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El flamenco político que debe "cantar a los desahucios"

El sociólogo Francisco Aix analiza en el libro Flamenco y poder. Un estudio desde la sociología del arte la relación dialéctica del arte jondo con la sociedad.

Según el autor, "el flamenco nació como el hip hop del siglo XIX", con una axiomática carga social limada al convertirse en herramienta de la cultura oficial: "Cuando la sociedad se dé cuenta de la instrumentalización que el régimen hace del flamenco habrá deseos de revancha".

El "flamenco político" vuelve, dice Aix, materializado en ejemplos como Juan Pinilla o Francisco Contreras Niño de Elche.

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El sociólogo Curro Aix.

¿Debe el flamenco cantar los desahucios? ¿Convertirse acaso en arma de regeneración democrática? ¿Empoderar al público, quizás? ¿Qué relación tienen flamenco y brega política? Tales ecuaciones aborda el sociólogo Francisco Aix Gracia en su obra Flamenco y poder. Un estudio desde la sociología del arte (Colección Datautor, Fundación SGAE). Una relación dialéctica que el arte jondo pule con la sociedad y no es, en todo caso, uniforme. El rumbo baila al ritmo de los tiempos. Como ahora. En un desierto de oficialidad, vuelve el "flamenco político".

Del flamenco tabernario al oficial, de Antonio Mairena a Pepe Marchena, la obra analiza el espacio público de un arte de esencia popular. Desde su arranque marginal en el siglo XIX hasta convertirse en "la joya de la corona de las instituciones". Es el objetivo de un libro con base metodológica en las obras del sociólogo francés Pierre Bordieu y basado en un estudio de Aix que recibió el Premio a la Mejor Tesis Doctoral de la Fundación Autor en 2012 y el Segundo Premio de Investigación Cultural Marqués de Lozoya, del Ministerio de Cultura.

¿Hay quien tiene que dejar de cantar y bailar para los señoritos?

Sería un buen objetivo. ¿Qué tienen que pensar los flamencos? ¿En esos techos políticos que dicen que no debes mencionar los desahucios? ¿O en un público al que le hace falta que le empoderen para afrontar los desafíos que tienen? La gente quiere que les hables de sus preocupaciones y eso quizás les inspire para afrontar la realidad difícil que tienen. Es como la carga política que tenía el cante minero, ¿quién lo iba a oír? Pues las letras hablan de lo que le ocurría al minero. Y la doble moral del señorito en Andalucía, que le ufana juntarse con los pobres en un pretendido igualitarismo, siempre ha estado presente.

Pero el flamenco, en general, pasa de política.

Es un proceso donde el flamenco evoluciona desde el flamenco tabernario, humilde, noctámbulo y pernicioso, hasta casi convertirse en una cultura oficial que olvida y persigue el flamenco de base. El gran flamenco está de espaldas a la sociedad y el flamenco de la sociedad es furtivo. Se pasó del flamenco de pandereta franquista al flamenco de banderola.

¿Tiene sitio en esta sociedad que busque un cambio de rumbo?

Por supuesto y creo que lo va a hacer. Tiene muchas posibilidades. Es música de raíz, con una capacidad emotiva y de movilización que tienen muy pocas. Capaz de movilizar masas.

¿Qué pone freno?

Hay algo que no se ha mencionado todavía en la sociedad española: hemos sido una especie de cobardes de la deuda. Desde que tuvimos hipotecas, y no solo hablo de individuos sino de la propia industria, toda la economía. Eso inaugura un periodo de cautividad política, de pérdida de conciencia de clase y de secuestro de la libertad de expresión. La cultura recogió eso, se despolitizó y se creó una estructura clientelar bajo el paradigma de la deuda.

¿Y qué ocurre ahora?

Que la deuda está dejando de tener el vigor que tenía antes. Se han disuelto, objetivamente, muchos elementos pero todavía nuestras cabezas piensan que estamos ahí. ¿Nos daremos cuenta que no hay nadie que nos amarre? Somos libres, pero hay que darse cuenta.

¿Quién es libre?

El flamenco político es muy residual, cuando históricamente ha sido importante. El Cabrero y cuatro más. Hay casos muy interesantes, como Juan Pinilla y Francisco Contreras Niño de Elche, que es el caso más rupturista, el más revolucionario en el sentido artístico, el más morentiano… ese hombre no tiene amarres. Tiene dominio del cante, pagó su derecho de entrada y está ejerciendo su derecho a crear. Luego hay más letra pequeña y ojalá sea una veta a la que mucha gente se sume.

Presentación de 'Flamenco y poder' en la Bienal de Sevilla.

Presentación de 'Flamenco y poder' en la Bienal de Sevilla.

En Flamenco y poder cuenta esa separación patente entre el gran arte y el arte social.

Me planteo esas preguntas, si es un reflejo de la sociedad o mantiene una relación dialéctica. Presento un armazón teórico y metodológico basado en una tesis sociológica y desarrollo esa época histórica en que adquiere identidad propia, años 50 a 80, y el flamenco global, el de la incorporación institucional, la creación de grandes festivales y la internacionalización. En su proceso de socialización, el flamenco ha vivido la censura y la autocensura, como toda cultura, pero más todavía por ser el ojito derecho de las instituciones.

¿Un abismo entre aquel primer flamenco marginal y el actual?

El flamenco fragua como género artístico en el siglo XIX y en un concepto como éste (Alameda de Hércules, Sevilla). Esa casa –señala– era La Sacristía, un café cantante. El Carpanta, en esa esquina, fue el primero que se hizo en el mundo… Era un concepto de cultura suburbana, contracultural, que se puso de moda en las ciudades. Una especie de hip hop del siglo XIX, con una raíz étnica muy fuerte. Venía dentro del éxodo rural de aquella época, de las hambrunas, la gente que venía del campo traía su folclore y quien tenía capacidad lo traía en los escenarios. Había una dimensión social y una crítica política fuerte.

¿Volverá a ese origen popular, de reclamo?

Debe recuperar esa relación social tan estrecha. Para mí el flamenco representa la lengua vernácula que Andalucía no tiene. La memoria ocupa un lugar importante ahí, y la pureza es una especie de anclaje en la memoria, una retórica eficiente. En el siglo XXI no podemos seguir insistiendo en el debate bizantino sobre la pureza. Es un camelo. Eso y recuperar el espacio político, de lucha, son los nuevos desafíos.

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