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ARAGÓN

Al grito de Jánovas

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Últimamente se me ocurren muchas razones para dejar de respirar durante varios minutos. Lo hago hasta esperar que la metáfora injusta de la vida me aclare si vivimos para padecer, si padecemos para burlar a la muerte y si en ese angosto camino fuimos ángeles o demonios. Entonces vuelvo a respirar y me alegro de seguir viva, porque todos sabemos lo que significa que la vida sea arrebatada antes de cumplir siquiera quinientos años.

Arrebatar es un verbo que juega en una cuerda floja entre lo violento, lo injusto y lo demencial. Había un título de una novela, que leí de niña, que decía: “Cuando Hitler robó el conejo rosa”, pero no, lo correcto hubiera sido: “Cuando Hitler arrebató el conejo rosa”, por lo que de violento, injusto y demencial tenía ese rapto. Hace una semana escasa, con la Fundación José Antonio Labordeta, subí a Jánovas; tengo que decir que él adoraba a las gentes de Jánovas y su lucha infatigable, así como esa otra que se prolonga en el tiempo frente a la sinrazón de quienes siguen defendiendo el recrecimiento de Yesa y ambas llenaban su corazón y la madera de su guitarra, que acariciaba con la rabia de quien sabe que poco a poco las voces se irán acallando y los silencios se quedarán grabados en nuestra sangre como astillas de historia olvidada. Pero a veces las cosas no suceden así  y las gentes de Jánovas hoy tienen más fuerza que ayer y quieren recuperar lo que de forma violenta, injusta y demencial les fue arrebatado. Es cierto que muchos ya no están, pero cada San Miguel son más y más y, junto a las aguas del río Ara, reivindican su lucha y proclaman su esperanza en un futuro que el pasado les arrebató en nombre del progreso, de un pantano fantasma y de un gobierno, Madrid, cada día más lejos de Aragón.

Escribo estas palabras el día de San Miguel y sé que dentro de diez años -dará igual quién gobierne en Madrid; dará igual quién ocupe o no un sillón; dará igual el ruido de la política ficción que en estos días todo lo arrasa-, sé que dentro de diez años en Jánovas la vida y la esperanza, en su metáfora más hermosa, seguirán construyendo y avanzando al abrigo de la Peña Montañesa y con sus piedras lavadas por el Ara.

Quizá la vida sea eso: no desfallecer, soñar y seguir infatigables.  Quizá esta sea la única forma de burlar a la muerte y vivir casi eternamente.  

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