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Ángela Labordeta

Angela Labordeta nació en Teruel. Ha trabajado y colaborado con diferentes medios de comunicación y en los últimos veinte años ha publicado cuatro novelas y un libro de relatos; también ha participado en diferentes antologías. En octubre publicará su nueva novela. En la actualidad es Secretaria de Comunicación de CHA.

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El enigma de la centralidad

En esto que algunos han dado en llamar la necesidad de formar gobiernos basados en la centralidad cabe todo: cabe que un partido defensor de los fueros en Navarra se alíe con un partido como Ciudadanos que quiere, ante todo, hacer de España una España más fuerte con menos autogobierno y muy lejos de ese espíritu federalista, que por un tiempo algunas llegamos a pensar que podía ser posible. En nombre de esa misma centralidad veremos cómo el partido socialista de Sánchez, que tiene diferentes nombres según mire hacia el norte o hacia el sur, hacia el este o hacia el oeste, caerá en brazos de Ciudadanos, olvidando ese grito que sus votantes repitieron el pasado 28 de abril: “Con Rivera no”. Pero todos ellos insistirán en que todo es por alcanzar la centralidad y yo a estas alturas estoy convencida de que no saben de qué hablan y que simplemente utilizan las palabras para que estas respalden las decisiones que van a tomar. La centralidad no es un atributo intrínseco, como puede ser la autoestima, la temperatura o la ideología, es un simple atributo estructural que depende estrictamente de la localización en la red: en un grafo estrella el nodo central debería ocupar un valor máximo de centralidad y los ubicados en los extremos el valor mínimo de la misma. Con esta definición, que es la que corresponde a la palabra centralidad, la centralidad en sí misma ni es buena ni es mala, es un simple atributo estructural. Sin embargo, una buena parte de nuestra clase política, tan deseosa de tatuar en el paisaje cada día más vacío de los discursos políticos palabras que sirvan como referentes y que los eleven a las alturas de los grandes oradores, hablan de la centralidad como quien habla de la fe, del cielo o del infierno, sin entender que la centralidad en sí misma es nada, absolutamente nada. Pero en nombre de esa centralidad veremos cómo el PP y Ciudadanos se mimetizan con VOX y acaban aceptando que las mujeres son esos seres feos y perversos que hacen todas esas cosas malas y terribles y volveremos a esa España oscura y cutre que persigue homosexuales, que dicta sentencias contra transexuales, que amordaza la libertad de expresión y construye pueblos buenos, los que viven en la centralidad, y pueblos malos, que para ellos, y en su lenguaje de mínimos, viven en el peor de los extremos. 

Malos tiempos para la lírica, no cabe duda. Pero todo sea en nombre de la centralidad, esa que todos usan como si fuera un concepto ideológico, cuando es solo un atributo estructural en el que casi todos quieren tener cabida.

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La retórica del amor

Ha viajado para verte. Se ha sepultado en pueblos sin luz para verte y por verte casi pierde la vida. No sabe si te ha amado, pero por ti ha recorrido distancias interminables sobre estepas heladas y lo volvería a hacer. Dicen que eso es la retórica del amor: perseguir un sueño que tiene forma endiablada, azar en sus caderas y luz en el iris de su mirada. La retórica del amor es como la gramática de la creación, dos lugares en los que detener el tiempo para entendernos, comprender el qué, el por qué y el cómo. Hace unos días, en un lugar romano de la ciudad de Zaragoza, hablaba del azar, palabra endiabladamente bella y endiabladamente perversa. El azar se instala en nuestra vida desde el mismo instante en el que nacemos y nos coloca en lugares tan dispares como Aragón, Siria o Somalia, con todo lo que eso tiene de determinante para nuestro futuro. También el azar nos construye siendo hombres o mujeres y en ese salto mortal que es la vida nos invita a deshacer lo andado, a reparar realidades o crear otras.

El pasado 28 de abril nos levantamos con la sensación de que todo podía romperse, debido a que unos señores muy poco demócratas querían usar la democracia para imponer sus formas, su pensamiento único, su Viva España que una y otra vez nos tiran a la cara, como si España solo fueran ellos y sus discursos de patria oscura. Y a lo largo de ese día miles y miles de ciudadanos expusimos nuestra retórica del amor y saltando sobre estepas heladas construimos con libertad y democracia un sueño que hoy es una realidad y que nos permite mirar al futuro con cierta esperanza.

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Mi bandera tiene miedo

Como una simple observadora de todos los matices y estremecimientos de la sensibilidad humana, dispongo mi objetivo sobre plazas, calles, avenidas, curvas y recorro, a modo de pájaro invisible, el presente de estos días que codicia un futuro inmediato y que será el marco donde se ordene política y socialmente la realidad de España y de todas y cada una de sus comunidades autónomas. En el año 2016, y mientras toda Europa daba por ganadora a Hillary Clinton, una marea que se vestía de verdades a medias, que se alimentaba del descontento y que en la desinformación relataba su verdad, consiguió que Donald Trump se convirtiera en presidente de los Estados Unidos: la gente votó y Donald Trump ganó. Luego vimos cómo Gran Bretaña decidía salirse de la Unión Europea y nadie conseguía entender qué había pasado, aunque el patrón se estuviera repitiendo, porque una vez más el populismo, las mentiras convertidas en verdades a base de ser machacadas y el descontento se habían impuesto y Europa era la gran culpable, la madrasta infiel y perversa que solo quiere invadir el suelo propio con tragedias ajenas y hacer de las propias cortinas de dulces espejismos. Gran Bretaña votó y dijo que no a Europa.

Es inevitable confesar que los planos de la sensibilidad humana son tantos y tan variados que es imposible saber qué es lo que gustó exactamente de Trump a los americanos y qué hizo que Gran Bretaña repudiara así a Europa. Lo que parece incuestionable es que las pérdidas a las que nos vemos abocados por nuestras propias decisiones y por las ajenas, nos llevan a buscar novedades que consideramos salvadoras y que solo suelen ser espejos atemporales donde queremos curar nuestros dolores, satisfacer nuestros deseos, así como condenar todo lo que entendemos y vemos distinto. Sin embargo, esos espejos acaban siendo prisiones donde encerramos nuestra libertad y dignidad como pueblo y es entonces cuando el extraño y duro saber de lo que hemos perdido se adueña de nosotros a modo de aquella tarde otoñal sin ti.

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¿Y tras el 28 de abril qué?

Cuando creíamos que España se encontraba mínimamente preparada para abordar ciertos debates de futuro, y que tenían que ver con la construcción de un país plural y diverso que podía avanzar con pacto y diálogo hacia un estado federal, empezaron a surgir las banderas del enfrentamiento y ahora, a unas cuantas semanas de una elecciones generales que van a ser cruciales para el futuro de este país, vemos cómo los extremos, extremos que a duras penas respetan la Constitución, van a ser la llave de la gobernabilidad. Y eso en democracia y para las personas demócratas tiene que crearnos un terrible dolor.

Desde el grito independentista, en septiembre de 2017, vimos cómo el abuso y la intolerancia se apoderaban del parlamento catalán para sacar adelante, arremetiendo contra la democracia, una ley que diera cobijo a un referéndum que se celebró el 1 de octubre y del que todos conocemos sus consecuencias. Recuerdo algo que en esos días de septiembre dijo el diputado Coscubiela, quien reivindicó la democracia señalando: “Nos importa el qué, pero tanto como el qué, el cómo. Por eso somos demócratas”.

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La vida que merecemos vivir

Nací en una época en la que mayoría de los padres de mis amigas no creían en dios, de la misma forma que las madres de mis padres sí que lo hacían. Y a pesar de no creer en dios ni llevarnos nunca a misa, comulgamos vestidas de blanco, convertidas en princesas o monjas, mientras nuestros padres desatendían el sermón, entretenidos buscando haces de luz a través de las vidrieras de la iglesia.

Seguir la norma en esa España franquista era convertirnos en niñas invisibles y eso es lo que buscaban nuestros padres, que dolían por los caminos gritando Aragón y libertad, mientras sus hijas dibujaban palabras de anhelo en las paredes de Zaragoza y sorteaban la adolescencia reivindicando su individualidad, cortando geranios al atardecer y entendiendo la vida como un hostal de carretera en el que entretenerse hasta que llega la diligencia de la noche.

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¡Maldita estupidez!

Si alguna vez tomo parte activa en el mundo, será como pensadora y un toque imprescindible de desmoralizadora. Esa idea de Flaubert llega hoy a través de las palabras que las comisuras de mis labios guardaron en lo más íntimo de mi garganta.

Ya no queríamos hablar, habíamos decidido dormir y dejar que las horas violetas de nuestra vida se detuvieran ante la caricatura de esas voces que insistentemente nos recuerdan que si algo vale la pena es que permanezcamos en silencio, que si algo vale la pena es que no gritemos, que si algo vale la pena es que seamos mujeres de un hombre, que si algo vale la pena es que destripemos nuestra cintura cuando esta se vuelve y se hace vulnerable y tú y yo que somos mujeres, pensadoras, entendemos que la estupidez existe y comprendemos que la experiencia de la estupidez es plural y contagiosa.

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Si alguna vez me olvido

Si alguna vez me olvido, no olvides llegar hasta mí y cerrar con llave el lugar donde reside el olvido. No quiero olvidar. No quiero olvidar tu París en nuestros ojos y no quiero olvidar que mientras el avión surcaba el cielo de París, desde Milán llegaban acordes de amor y de felicidad. No quiero olvidar, olvidar es morir en un lugar donde no reside más que el color negro de nuestros peores demonios, esos a los que no pusimos nombre, esos a los que abandonamos en un lugar del camino, que no era más que un camino sin retorno.  No quiero olvidar ni olvidarte y si acaso alguna vez olvido las palabras que pronuncié, las noches que pasé o los labios que besé, tendrás que volver, cogerme de la mano y llevarme a todos los lugares recorridos, a todos los nombres amados, a todos los rincones acariciados. Para que no olvide.

No queremos olvidar, ni como personas ni como pueblo, porque el olvido te cierra los ojos y te deja a merced de todos aquellos que deciden recordar por ti. No quiero olvidar. No quiero olvidar tu sabina altiva en mitad de los Monegros. No quiero olvidarte mi viejo y acribillado Belchite. No quiero olvidarte mi cruz sobre Oroel. No quiero olvidarte cantando entre el Mercado Central y el Ebro, mientras Zaragoza amanecía con niebla y gotas cerradas de agua. No quiero olvidarte, Teruel, que llevas mi nombre cosido en tardes de palabras donde los mayores construían mis recuerdos para que no olvidara. Y a ti, Aragón, a ti te quiero recordar siempre libre, haciendo futuro y permitiendo que todos los hombres y mujeres, sea cual sea su identidad de género y orientación sexual, lo sean por igual y en igualdad.

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El zapato de la abuela

La abuela tenía un zapato viejo y roto, con un tacón quebrado y el color oculto. Era tan viejo como ella, pero lo guardaba entre sus tesoros más preciados, porque con ese zapato había recorrido las décadas de su vida y también las vidas de los otros, de los que amaba y de los que no amaba, de los que buscaba y de aquellos a los que se encontró sin buscar.

El zapato de la abuela descansaba en el zaguán de la puerta y la abuela sabía que el tesoro más importante que guardaba su zapato era la ingenuidad con la que un día decidió mirar al mundo, porque la abuela sabía que la ingenuidad es tan frágil como las aguas donde navegan los veleros de nuestros sueños, tan profunda que ahoga y tan egoísta, en ocasiones, que asusta.

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Un 20 de noviembre del año 1975

Aquel día, con mis ocho años recién cumplidos, Madrid amaneció de luto. Al menos eso decía mi abuela que repetía, viendo las imágenes en una televisión en blanco y negro, que mi tío, su hijo, estaría subido en alguno de aquellos árboles para despedir al dictador. Mi abuela empleó esa palabra: dictador, palabra que a mí me sonaba a hierro y que había oído también de boca de mi padre cuando decía que España hubiera sido de luz y letra, de oro y libre si el dictador no hubiera dado aquel golpe de Estado que sumió a su país en una larga y trágica pesadilla. Yo tenía ocho años y aquel día no estaba en mi residencia habitual, en Zaragoza, porque dos días antes de fallecer el dictador mi padre decidió que mamá, la abuela, las niñas y él nos fuéramos a un pueblo pegado a la frontera con Francia. “Por si había que salir corriendo”, decía, alternativa nada desdeñable en un país que había vivido cuarenta años sometido a la violencia, el odio y la ira que los triunfadores de una fatídica Guerra Civil desataron sobre los vencidos, a quienes masacraron, exiliaron y mutilaron.

En aquella España crecí durante ocho años y de aquella España mediocre, miedosa, llena de fábulas crueles y señores bien ataviados que solo sabían mentir y castigar prefiero no recordar nada, porque no hay nada bello que recordar. Era una España de vencedores y vencidos; una España que se proyectaba bajo las fronteras de su propia mediocridad; una España pobre, en blanco y negro, ausente de lectura, de cultura, de mujeres. Era una España en masculino que pisoteaba con zapatos de piel oscura cualquier esperanza, cualquier ilusión; una España de puro y cazalla; una España débil que en su fortaleza ideológica mataba y humillaba. Aquel 20 de noviembre de 1975 yo pensaba que aquella España de carbón y frío, de lágrimas y viudas terminaba y que, como decían mi padre y sus amigos, por fin llegaban la libertad, la revolución y la democracia, palabras que sonaban hermosas, puras, femeninas.

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Las cosas insignificantes

Las cosas insignificantes son en general las más significantes, y aunque cueste aceptarlo lo insignificante es lo que acaba por construir sociedades más libres y solidarias, más serenas y valientes, más femeninas y cultas, o lo que es lo mismo sociedades a las que los grandes poderes económicos y políticos no quieren y desprecian, porque lo mejor es tenernos encadenados al miedo para que así nada cambie, porque el cambio es abismo, porque el cambio es incontrolable y ellos, los que siempre lo han controlado todo, tienen que seguir haciéndolo para seguir gozando de los favores que a sí mismo se han otorgado gracias a un derecho divino que les permite saber qué es lo insignificante y qué lo significante.

La gran crisis de 2007, que nos hicieron creer era una crisis económica y que por ello debíamos agazaparnos y obedecer, lo fue y es económica, pero sobre todo lo ha sido política y social, de valores, y así hemos visto cómo a lo largo de la última década hemos perdido derechos como ciudadanos, hemos perdido valores como sociedad y cada vez más arrinconados vemos de qué forma avanza el racismo, la violencia, la homofobia, el populismo, el odio a lo distinto y la desvergüenza de políticos que ya no llaman a las cosas por su nombre, sino con el nombre que les interesa en cada momento.

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