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Ángela Labordeta

Angela Labordeta nació en Teruel. Ha trabajado y colaborado con diferentes medios de comunicación y en los últimos veinte años ha publicado cuatro novelas y un libro de relatos; también ha participado en diferentes antologías.

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La eternidad

Me lo enseñó en un café escondido del Madrid de los Austrias. Yo buscaba un silencio que me hiciera comprender todo lo que me estaba pasando y había decidido no compartir nada con nadie, era lo mejor y si acaso no era lo mejor, era lo que había decidido. 2020 había llegado lleno de momentos esperanzadores y también de réplicas políticas que me obligaban a pensar que el mundo futuro estaba cada vez más cerca de un pasado que yo pensaba superado y casi olvidado. Ella era algo mayor que yo y estaba sola y no hacía nada, absolutamente nada. No miraba el móvil, tampoco leía ni observaba con curiosidad a los clientes que se movían desvaídamente por el café. No hacía nada y yo, que andaba en torpes decisiones para asaltar a mi armonía con elegancia y decisión y así recuperarla, decidí no hacer nada tampoco. Y pensé. Pensar es como no hacer nada, porque nadie sabe si tienes capacidad para pensar o si simplemente pasas el tiempo entre dos notas que ni siquiera sabes nombrar. Pero yo decidí pensar y pensé en aquella mujer que no hacía nada y que estaba sola y que tras de sí tenía una historia que fuera la que fuera le había llevado a querer vivir sola, a querer sentir sola, a querer morir sola, para así no tener que escuchar la razones de quienes precisan que sus culpas sean las culpas colectivas, para de esa forma mantener su puesto de poder dentro de un sistema que a esa mujer, desde luego, no le interesaba para nada. No me atreví a acercarme, pero sí comencé a mirarla y la miré con la prudencia con la que vivo estos días que no comprendo y que son ráfaga de recuerdos que no sé si son míos, de personas que no sé si conocí alguna vez, de sabores que no me dicen absolutamente nada. Entonces ella comenzó a mirarme y supe que solo iba a mirarme, que no iba a decirme nada y que yo nada sabría de su historia y así fue. Creo que permanecimos mirándonos, en una distancia de escasamente tres metros, durante casi dos horas. Luego se levantó y se fue y mientras salía por la puerta me sonrió y yo comprendí que cuando no esperas nada de nadie, cuando nada deseas, cuando todo lo has dejado en unos bolsillos que visten otra chaqueta, solo entonces cualquier momento de silencio y soledad compartido es una victoria que se vislumbra eterna.

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El violinista

El violinista toca cansado en la calle, escupe notas sin sabor que son una pieza de Liszt y simplemente está asqueado. El violinista no puede dejar de tocar, tocar ese instrumento es como una droga que le perpetúa y a la que se aferra cuando sabe que no hay más destino que una plaza al fondo y otro día quién sabe si de sol o de niebla. El violinista sabe que hay drogas sutiles, fabricadas con el desorden de sentimientos no especialmente destructivos; también sabe que hay drogas que quiebran el alma porque están construidas con el fracaso de nuestros propósitos, con el engaño de nuestras vidas y con el ruido obsceno de lo que el violinista no dijo, pero alguien le dijo que sí que lo había dicho y ese error intencionado de percepción se convirtió para el violinista en un ruido sucio que navegó por todos los ríos que eran las venas que descargaban todo ese dolor sobre su corazón cansado, lleno de portazos y de ecos de voces a las que el violinista dejó de poner nombres.

El violinista ya no sabe dónde está su casa, pero sabe que su casa está vacía y realmente no sabe qué hace en esta ciudad que nada tiene que ver con él y que lo maltrata de día y de noche mientras desgasta sus manos sobre el violín, que es lo único que de verdad es suyo. Porque por no ser nada suyo, ni siquiera su vida le pertenece. El violinista lo sabe todo acerca del fracaso y por eso la ciudad es incierta y silenciosa cuando el violinista deja de tocar, pero todo el mundo piensa que el violinista no tiene miedo, parece un tipo duro, un hombre esculpido entre las montañas de Ucrania y el cielo sobre los Urales. Sin embargo, tiene miedo; tiene plomo en su alma y los recuerdos son curvas cerradas que lo acercan más y más a su propio infierno. Entonces el violinista grita y el grito retumba y la ciudad se esconde porque el violinista es un tipo duro, sin familia, capaz de cualquier cosa. Es un extranjero.

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España

El debate de investidura nos ha traído la realidad de muchas Españas, visiones diversas de un país que fue árabe y romano, con legado celta, que expulsó a los judíos y se crucificó en una guerra civil que sigue siendo una herida abierta, insoportable; una herida que no termina de curarse, porque los resquicios de tanta brutalidad lanzan sus aullidos que retumban desde las fosas comunes y desde las cunetas sin nombres ni flores. Somos la respuesta a las preguntas que otros formularon y que dejaron sin responder por miedo a la inmediatez de una dictadura, al sonido aterrador de las balas, al recuerdo frío de los últimos muertos y al tacto simétrico de un alma helada. Y así esa España plural y diversa, esa España hecha de pueblos con sus identidades y sus propias culturas ha ido avanzando en democracia a lo largo de cuarenta años, se ha ido construyendo a sí misma y en vísperas de revoluciones, que nunca llegaban, se ha hecho mayor. No hay peor sensación que la de acabar admitiendo que todo es tan confuso y arrebatadamente mediocre e insultante, que lo que dicen los diputados en sus sillones de corte sucede en otro sitio, fuera, como el barro en los días de lluvia, mientras nosotros nos cuidamos en casa y mantenemos la puerta cerrada y el timbre blindado para que nadie pueda romper nuestra paz, que es esa cotidiana manía de que no pase nada. Nunca. Pero las cosas pasan y las voces se alzan y mientras una España mira al futuro, incierto por supuesto, pero siempre futuro, la otra España se ha quedado colgada en el recuerdo de un tiempo donde las mujeres eran el reflejo de sus madres viviendo en cocinas encerradas y oscuras, una España colgada en el recuerdo de creerse única y a salvo, colgada en el recuerdo gris de hombres disponiendo qué es lo bueno y qué lo malo, colgada en el espejo de un país que no quiere conocerse para de esa forma jamás entenderse y nunca avanzar y seguir anclada en un pasado donde la tuvieron prisionera y cautiva.

Pero la historia de esta España nuestra, que lo es le pese a quien le pese, no es la historia de adjetivos repetidos hasta la saciedad, buscando insultar con el simple recuerdo. España, además de ser única, grande y libre, adjetivos que una y otra vez han sido usados como lema y arma para acorralar y estrangular al contrario, es mucha más cosas, infinidad de colores y matices de los que me siento muy orgullosa. España es Mediterráneo, es luz, es Rosalía de Castro, es Unamuno, es Goya, es Monte Perdido, es tacita de plata, es Malasaña, es Gernika, es lucha, es esperanza y sobre todo lo que más me gusta de ella es la forma tolerante y sabia con la que poco a poco, a veces con excesiva demora, ha ido nombrando y aceptando que el futuro es nuestro único compromiso como pueblo y que como pueblo debemos abrazarlo con diálogo, tolerancia, esperanza y ternura. Lo visto y oído los pasados cuatro y cinco de enero en el Congreso de los Diputados me llevan a pensar que España es mucho más sabia que muchos de nuestros representantes políticos, es infinitamente femenina, sabe escuchar sin insultar, reconoce su pasado y el dolor que se encierra entre sus páginas y por eso busca estrechar lazos que no sean ni de desprecio ni de odio, sino de respeto y de lucidez y que nos alejen definitivamente de los delirantes gritos de quienes se creen que España es suya y nosotros, sus necios siervos. No le demos la razón a Rousseau: el hombre no puede ser solo un animal enfermo.

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Y nos gritemos Aragón

Nos encerraron en extensas praderas cercadas por cintas electrificadas y como teníamos miedo de que sus descargas dañaran nuestra piel e incluso nos pudieran provocar la muerte, aprendimos a ser ordenados, a movernos en una única dirección, a no levantar la voz, a seguir rigurosamente y en orden el tiempo que era el de la comida, el tiempo que era el del ocio, el que era el del sexo, el que era el del trabajo e incluso también ordenamos, dentro de un reloj que otros habían configurado para nosotros, el tiempo que era el de la libertad y el de nuestra historia, que no era más que la historia que otros habían escrito para que nosotros continuáramos autistas en la precariedad de los pensamientos más simples, de las reflexiones que ya no inquietan porque no llegan ni siquiera a ser reflexión. Y así consiguieron que la impotencia fuera tal que ya no buscábamos cimas que coronar, ni ríos que abordar, ni ciudades que descubrir, ni voces que nos dijeran cosas distintas, ni hombres ni mujeres diversos que supieran desdibujarse en la frondosidad de los caminos, que ya no caminábamos por miedo a ser distintos, por miedo a ser criticados, por miedo a ser excluidos. Por miedo a no ser queridos.

Y un día, sin casi darnos cuenta, descubrimos que lo que pensábamos que era remoto y pretérito nos acosaba desde todos los discursos y nosotros que habíamos sido adalides de la libertad, del socialismo, del aragonesismo que entroncaba con la realidad que a veces era cierzo, otras nieve, otras agua, otras desolación, otras progreso, otras montaña, otras pantano, otras dolor, otras sueño, otras lucha fuimos conscientes de que habíamos vivido demasiado tiempo cercados y con miedo y sin darnos cuenta habíamos presenciado el fallecimiento de nuestra propia historia. Y ahora el cercado es cada día más alto y por mucho que gritemos la verdad, esa que no necesita flores porque no precisa ser disfrazada, ya casi nadie nos escucha y solo deseo que nos hagamos sabios, viejos y bestias y nos gritemos Aragón en todas sus letras y en toda su historia. Y en toda su enorme hermosura de la que somos pasado, presente y futuro.

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Locas

Me dicen que finalmente saltaste desde el octavo piso porque aquellos chavales te acusaban y se reían de ti, lo habían hecho desde siempre, y tú ya no podías más. Me dicen que, entre la vida que amabas con cierto desprecio y la muerte que te seducía cada día más ante los insultos de niñatos convertidos en hombres adultos sin conciencia ni elegancia, decidiste abrazar a la muerte. Y Zaragoza te llora y yo te lloro y me gusta saber que te fuiste volando para no sentir más ese miedo que te cortejaba y te dejaba sin aliento, justo en el instante en el que todos los gritos estaban dentro de tu cabeza y tú no eras más que el abandono del último grito: tu grito desgarrado y bello pidiendo auxilio en la soledad que habías inventado.

Nadie quiere hoy hablar de eso, ni de la locura ni del suicidio, y por eso hablamos del árbol que pierde sus hojas de la forma más hermosa y que, como tú, besa la tierra porque alguien lleno de vanidad y de maldad le dijo que el cielo era para la lluvia, para el sol, para las nubes y sobre todo para él y para todos los que como él decían la verdad, aunque su verdad estuviera rodeada de mentira y de podredumbre. Pero, al igual que el árbol que besa la tierra, tú lo creíste. A él y a todos aquellos que te hicieron invisible, que te acusaron, que te despreciaron y te dejaron sin vida.

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La escalera

La escalera es de hierro y los peldaños de madera y en ella se han subido, sobre todo, mi madre y mi abuela. Mi abuela ya no lo hace, murió de vieja en una cama mirando el mar. Se llamaba Sabina, era menuda, muy menuda, y cuando se subía a la escalera, ésta la engullía entre peldaño y peldaño y ella se quedaba acurrucada y se reía y me gritaba que la ayudara, que le daba vértigo, pero por mucho vértigo o miedo que tuviera, ella subía a la escalera y lo hacía muy a menudo: para limpiar los ventanales a los que por su pequeña estatura no llegaba o para limpiar las lámparas del techo. Me gustaba mucho ver cómo limpiaba esas lámparas de miles de cristales que ella acariciaba con sus menudas y frágiles manos, mientras les decía cosas hermosas porque sus reflejos eran hermosos y sus formas me permitían pasar las horas contemplándolos sin pensar en nada, solo en ese cuerpo menudo sobre una escalera y en esas manos que con tanto amor y con tanta cotidianeidad limpiaban cada uno de los cristales, que eran un paso en el tiempo que yo todavía ignoraba y que a mi abuela se le disfrazaba de amor enterrado en un tiempo pretérito y oscuro. 

La escalera tenía vida y a mí me gustaba sacarla de la despensa, abrirla y sentarme en uno de sus peldaños y desde ahí, atalaya de mi infancia, construir la literatura de mi vida en una ciudad llamada Zaragoza y que a diario recorría en una distancia familiar y dulce, hasta aquella mañana en la que saludé a la muerte cuando un coche arrebató la vida de aquel niño y de su perro. Recuerdo que me quedé paralizada, sin siquiera escuchar los gritos que eran de rabia y dolor, y volví sobre mis pasos, no corría porque tenía miedo y solo quería llegar a casa, abrazar a la abuela y sentarme en mi escalera y así repetir el día y olvidar el ruido y los gritos. Al llegar a casa le expliqué a la abuela lo sucedido, le expliqué mi miedo y le dije que ya sabía qué era el vértigo y le dije que el vértigo era aceptar que las cosas solo en una parte muy pequeña dependen de nosotros y que por eso el vértigo te puede llevar hasta los lugares más desgarradamente bellos y hasta los más terriblemente sórdidos. La abuela me abrazó y me besó y me llevó hasta la despensa y sacamos juntas la escalera y la abrimos y nos sentamos cada una en un peldaño y desde su peldaño me explicó que nuestra vida era como esa escalera y que mientras estuviera ella y la escalera habría cobijo, habría infancia, habría canción y fiesta y flores entre las piedras y piedras entre las flores y un cielo violeta y el alivio que se siente cuando una mano te descubre que hay menos soledad a pesar del ruido y que hay más silencio contra los gritos.

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Lluvia

La encontré por casualidad, vestida de sótanos y pliegues malvas en sus ojeras. Apenas me había sentado en la barra del bar cuando se me acercó como una suicida abraza el vacío y la nada. Ni siquiera la miré, yo quería tomarme unos vinos que me transportaran hasta un lugar cálido donde descansar y permanecer en soledad, entonces ella me dijo: “Mi abuela ha muerto y lo ha hecho sola. Ha muerto sola, porque a mí no me han querido cambiar el turno en el trabajo y yo sabía que se estaba muriendo, pero nadie me ha querido hacer ese pequeño favor. Y mi abuela ha muerto sola y ahora pienso que no voy a volver a ese trabajo porque es una puta mierda y lo que más me duele es no haberlo dejado hace una semana. De haberlo hecho mi abuela no habría muerto sola, pero no tuve valor y mi abuela murió sola y ahora solo hay polvo sobre sus huellas y abrigos que visten perchas y periódicos y libros que nadie va a leer. Y lo que más hay es su silencio y mi soledad”. La escuché, cómo no hacerlo, y lo hice con atención y sabiendo que ella no esperaba de mí respuesta alguna, simplemente quería que alguien escuchara su monólogo y que alguien comprendiera que en la ciudad caminaba entre coches y entre luces sin saber muy bien hacia dónde iba, que buscaba amores que la salvaran de sueños donde se peleaba con el hielo de su propia frialdad, sellando su miedo con dobles cerraduras y cadenas de impotencia. “Lo siento”, le dije. Me miró y me dijo que le gustaría meter su vida en un libro y cerrarlo para que no pasaran más cosas feas y así dejar que el tiempo se olvidara de ella y de su abuela que había muerto sola, porque a ella no le habían cambiado el turno en un trabajo de mierda. Le dije, lo hice porque estaba llorando, que nuestra vida y nuestro miedo nos enseñan a adorar aquello que ya hemos destruido y que por eso instintivamente jugamos a pegarnos fuego una y otra vez para no sentir y así no enfrentarnos a las cosas que de verdad pasan, pero que no nos pasan a nosotras. Me miró con cierto temor y me dijo que si su abuela no hubiera muerto, ella no habría dejado el trabajo y toda la vida sería lo que le pasaba a ella, aunque ella fuera el cadáver de su propio cuerpo. “Estoy contenta de haberte encontrado”, me dijo. Recuerdo que fuera llovía, mucho, y recuerdo que los rayos y los truenos habían sido intensos y entonces sin saber muy bien por qué le pregunté: “¿Eres tormenta o lluvia?” “Tormenta”, me dijo. “¿Y tú?”, me preguntó. “Lluvia”, le dije y sentí que ella no era tormenta, ella era lluvia como yo y como la lluvia nos deshacíamos en los charcos que pisaban los hombres y en el silencio que parpadeaba en las aceras de una ciudad, de cuya soledad habíamos aprendido la peor de todas las lecciones. 

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Y si no nos aportáis nada

Algunos políticos desconocen que en el mundo real, ese en el que ellos no viven, las cosas se nombran de otra forma, de una forma decente que tiene que ver con el quehacer cotidiano y con la decencia de vivir la vida sin traicionar, sin engañar, sin robar ni mentir y así descifrar que el enigma del futuro poco tiene que ver con el pasado y con ese complejo paradigma de frases que determinados políticos aparcan entre titulares, para indicarnos que estamos derrotados, sin comprender que por un lado están ellos, dominadores que viven instalados en un tiempo de hastío y delincuencia para su mayor vergüenza, y nosotras, que pensamos que no hay tiempo ya para tanta y lenta decrepitud de señores que sometieron y siguen queriendo someternos en la esquina que se nombra ayer, sin entender que ayer simplemente es un recuerdo en el que ellos viven instalados por ser su momento de gloria y del que nosotras no queremos saber nada, porque simplemente la vida se vive en otras aceras, donde las esquinas son coloridas y el ritmo de las cosas no las marca el engaño, la trampa y la certeza de que si él no acaba con usted, usted acabará con él y así como perros de presa se lanzan y se muerden en el cuello y hasta que la sangre no brota no se detienen y en su propia y estridente espiral de violencia se hacen más y más grandes.

Pero por mucho que lo intenten la despedida mira hacia atrás y nosotras seguimos avanzando hacia nuevas claves, hacia nuevas formas de contar y entender la historia y los escuchamos, es inevitable hacerlo porque una y otra vez llegan hasta nosotras a través de los medios de comunicación, pero los consideramos incluso ridículos, aferrados a una nostalgia de poder que ha muerto y que nada tiene que ver con los nuevos tiempos que marcan nuestras voces que han abierto puertas violetas hacia una vida sin culpas ni golpes.

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#APorTodas

A veces nos hacen creer que hay un tema de fondo, algo que si lo respetamos con estricta decencia y seguimos a pies juntillas, hará que desaparezcan una parte muy importante de nuestros problemas.

Pero nada más diametral y culturalmente alejado de la realidad que esos dogmas de fondo, con lo que en estos tiempos tan convulsos y perturbados juegan determinados políticos, olvidando que con que se situaran en mitad de la ética, ese lugar con el que trató Virgilio a su Eneida a la que deseó destruir por sus imperfecciones estéticas, quizá el mundo sería un pelín más habitable.

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Sí quiero

Cuando pronunciamos estas dos palabras tan contundentes como recíprocas nos estamos comprometiendo con algo o con alguien. He adquirido varios compromisos a lo largo de mi vida y uno, quizá el más extrañamente hermoso y doloroso, fue hace ya casi dos décadas con Chunta Aragonesista. La vida de los partidos políticos es como la vida de una larga familia que se ama y se odia con la misma brutalidad y pasión, ese espacio en el que los daños son de ida y vuelta, los perdones en ocasiones inalcanzables y en el que hay personas que caminarán a tu lado hasta la eternidad y otras que son el reverso de ese verso que tú lanzaste al olvido y al desprecio. Y yo que en estos últimos meses he decidido quedarme en el banquillo observando, negando, añorando, deseando, castigando y castigándome, hoy digo: Sí quiero. Sí quiero que Chunta se presente a las elecciones del próximo 10 de noviembre y quiero por múltiples razones y sin duda la más poderosa se llama Aragón. Que no es poco.

A lo largo de estos últimos meses hemos asistido en el panorama de la política nacional a un relato de los hechos que cada vez era más increíblemente perverso y terriblemente masculino, en esa parte de la masculinidad que anda llena de egos y de vanidad. Todo se ha reducido a una nefasta relación entre dos hombres, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, que han sido incapaces de querer entenderse y les han bastado razones de estoico ego para decir sí donde he dicho no y para negarnos a todos nosotros un país de progreso y de ilusión por un futuro que cada día es más negro y violento. Son responsables de este nuevo tiempo que viene y son responsables de que mucha gente decida quedarse en casa y no ir a votar, no irles a votar a ellos.

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