuando el deterioro se acumula durante años hasta que la estructura acaba cediendo. El modelo reproduce una lógica similar. Los daños pequeños y persistentes pueden resultar más peligrosos que una gran crisis puntual si nadie corrige las causas que los generan.

La otra variable decisiva es la capacidad de recuperación. Los autores evaluaron cuánto conocimiento permanece disponible después de una crisis, qué infraestructuras siguen operativas y cuánto tiempo necesita una sociedad para reorganizarse. Según Blanco, “una sociedad que cae, pero se levanta rápido, puede persistir indefinidamente”. En cambio, una comunidad que pierde herramientas, conocimientos o sistemas básicos de funcionamiento puede desaparecer incluso después de sufrir una perturbación relativamente limitada.

Los sistemas autoritarios sufren más hundimientos repetidos

Entre los escenarios más favorables aparecen dos modelos identificados como Edad de Oro y Fuera del Edén. Ambos describen sociedades capaces de mantener largos periodos de estabilidad gracias a una distribución más equilibrada de los recursos y a estructuras de gobierno menos concentradas.

La investigadora señaló que las utopías plenamente estables exigen condiciones difíciles de encontrar en la actualidad, como una auténtica situación de postescasez, una gobernanza distribuida a escala global y la ausencia de amenazas existenciales.

En el extremo contrario se sitúan modelos como Gran Hermano o Espada de Damocles. En ellos, la concentración de poder, la fragilidad política y la exposición a riesgos extremos favorecen crisis repetidas. El estudio concluye que los sistemas autoritarios tienden a derrumbarse antes y con mayor frecuencia que las configuraciones basadas en una distribución más amplia de responsabilidades y recursos.

Los resultados generales ofrecen una conclusión contundente. Ocho de los diez futuros examinados terminan experimentando colapsos recurrentes o desapariciones prolongadas. Solo dos mantienen una continuidad suficiente para atravesar el próximo milenio sin hundimientos que comprometan su supervivencia.

La diferencia no depende de golpes de suerte ni de acontecimientos excepcionales. Según resumió Blanco, “el destino a largo plazo de una civilización, al parecer, depende menos de la suerte que del diseño”.

Las decisiones actuales marcarán el rumbo futuro

Las simulaciones también pueden servir para estudiar otros mundos. El equipo plantea que cada trayectoria deja rastros químicos característicos y que esas señales podrían ayudar a identificar planetas donde existió alguna forma de civilización tecnológica. Sin embargo, la aplicación más inmediata del trabajo apunta hacia el presente.

Las decisiones relacionadas con la gestión de recursos, la conservación del conocimiento y la organización social determinarán qué camino sigue la humanidad. En el modelo, el futuro no queda sentenciado por un meteorito ni por una ola gigante, sino por la capacidad de evitar un deterioro lento que puede pasar desapercibido durante demasiado tiempo.

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