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#16M

El 15M supuso un momento democrático histórico para nuestro país, pero no puede convertirse únicamente en un hito o un fetiche: España sigue necesitando de la tensión transformadora de la primavera de 2011

Primera asamblea con cientos de personas en la Puerta del Sol de Madrid, el 16 de mayo de 2011.

Primera asamblea con cientos de personas en la Puerta del Sol de Madrid, el 16 de mayo de 2011. Juan Luis Sánchez

Mi recuerdo más hermoso del 15M no es de la propia manifestación, sino del día siguiente.

Recuerdo salir de la Universidad Autónoma, comer algo rápido en el tren y subir a Sol en bici. La llegada a Sol por Alcalá es una cuesta arriba desde Cibeles que, en un momento dado a la altura del antiguo edificio de Banesto, afloja. Hasta que no termina la cuesta, no se ve la plaza.

La noche anterior, a eso de la 1 de la mañana, habíamos terminado de recoger los materiales de Juventud Sin Futuro y habíamos tomado una caña (o varias). Recuerdo a dos compañeros diciendo "hay que quedarse esta noche, esto va a ser el Tahrir español" (en esos días mirábamos con esperanza a las primaveras árabes) y recuerdo habernos sonreído e ido a casa con otros compañeros, agotados después de la manifestación. Sabíamos que en este país había condiciones para el cambio democrático, pero quien diga que entonces podía prever el 15M y no tenía dudas y miedos es adivino.

La mañana siguiente resultó que no era Tahrir, pero que habían aguantado unas decenas de personas en la plaza. Y que fueron llegando más a lo largo del día.
A eso de las cuatro de la tarde, pasé pedaleando y sin aliento por el antiguo edificio de Banesto y tuve perspectiva. Vi la plaza. Entre la estatua ecuestre de Carlos III y el monumento al oso y el madroño, varios cientos de personas celebraban una asamblea y ya había alguna lona protegiéndoles del sol.

Nadie tenía la menor idea de cómo Sol se convertiría después en una especie de zoco democrático y de cuántos cientos de asambleas y gritos mudos iban a poblar la plaza. Nadie tenía la menor idea de lo que iba a pasar después y quizá esa sea la mejor sensación de todo el 15M: la incertidumbre derivada de la puesta en cuestión del orden político. Solo había dos certezas esos días: que estábamos descubriéndonos a nosotros mismos que la política no les pertenecía a los políticos sino que podía ser de la ciudadanía y la maravillosa revelación de que un pueblo movilizado lo puede casi todo. Se acabó ver la política por la tele y tocaba un ciclo de protagonismo ciudadano.

Pero el 16M a las cuatro de la tarde, nadie sabía todo eso. Sin embargo, recuerdo levantar la cabeza y ver la plaza. Y recuerdo haberme derrumbado sobre el manillar de la bicicleta emocionado en un rato que no sabría decir si duró cinco minutos o una hora "con la carne del alma de gallina", que decía Sabina. En esos días teníamos la sensación de que se hacía historia en las plazas y empezaba a parecer que Sol podía ser la nuestra. Y, además, la manifestación del día anterior no se había diluido: había cientos de cuerpos en la plaza impidiendo que se diluyera. Y una conexión entre la plaza y un sentido común que había cambiado en este país para siempre.

Lo más fascinante de aquellos días era la sensación de que era imposible pero lo estábamos haciendo: era impensable que la ocupación (ilegal) de la plaza más emblemática de Madrid para impugnar el estado de las cosas, bajo el lema "no somos mercancía en manos de políticos y banqueros", pudiera durar tanto tiempo y calar tan hondo en la cultura política de nuestro país.

Cayeron mitos en Sol: el mito de que la crisis era inevitable, el mito de la generación ni-ni, el mito de los jóvenes que no participan y de los mayores desencantados... Especialmente cayó el mito de que la Historia estaba escrita en libros, porque se demostró que se puede hacer con las manos.

Seis años después, las razones y el desencanto que nos llevaron a las plazas permanecen. Como permanece la estructura de poder que gestiona la crisis en beneficio de los de arriba y contra los de abajo.

Sin embargo, todo ha cambiado. Hay una generación que ya conoce un camino: juntos y juntas, con la fuerza de la construcción colectiva, se puede casi todo. Esa generación sigue dando la pelea por este país y por el futuro en muchos frentes. Algunos hoy incluso en el Parlamento.

No hay nada más hermoso, ni más revolucionario, que la sensación de que las cosas pueden cambiar y la injusticia no es una condena. Es uno de los aprendizajes de la generación de las plazas. Este país lo recordó en mayo de 2011.

Como sucede a quien anda en bicicleta, el cambio político necesita movimiento: si no pedaleas, caes. El 15M supuso un momento democrático histórico para nuestro país, pero no puede convertirse únicamente en un hito o un fetiche. España sigue necesitando de la tensión transformadora de la primavera de 2011 para ser un país justo, moderno y con unas instituciones al servicio de su gente y a la altura de los tiempos. Sigue habiendo camino por hacer y sigue abierta la puerta para que la Historia no sea un tiempo pasado, sino presente continuo.

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