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Dueño y señor por tradición

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Maloma Morales

Sólo ella conoce el fondo y el alcance de la pesadilla que está viviendo desde que su hermano mayor, Mohamed Lamin, y dos de sus primos la secuestraran el 12 de diciembre de 2015 en Smara, en los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf, en Argelia. Cuatro llamadas telefónicas a sus padres adoptivos españoles, José Morales y Mari Carmen de Matos, y a su pareja, Ismael Arregui, en las que les rogaba « no me dejéis aquí que me muero» y, desde el día de Navidad, ya nada más. A Maloma Morales de Matos se la llevaron lejos, a un lugar llamado Mijek, un rincón lejano del territorio del Sahara Occidental controlado por el Frente Polisario, en pleno desierto. Sola, privada de su libertad y de sus derechos fundamentales, incomunicada del exterior y convertida en muñeca de trapo por quien se erigió en su dueño y señor por traición, arrebatándole la voluntad y su capacidad de elegir quién y cómo quiere ser.

Maloma no es un caso aislado, aunque sí la única con nacionalidad española. Hay muchas mujeres saharauis retenidas contra su voluntad por sus familias biológicas en los campamentos, aunque sólo tres más son conocidos públicamente. Casos que evidencian la existencia de una situación de vulnerabilidad que las convierte en víctimas de una «tradición» basada en la combinación de cultura, idiosincrasia y religión, que justifica esos secuestros de jóvenes saharauis apoyándose en que, tras estancias prolongadas en España, las «niñas» -ya mayores de edad- están desarraigadas de sus tradiciones e idioma, así como expuestas a los riesgos de una sociedad occidental con unos valores y formas de vida muy alejados de los que son idóneos para una mujer musulmana. En base a ello, quedan atrapadas en las profundidades de unas costumbres radicadas en una sociedad machista y patriarcal, en la que, por ser mujer, al llegar a los 18 años deben casarse para mantener la población, sin que el Gobierno saharaui, ejercido por el Frente Polisario, proteja, respete ni garantice en modo alguno los derechos y libertades fundamentales de las mujeres saharauis ni los de una española. Los padres (o un miembro masculino de la familia) deciden unilateralmente el destino de sus hijas, con el beneplácito del resto de la familia, la sociedad y las autoridades, que aceptan que sea retenida contra su voluntad porque son «los únicos que tienen todo el derecho sobre ella» y sólo actúan pidiendo tiempo, respeto y prudencia.

La metió a empujones en un coche y se la llevó. Cuatro meses después, sin que la familia española tuviera noticia alguna de ella, efectivos policiales del Frente Polisario la «liberaron» de sus captores y la trasladaron de nuevo a tierras argelinas, a los campamentos de refugiados. Horas más tarde, las autoridades gubernamentales saharauis no pudieron con la presión social y la devolvieron a la familia biológica, condenándola nuevamente a la retención contra su voluntad y a un destino no elegido. No hay responsables, ni detenidos, ni siquiera delito. Sólo hay un «dueño» de Maloma (su hermano, pues su padre falleció cuando ella contaba 4 años), amparado por una orquestada campaña de demonización contra la familia adoptiva y la pareja de Maloma, en la que los discursos contra ellos no dejan de lanzar globos sonda para inspeccionar los argumentos adversos contra esa medida adoptada por el Frente Polisario, que puso de manifiesto su nula capacidad como Gobierno para hacer cumplir la ley -establecida en su propia Constitución- y su inacción para salvaguardar los Derechos Humanos de Maloma por encima de cuestiones culturales, religiosas o tradiciones.

Hoy la he visto en un nuevo vídeo de esos que algunos saharauis han estado usando desde aquel 22 de abril en que la devolvieron como si fuera un juguete roto. Sólo son grabaciones usadas como herramienta de manipulación mediática con las siglas de la RASD (República Árabe Saharaui Democrática) sobreimpresas, pero en estas últimas imágenes se muestra a una Maloma distinta, entregada. Me asaltan pensamientos sobre si su propia mente le está haciendo desarrollar, por puro instinto de supervivencia, reacciones propias del Síndrome de Estocolmo. Ella ha debido sufrir un infierno de presión psicológica, emocional y, quizá, hasta física, acrecentado por los sentimientos que producen el aislamiento, la incomunicación y el abandono durante meses, que culmina con una liberación y una devolución a los captores en unas horas. Es el colmo de lo inadmisible que puede hacerse a una persona que ha sufrido un trauma como el suyo… Y los políticos españoles y saharauis pidiendo silencio y prudencia… Pero es que Maloma está sola ante una sociedad anclada en costumbres discriminatorias, en la que el amor a la patria y el deseo de paz, de libertad, de justicia, de honor y de pureza han asesinado el espíritu crítico del pueblo saharaui y de todo el movimiento de solidaridad, que les jalea aún conscientes de que es una violación de Derechos Humanos en toda regla.

De verdad, con ese panorama sumado a la manifiesta incapacidad del Gobierno y la diplomacia española para defender con contundencia los Derechos de una ciudadana española secuestrada, ¿qué otra le quedaba a Maloma si no aceptar que su seguridad y su integridad dependen sólo de su captor? ¿Quién será responsable de que arruinen su vida, la de su marido y la de su familia adoptiva? Todo aquel que tenga conciencia debería ver que sólo Maloma Morales de Matos puede y debe decidir su propia vida. Como española, desde mis letras escritas con rabia, impotencia y muchas razones, alzo la voz para exigir al Gobierno de España que actúe en su defensa, accione el rescate de su confinamiento y le dé la oportunidad de decidir libremente su futuro, porque ninguna tradición puede estar por encima de los Derechos Humanos. Ninguna.

 

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