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Àngel Ferrero

Periodista. En Moscú después de tres años informando desde Berlín para varios medios. Colaborador habitual del quincenal Directa. Co-autor de La quinta Alemania (Icaria, 2013) y El último europeo (La oveja roja, 2014).

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Entre San Francisco y Helsinki

El pasado 26 de junio se cumplió el 70º aniversario de la firma de la Carta de las Naciones Unidas. El aniversario no tuvo absolutamente ninguna repercusión en la mayoría de los medios de comunicación, lo que en sí mismo resulta elocuente. El próximo 1 de agosto se celebrará el 40 aniversario de la Declaración de Helsinki, un aniversario al que probablemente le depara la misma fortuna.

El primer documento es, como es sabido, el tratado fundacional de la ONU. Con él las naciones firmantes se comprometían a crear las “condiciones bajo las cuales puedan mantenerse la justicia y el respeto a las obligaciones emanadas de los tratados y de otras fuentes del derecho internacional”, a “promover el progreso social y a elevar el nivel de vida” y a no usar “la fuerza armada sino en servicio del interés común”, así como “a emplear un mecanismo internacional para promover el progreso económico y social de todos los pueblos”.

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El logrado nuevo Estado fallido de la Unión Europea

El 25 de mayo fueron ejecutados en la Plaza de la Independencia de Kiev –más conocida como Maidán desde las protestas del año pasado– el presidente ucraniano, Petró Poroshenko, su primer ministro, Arseni Yatseniuk, y el presidente de la Rada Suprema, Volodymyr Groysman. No en persona, por supuesto, sino en efigie. Con esta acción, los manifestantes protestaban por el drástico aumento del precio de la calefacción: un 66%.

No es la única cifra de la que los ucranianos tienen que preocuparse últimamente. Las exportaciones se desplomaron en 2014 un 16,6% –las exportaciones a Rusia, su principal comprador hasta hace muy poco, hasta un 35,2%–, la inversión externa cayó por debajo de los mil millones de dólares y la renta per cápita se sitúa en los 2.082 dólares, mil dólares menos que en 2014, cuando se encontraba en los 3.085 dólares (Bielorrusia: 8.042 dólares; Rusia: 12.926 dólares).

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FOTOS: El museo de las Máquinas Recreativas Soviéticas

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Europa va a la guerra (informativa)

En 2006 se dinamitaron, con gran cobertura informativa, las antenas de Radio Liberty en la playa de Pals, consideradas una reliquia de la guerra fría que había cumplido con su misión. “En maldita hora”, debieron pensar en la cumbre de la UE celebrada el pasado 19 y 20 de marzo. El décimo punto del día, filtrado un día antes a la prensa, anunciaba que se encargaría a la jefa de la diplomacia europea, Federica Mogherini, la tarea de preparar para junio “un plan de acción […] en apoyo a la libertad de los medios”. Este “apoyo a la libertad de los medios” no será en Europa (¿no permitió la UE en 2013 el cierre de ERT, la radiotelevisión pública griega?), ni tampoco en Oriente Próximo o África, sino en Rusia, y de hecho, únicamente allí, porque a los líderes europeos les preocupa lo que denominan “propaganda rusa”. En 1992 la Unión Europea de Radiodifusión (UER) –una entidad que no depende de la UE, pero formada por la mayoría de televisiones públicas de sus Estados miembros– ya creó Euronews (que también retransmite en ruso) justo después de la Guerra del Golfo para presentar la información “desde un punto de vista europeo”, entonces como respuesta al éxito de la CNN.

Según el portal EurActiv, un diplomático confesó su escepticismo. “¿Puede una estrategia así desarrollarse con los medios libres europeos? No estoy seguro”, se preguntaba, apuntando él mismo, quizá sin saberlo, a un horizonte que en realidad muchos en Bruselas anhelan desde hace tiempo: el de una UE más antidemocrática. “No entiendo por qué estamos poniendo esto en el punto del día”, dijo otro, “si fuese ruso estaría absolutamente encantado, porque estamos proporcionándoles pruebas de su éxito”. El 12 de mayo, el Comité de Exteriores del Parlamento Europeo aprobó con 53 votos a favor, 10 en contra y tres abstenciones el “plan de contingencia mediante soft power” que incluye “una asistencia financiera más ambiciosa a la sociedad civil de Rusia”.

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Las sillas vacías del 9 de mayo

Este 9 de mayo se celebra el 70 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial. Tal día como hoy, el conocido locutor radiofónico Yuri Levitan anunciaba a la Unión Soviética la capitulación incondicional de la Alemania nazi: “¡Atención, habla Moscú! El 8 de mayo de 1945, en Berlín, representantes del alto mando alemán han firmado el acta de capitulación incondicional de las fuerzas armadas alemanas. La Gran Guerra Patriótica, librada por el pueblo soviético contra los invasores fascistas alemanes, ha terminado con nuestro triunfo. ¡Alemania ha sido completamente aplastada! ¡Gloria eterna a los héroes caídos en la lucha por la libertad y la independencia de nuestra patria!”

El Tercer Reich, destinado a durar mil años, era historia después de doce años de terror pardo, y Berlín, la capital de su imperio, poco más que una sucesión de montañas de escombros que se alzaban a ambos lados de las calles como doloroso recordatorio para los alemanes de adónde habían conducido sus ambiciones de dominar y someter al continente. El mayor conflicto de la historia había terminado. De los 75 millones de muertos, el mayor número, unos 27 millones, pertenecían a la URSS, que sufrió asimismo la mayor destrucción material. Sólo en Bielorrusia murieron dos millones de personas (uno de cada tres habitantes), quedaron destruidas 209 de las 290 ciudades y el 85% de la industria del país y 628 aldeas fueron borradas literalmente del mapa.

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Los comunistas rusos, en el laberinto del Minotauro global

Mañana se celebrará en Rusia, como en el resto del mundo (salvo Estados Unidos), el Primero de Mayo. En una fecha así, el Partido Comunista de la Federación Rusa (PCFR) tendría mucho que decir: la desigualdad, la corrupción o la arbitrariedad institucional son problemas bien conocidos de la sociedad rusa. Sin embargo, el PCFR parece haber encallado electoral y socialmente.

El PCFR cuenta con 161.569 afiliados y 92 escaños en la Duma, donde es segunda fuerza. Aunque se encuentra a una enorme distancia de Rusia Unida (238 escaños y 2.073.772 de afiliados) e incluso por debajo en número de afiliados del Partido Liberal-Demócrata (LDPR) del populista Vladímir Zhirinovsky (235.651 miembros), estos datos, unidos a su implantación territorial (en 81 de los 85 sujetos federales de Rusia), lo convierten en la segunda fuerza de la Federación Rusa y la primera de la oposición parlamentaria. Los comunistas obtuvieron un 19,19% en las elecciones legislativas de 2011 (un aumento de 35 escaños y más de 7 puntos con respecto a los comicios anteriores), y más de un 20% en 44 sujetos federales. En el óblast de Novosibirsk quedó incluso a sólo tres puntos de Rusia Unida. En las elecciones presidenciales de 2012, el candidato del PCFR, Guennadi Ziugánov, quedó en segunda posición con el 17,2% de los votos. Los comunistas cuentan con dos alcaldías: la de Kimry (Tverskaya óblast, 46.753 habitantes), en manos de Roman Andréiev, y la de Novosibirsk (1.567.087 habitantes), que ocupa Anatoli Lotok.

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El retorno de la 'kremlinología'

En una reciente entrevista con la radio pública alemana, la excorresponsal del Frankfurter Allgemeine Zeitung en Moscú, Elfie Siegl, se lamentaba por la escasez de especialistas en Rusia. Mientras Moscú cuenta con buenos especialistas “en los diferentes países de la Unión Europea”, la Unión Europea, en cambio, “cuenta con muy pocos especialistas que sepan realmente lo que ocurre en Rusia, cómo discurre la política y la mentalidad rusas y, sobre todo, cómo debe reaccionarse eventualmente a todo ello”. La afirmación sorprende cuanto menos, pues sólo entre Berlín y Bruselas se cuenta una plétora de departamentos universitarios, think tanks e institutos –muchísimos más, desde luego, de los que existen en Rusia–, cada uno de ellos con sus respectivos departamentos para Rusia y Asia Central, y ninguno de sus especialistas ha sido capaz de anticiparse a los movimientos del Kremlin. La situación recuerda a la fuerza a aquella pseudociencia, a falta de mejor nombre denominada kremlinología, que dominaba en los tiempos de Guerra fría y de la que la desintegración de la URSS reveló a las claras su carácter falsario. En la Guerra Fría 2.0 la kremlinología regresa pisando fuerte, y no a pesar de su tendencia a la distorsión, sino precisamente debido a ella. “Antes, a nivel de expertos, se diferenciaba entre la propaganda y el análisis, ahora se practica una mezcla de géneros preocupante”, asegura el politólogo ruso Andrei Kortunov, citado en un reciente artículo de Rafael Poch-de-Feliu.

Los kremlinólogos de nuestros días son aplicados operarios en lo que Noam Chomsky denominó “fabricación de consenso”. Los periodistas y académicos que tratan de desafiar este consenso se arriesgan a perder su prestigio, sus contactos o incluso su puesto de trabajo. Quienes lo abonan, por el contrario, se ven recompensados y consiguen, entre otras cosas, más proyección mediática, lo que conduce, en última instancia, a un sesgo informativo, si no a una espiral de empobrecimiento del discurso público: quien más constantemente golpea a Rusia y su gobierno, más puntos por así decir obtiene, más artículos y libros publicados, más entrevistas concedidas y desde luego más dinero. Como todos los kremlinólogos asisten a los mismos concilios, comen los mismos canapés y luego se citan en sus artículos entre sí, el círculo se cierra sobre sí mismo, atrapando al lector de prensa, mientras los cardenales grises en el Kremlin y en la Casa Blanca tiran cómodamente de los hilos.

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Cómo Europa abdica de su historia

            La Rada Suprema de Ucrania aprobó el pasado 9 de abril una ley que prohíbe los símbolos comunistas y nazis en el país, equiparando así a ambos. La iniciativa legislativa fue aprobada por 254 votos a favor y establece que el incumplimiento de la ley conlleva el cierre de partidos políticos y medios de comunicación. El Partido Comunista de Ucrania queda de facto ilegalizado, y dentro de un mes, cuando se celebre la conmemoración del 70 aniversario del Día de la Victoria sobre el fascismo, todo aquel que decida salir a la calle con una bandera roja en Ucrania será acusado de “separatismo”. Todas las estatuas soviéticas serán asimismo desmanteladas. A mayor abundamiento, ese mismo día se aprobó otra ley que reconoce a la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN) y su brazo militar, el Ejército Insurgente Ucraniano (UPA), como “luchadores por la independencia de Ucrania” y otorga a sus miembros determinadas garantías sociales.

            "Este proyecto de ley eliminará la amenaza a la soberanía, integridad territorial y seguridad nacional de Ucrania, fomentará el espíritu y la moral de la nación ucraniana", declararon los autores de la propuesta, entre los cuales se encuentra Yuri Shujévich, diputado por el Partido Radical de Oleh Lyashko y uno de los fundadores de la Asamblea Nacional Ucraniana–Autodefensa de Ucrania (UNA-UNSO), una formación de extrema derecha que el 22 de mayo de 2014 se fusionó con Pravy Sektor. Shujévich es hijo de Roman Shujévich, uno de los dirigentes militares del UPA. Roman Shujévich estuvo al mando de la Legión ucraniana financiada por el Abwehr, el servicio de inteligencia militar alemán, y fue capitán del batallón Schutzmannschaft 201, igualmente bajo mando nazi. Como tal, fue responsable de numerosos crímenes de guerra y contra la humanidad en Bielorrusia y el asesinato de decenas de miles de rusos, judíos y polacos en Volhynia y Galicia oriental.

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La militarización del Báltico

Jean-Claude Juncker quiere crear un ejército paneuropeo. Un ejército así serviría para transmitir a Rusia “que nos tomamos en serio la defensa de los valores de la Unión Europea”, según ha declarado el presidente de la Comisión Europea en una entrevista al diario alemán Die Welt. La idea ha levantado revuelo y, no obstante, dista de ser nueva. El propio Juncker la avanzó el año pasado cuando todavía era candidato a la presidencia de la Comisión, y otros la habían propuesto mucho antes que él. El proyecto genera, huelga decirlo, numerosos recelos: no sólo cuenta con el rechazo, obviamente, de los movimientos antibelicistas en toda Europa, sino de Francia y del Reino Unido, cuya prensa reaccionó de inmediato en contra de la idea; el ministro de Exteriores de Polonia, Grzegorz Schetyna, lo ha calificado de "idea arriesgada". Ya en 1950 el ministro de Defensa francés René Pleven propuso la creación de un ejército supranacional europeo que había de llamarse Comunidad Europea de Defensa (CED), pero el voto en contra de la Asamblea Nacional en 1954 devolvió el proyecto al cajón a la espera de un momento más propicio.

Ese momento podría ser ahora. La crisis en Ucrania ofrece un buen pretexto. En realidad, la UE no anda escasa de tropas: si sumamos los soldados de las fuerzas armadas de sus Estados miembros, posee un ejército de 1.551.038 soldados (cifras de 2012, sin contar Croacia, que accedió a la Unión en 2013), sólo superado por el de la República Popular China (2.285.000 soldados). El problema para Bruselas es una cuestión de sobrecapacidad: la existencia de 28 ejércitos nacionales diferentes. Es por ello que el eurodiputado verde Daniel Cohn-Bendit –uno de los mayores defensores del llamado “intervencionismo humanitario”– propuso en 2012 la creación de un ejército paneuropeo reducido y tecnológicamente moderno. El camino hacia ese fin se viene preparando desde hace tiempo. En 1999 la UE fijó en Helsinki crear un cuerpo de intervención rápida ( Rapid Reaction Force); en 2004 creó los llamados “grupos de combate” ( battle groups), 19 unidades supranacionales de intervención rápida; en 2007 Angela Merkel declaró en una entrevista en el diario Bild que había que “avanzar juntos hacia un ejército europeo”, idea repetida por el entonces ministro de Exteriores alemán, Guido Westerwelle, en la Conferencia de Seguridad de Múnich en 2010; y en 2013 Alemania logró que la OTAN aprobase el concepto de ' framework nation', según el cual una “nación marco” coordina las operaciones militares de una unidad multinacional, lo que permite a Alemania sumar las capacidades militares de los países de Europa central y oriental que ha satelizado en la última década y equipararse militarmente a Reino Unido y Francia (de ahí, precisamente, sus reticencias a la idea de un ejército europeo). Finalmente, en diciembre de 2014, la OTAN anunció la creación de una fuerza de intervención rápida ( Very High Readiness Joint Task Force, VJTF) en Europa central que actúe como “punta de lanza” contra una hipotética agresión rusa.

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Alemania abre la puerta al 'fracking'

Alemania no prohibirá el fracking. Los socialdemócratas –cuyo presidente, Sigmar Gabriel, además de vicecanciller es ministro de Medio ambiente y Economía– ha dado un paso atrás en su propuesta y llegado a un pacto con los cristianodemócratas, con los que forman coalición de gobierno. La nueva ley del  fracking permitirá el uso de este método de extracción de hidrocarburos en el país siempre y cuando las perforaciones no superen los 3.000 metros de profundidad. Con todo, la legislación no excluirá las exploraciones a mayor profundidad: según informó un portavoz del ministerio de Medio Ambiente al tageszeitung, "las autoridades competentes podrán autorizar excepciones, siempre que una comisión haya comprobado su inocuidad".

La oposición ha criticado la composición de esta futura comisión -y el reconocimiento de su mera existencia constituye ya una prueba de que el fracking se autorizará de un modo u otro-, que, según círculos gubernamentales, se compondrá de seis miembros, repartidos salomónicamente entre detractores de la fracturación hidráulica y miembros del Instituto federal de geociencias y materias primas, favorable a ella. Para Los Verdes, esta ley abre la puerta y "facilita el  fracking en Alemania". La Izquierda acusa a al SPD de haber roto su promesa electoral de prohibir el  fracking en Alemania "mientras no se hayan excluido todos los riesgos para la salud y el medio ambiente".

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