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César Martín

Los sonidos y las palabras crecieron conmigo desde pequeño, aunque se escondieron muchos años. Con el paso del tiempo, ciertas personas me mostraron el camino de la literatura, el significado de la música, la consecuencia del arte en la vida. Llegaron los proyectos como Lorca, junto a Ernesto Rodríguez Abad, la música de cámara de Plan 78, la sinfónica con la Orquesta Clásica de La Laguna, la percusión del grupo A3 en Córdoba, la fundación de Socos Dúo (con Ciro Hernández), el jazz de Senpai-Kohai, la música electrónica de KingLMan (con D.WattsRiot), la danza y la música en Origen (con Judit Mendoza en MoBBAA), los artículos en Mnemósyne o Edu@news, mis columnas en Diario de Avisos y Canarias3puntocero, la composición de Two Butterflies, esta nueva etapa en Tenerife Ahora y Canarias Ahora y mucho más. Seguiré creciendo, y quizás otro día les cuente otra historia.

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Interrupción programada

Dicen que toda buena historia merece un final feliz, pero en esta, en la que vengo hoy a contar, los cadáveres se sacan por la puerta de atrás, con sigilo y sin llamar la atención. Hay muertes de las que no se habla, nadie saca a la palestra lo que no es digno de mención. Ya se sabe, poco se comenta sobre los desaparecidos para siempre, los que anónimamente, sin ruido y con toda la munición cargada, son capaces de irse en una antagónica tarde de verano transfigurada en invierno.

Un aviso a las autoridades ha destapado el asunto y aparece el cuerpo inerte de un vecino en la casa donde vivía él solo. En el ambiente apenas sobrevuela un leve bisbiseo en las ventanas vecinas; tras las cortinas se despachan los pormenores del voluntario abandono, alargando las suposiciones, elucubrando el motivo, la razón, lo que pasaría por esa cabeza... En la calle no hay quien reclame nada. Solo queda espacio para el silencio, la tristeza y la burocracia. El drama solo durará unas horas, el tiempo suficiente para tapar el agujero, para enfriar, para entornar las puertas y seguir cada uno con lo suyo. Cuando no toca de cerca, el olvido actúa inmediatamente. Igual, con suerte, será llorado por unos pocos, a otros ni eso les toca.

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Certezas

(Cimbrea la vieja tartana en un leve traqueteo, trémulamente carretera arriba, tríadica fusión de hierros, entes y naturaleza...)

En el paisaje, la duda. Nunca encuentro la paz total. En cada estímulo reside una nueva puerta a lo desconocido, no hay reposo, todo es vital incertidumbre. El espacio seduce sin éxito al tiempo. El baile entre lo debido y el deseo corroe las mentes más avispadas. Tal vez por eso nunca quedo a media tarde, por si la noche me atrapa, sigilosa, constante, perturbadora.

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La espera

(Todo azules al frente y nada que objetar, el ronroneo del viejo motor marca el ritmo, es un día más, uno cualquiera, monótono y constante)

Repasó los últimos detalles chequeando que quedaba cada cosa en su sitio y la sala recogida. Otro día más: muchas horas de pie, servicios, comidas, copas, cafés, atenciones varias, sonrisas, algún cliente pesado, alguno agradable, el jefe, una buena historia, la anécdota para contar al final del día, el típico percance sin importancia, la inesperada sorpresa, ese compañero amigo y ese otro infumable… y la lumbalgia, ese maldito dolor que le tenía la espalda destrozada y que apenas le dejaba caminar con soltura. 

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Pausa y lamento

(Quizás ahora, momentáneamente, quieto, pétreo, inmóvil en un mar de dudas)

Pese a todo, palabra. No importa el hilo conductor. Es tiempo de la emoción, del dar sin medir el calor de un abrazo. En lo dicho queda el reflejo de la sonoridad de lo que se expresa. La tonalidad indefinida, el verbo sin precisar entre pasivas e imperativos, dicotomías del que habla, vive, hiere… No obstante, sin querer, jamás sabrás la verdad. Inservible el esfuerzo y las dos miradas de soslayo. Se acabó la complicidad, inútil, jamás lograrás penetrar en el universo ciego que creé para mí. Las vocales son solo eso, sonidos abiertos sin posibilidad de una realidad transparente.

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Lugar y conciencia

(Inmóvil aguarda mi pequeña orquídea en el alféizar de la ventana que da a la calle. Raíces al viento, alza su voz cada mañana. No importa si llueve o luce el sol, porque para ella lo importante es seguir cantando. A veces no sé si soy yo la que la mira a ella o por el contrario es ella la que me observa…)

En el desasosiego de los mundos para infelices siempre hay razones para la esperanza. Y esto puede que no sea motivo de alegría, pues a veces pienso que quizás estos pequeños atisbos de vida plena sean tan solo un pretexto alargar la agonía. Llueve sobre mojado en un mundo arrasado por los más bajos instintos, lleno de secretos a voces, de ponzoña que infesta y corrompe. Pero aun así, atrapado por un corazón soñador, sigo creyendo en el ser humano, en su capacidad de transformación, lo que no quita, claro está, esta duda constante que siempre acecha, cuestionando hasta las convicciones más profundas. ¿Ilusión?

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Mundos para lelos

(Una leve brisa baila con la rama de un solitario olivo. El escenario afuera parece estar tranquilo).

Más allá del cielo azul la paz es una quimera. Nada es como parece, ni pretende serlo. Cada uno, desde su particular atalaya, habla de realidades, de lo que vive desde la posición que dan sus verdades construidas en torno a la experiencia acumulada. “Esto es así, que te lo digo yo, que sé de lo que te hablo”, sin importar siquiera lo fragmentado de su existencia o lo míseramente irreal que es pretender tener una certeza sobre algo. Las posibilidades ya jugaron su turno, la matemática propulsó las variables. Desde ese entonces, nadie tiene la clave.

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Ausencias

(Vacío. Páginas en blanco. Nada en el diario después del domingo. Es extraño pensar en lo que ya no es. Ni será…)

El teléfono hoy sigue sin sonar y ya han pasado treinta años. Ya no espero la llamada alegre a razón de cualquier anécdota que hiciera que te partieses de la risa, historias que no podías esperar a contarme más tarde cuando nos viéramos, sino que, quién sabe ahora si como señales de un tiempo que se derretía en tus manos, apresurabas a detallarme lo más pronto posible al otro lado del aparato. Y no importaba si eran las tres de la tarde o las cinco de la madrugada, vivías el momento tan intensamente que tenías que compartirlo. Ahora recuerdo con nostalgia esas conversaciones en las que reías tanto que apenas se entendía lo que intentabas contar. Yo tampoco hacía mucho esfuerzo por comprender, simplemente me contagiaba del alborozo, de la carcajada fácil, sin importarme demasiado la trama y solo dejándome llevar por esos ratos de pequeña felicidad que ahora tanto echo de menos.

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Nueva canción

Cambio de plano y ni un solo apunte bueno. Partir de ideas previas no siempre es la solución al problema. Ni tú ni yo sabemos hacer esto de la manera correcta. Improvisemos. Te toca el papel de lector; yo escribiré sobre tu canción.

Esta nueva tonada versará sobre lo que nunca has cantado. Basta ya de las historias de amores perros, de los que se agarran hasta las trancas, de los que fueron verdad y de los que dejaron el saldo a cero. Tampoco es momento de hacer filosofía, ni de volverse transcendental. Olvida la idea de hacer algo bonito, de tocar el alma y esas lecciones de felicidad barata. Ni se te ocurra volcar tus conocimientos en un estribillo asquerosamente pegadizo. Aparta de tu mente la idea de volver a componer la misma pieza y variación, el mismo can, distinto collar. Rechaza la opción de volver a una versión instrumental porque esta vez necesitamos tus palabras. Deja ese bucle que repites hasta la saciedad, letanía infinita solo apta para mentes planas. Abandona la obsesión por estar en la lista de los más vendidos. Tumba de un plumazo todo atisbo de recalcitrantes hábitos manidos...

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Tardes de menos

No dejes que te impidan galopar

ni los ladridos de lo perros

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Amor inconsciente

En verano no todos los días son de un azul intenso. También hay algunos grises y otros de color verde sin esperanza. La tarde de aquel insípido julio supo que en aquella residencia de Madrid no se le había perdido nada. Menos aún encontraría alivio en el vuelo que partiría a la mañana siguiente. Hay vueltas que no siempre coinciden con la fecha adecuada.

Fue entonces cuando cambió el rumbo a golpe de impulso inesperado, una modulación que lo llevó a coger el primer avión que partía hacia otros brazos. No escatimó en recursos y a las pocas horas, cambió su triste y solitaria habitación por el aire del Mediterráneo. Había roto las reglas del juego.

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