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“Nada volverá a ser igual”: los habitantes de Gaza se preparan para el Ramadán entre ruinas y miedo

Maha Hussaini

Ciudad de Gaza —

Warda Al-Batrikhi es una palestina de 44 años residente en Gaza, que pasó el último Ramadán en una tienda de campaña improvisada en Deir al-Balah, en el centro de la franja de Gaza, junto a sus hijos y su sobrino. Habían sido desplazados por la fuerza de su hogar, pero mantenían la esperanza de que este año, el mes sagrado lo pasarían de vuelta en el lugar al que pertenecían.

Este Ramadán, Batrikhi ha conseguido regresar a la ciudad de Gaza, pero volverá a pasarlo en una tienda de campaña y esta vez sin su hermana. Su casa ha quedado completamente destruida y su hermana fue asesinada en un bombardeo israelí durante el alto el fuego. “Cuando entró en vigor el alto el fuego, ya habíamos perdido nuestra casa, pero nos dijimos a nosotros mismos que lo más importante era que estábamos vivos y que recuperaríamos las tradiciones del Ramadán que tanto nos gustaban y esperábamos cada año”, dice Batrikhi.

“Pero solo un par de semanas después del acuerdo de alto el fuego, un ataque aéreo israelí mató a mi hermana viuda, dejando huérfanos a sus cuatro hijos. Hoy vivo en una tienda de campaña con mis hijos y uno de los hijos de mi hermana, al que adopté, mientras que mis otros hermanos se han hecho cargo del resto. No sé cómo voy a afrontar este Ramadán”.

En Gaza, esta celebración tradicionalmente traía consigo animados mercados callejeros, coloridos farolillos y comidas comunitarias, en las que las familias compartían la comida con sus vecinos y los menos afortunados. Sin embargo, un año más, para muchos habitantes de Gaza, el mes llega bajo la sombra del desplazamiento y los continuos ataques aéreos, con familias que luchan no solo por tener un momento para celebrar, sino incluso por asegurar su próxima comida.

“Antes del genocidio, el Ramadán era un mes de bondad. Casi nadie en la franja de Gaza se acostaba con hambre. Las familias ahorraban durante meses para poder comprar comida suficiente para mantener sus ayunos, y los vecinos compartían generosamente entre ellos, asegurándose de que nadie se quedara sin comer. No se cerraba la puerta a los necesitados”, recuerda Batrikhi.

“Ahora, dudo de que la gente pueda compartir la comida. Tras dos años de genocidio y hambruna, las familias han gastado casi todos sus ahorros en harina de trigo y lentejas, ya que los precios se han disparado. Incluso los alimentos relativamente más baratos disponibles en los mercados están fuera de su alcance”.

En años anteriores, los días previos al mes sagrado estaban llenos de preparativos. Los mercados de la ciudad de Gaza se llenaban de gente, ya que las familias compraban dátiles, queso, carne y especias. Los niños colgaban farolillos y las familias planificaban la primera comida para romper el ayuno. Este año, la expectación se mezcla con la ansiedad. Gran parte de la Franja sigue en ruinas. Alrededor de 1,5 millones de palestinos siguen desplazados, viviendo en tiendas de campaña o en casas dañadas con acceso limitado al agua y la electricidad.

“Este año es diferente”

La llegada del Ramadán se ha convertido en una prueba de resistencia. Abu Mahmoud Masharawi, de 38 años y padre de dos hijos, que perdió su casa en un bombardeo el año pasado, ahora sobrevive en una tienda de campaña y celebrará el mes sagrado expuesto a las inclemencias del tiempo, con poca intimidad y un miedo constante por sus hijos. “Me preguntan por las luces y los adornos, y tengo que explicarles que este año es diferente”, continúa Masharawi. “Intentaré darles pequeños momentos de normalidad, aunque solo sea compartiendo una comida”.

Incluso en las zonas que no han sido directamente afectadas, el impacto psicológico es generalizado. En el barrio de Tal al-Hawa, al suroeste de la ciudad de Gaza, Salama Ahmed, de 45 años, cuya casa sufrió graves daños, afirma que este Ramadán no puede ser normal. “No podemos colgar luces ni reunirnos como antes. Nuestra casa sigue parcialmente en pie y tenemos suerte de que queden algunas paredes, pero no podemos celebrarlo de verdad. No cuando las casas de todos nuestros vecinos han quedado reducidas a escombros. Aunque quisiéramos celebrarlo, el miedo es demasiado grande. El Ramadán tiene que ver con la fe, pero la fe se siente frágil cuando llevamos más de dos años sin sentirnos seguros”, afirma.

Por mucho que intentemos que parezca un Ramadán de verdad, nada volverá a ser igual”.