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Javier Caro

Director y presentador de AmalgamaRock. Es Técnico Superior en Integrador Social y estudiante de Psicología en la UNED. Escribe en LaHeavy, Arròs Negre y la revista Al Margen. Es redactor del programa Esport Jove, donde hace un seguimiento al Lucentum de Alicante. Ha escrito "La Tuerca Mágica" para una asociación de discapacitados, y está terminando un libro sobre la historia del rock. También es Director del Festival de Cine de Terror y Fantástico Suspiria Fest, en San Vicente del Raspeig, Alicante.

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Una mente maravillosa pero sin recuerdos

Hace unos pocos días mi tía segunda se ha venido a vivir con nosotros, hasta ahí, nada extraño: una mujer mayor que se va a vivir con sus familiares. El drama llega cuando esa mujer, que había sido muy fuerte en otra época, ahora comienza a padecer demencia. Y la tienes ahí, como un fantasma de lo que fue, como la sombra asustada de su anterior yo. No sabe bien dónde se halla, se asusta y todo le parece nuevo. La primera noche me preguntó un montón de veces mi nombre, me debió notar cansado de responderle lo mismo, y desistió en sus insistentes preguntas, pero sus ojos delataban que no sabía muy bien quién era ese chico de camiseta negra y perilla que estaba delante suya. Yo también la miraba, me intrigaba qué era lo que estaba pensando esa mujer, cómo su cerebro había destruido sus recuerdos y en qué se había quedado. Me intrigaba saber que quedaba de ella ahí dentro. Ahí seguimos con las preguntas y al día siguiente, sabía quien era y como me llamaba. Desde que llegó hablamos mucho con ella, una veces sabe lo que dice y otras se mantiene en estado de alerta, camina por el pasillo como alguien despistado, pregunta siempre dónde está el baño, y se marea si le dices la segunda puerta a la derecha, a veces, llega hasta la tercera. Ya no es mi tía, es otra persona, una persona temerosa de todo, pero también cariñosa. Se alegra cuando nos ve y se entristece cuando nos machamos. Sus compañías más fieles son el perro, al que acaricia con alegría, y la televisión. Ya no controla sus esfínteres, ni en muchas ocasiones su lengua, se distrae con una mosca, pero parece feliz, esa felicidad del que ya no tiene preocupaciones. Para muchos podría parecer una carga, pero a mi me gusta su presencia, esa presencia con barniz de ausencia emocional. Estar sin estar. Hablar por hablar. La demencia la ha transformado, ha destruido su personalidad reduciéndola a un cuerpo con una mente sin recuerdos. La demencia la ha abandonado a su suerte. Un amigo me preguntaba el otro día, con mucho suspense y expectación, dónde creía yo, como estudiante de psicología, que estaba el alma, todo esto después de una conversación teológica apasionante. Yo le dije que el alma estaba en el cerebro, si el cerebro no funciona, la consciencia no existe. Él no pensaba lo mismo, su visión era más religiosa. Lo dije pensando en mi tía, en su realidad trastocada y confusa. En esa realidad que solo ve ella, sesgada, demasiado sesgada para ser útil, adaptativa. Busca con obsesión un cigarro, se muestra ofendida cuando le negamos algo que la perjudica, pero es altiva cuando lo pide con urgencia. Me gusta charlar con ella, recuerda cosas del pasado, cosas que yo no sé, de la familia, del franquismo, de la vida. A veces dudo de la veracidad de su narración, pero otras entiendo la complejidad del cerebro, quizás sea una invención, o tal vez retales de historias mil veces contadas que ha unido en un formidable ejercicio de engaño. Parece que sepa lo que dice, y a veces lo sabrá, pero otras su mente recoge las piezas del puzzle y les da otro sentido. Es agotador luchar para recordarle cosas, para que entienda lo más básico, parece como si se hubiera metido en un disparatada máquina del tiempo y hubiera vuelto a la niñez con los pañales y la dependencia de otros. Un día dejará de saber quién es, y quizás dejará de saber qué es éste mundo y se muera del miedo. Porque todo le parecerá alienígena, de otro mundo alejado del nuestro, o mejor dicho, del suyo. Quizás mañana vuelva a preguntarme el nombre, ahora no lo hace, solo me habla y me sonríe,  le sonaré de algo en su mente, y con eso le basta. Por las noches ronca tan fuerte que nos despierta a todos, me pregunto qué soñará, qué recuerdos le quedarán en el inconsciente. Pienso que tal vez esté igual en el mundo de la vigilia que en brazos de Hipnos. ¡Qué más da!, si todo para ella es nuevo. Es muy probable que todo no sea nuevo cada día, pero su deterioro es rápido y doloroso. Un día sabe quién era Franco y al día siguiente lo ha olvidado, para regresar a su mente otro día, pero diciendo que Franco era el comunista. Recoloca las fichas, las mueve sin querer, pero desea no perderlas. Ríe viendo los goles del R. Madrid, le gusta ese club, es el equipo de su vida, el que la hacía soñar. No recuerda a los jugadores, tampoco los recuerdo ni yo, pero aplaude las jugadas, los goles y las paradas. El Madrid está muy dentro de su recuerdos, anclados en algún lugar, quizás por el componente emocional, por los triunfos y noches de gloria o tal vez porque mi tío, su fallecido marido, era forofo. Nunca le he preguntado si recuerda a Rafael, el hombre con el que compartió más de media vida, me da miedo que diga que no, que no sabe de quién le hablo. ¿Cómo puede uno olvidar eso?. La demencia le ha arrebatado su vida, sus recuerdos y su libertad. Muchas veces hay destellos de lucidez, luces que te llevan a poder charlar con ella, sus ojos se empañaron a la muerte de Ángel Nieto, me dijo varias veces que era el 12+1, me sorprendió, porque no recordaba nada más, solo que era el 12+1. Un concepto grabado en su memoria. Los días pasan tranquilos, no hay sobresaltos, ella olvida ponerse el pañal, a veces se queda mirando la pared, abstraía y sin reaccionar, otras veces simplemente me pregunta cómo me llamo o dónde está mi madre. Ella está ahí sentada, pero su mente está volando a lugares extraños para completar el rompecabezas, para hacer más entendible la realidad. Una realidad, que por otro lado, ya le da igual, ya no le importa en absoluto. Pero, ¿cómo le va a importar si no la comprende? Comemos juntos, miramos la tele y no nos decimos nada, no tenemos nada que decirnos.  

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El pueblo es parte de mi vida

Tumbados en la cama, con su sonrisa en la cara mientras me cuenta historias de su pueblo, de la banda de música, de las fiestas, de la peña, pasamos una noche de charla. Una noche calurosa de verano. Historias que explica con los ojos encendidos, como si viera las escenas proyectadas en la retina, mirando al oscuro techo, como si estuviera dentro de ellas. Las revive y las disfruta. Quiere ver a la gente, a su gente, a la que la conoce desde hace años. Nos contamos la vida, y en esa vida, en ese rollo de celuloide mental que es el recuerdo, aparece Tobarra, el pueblo que me vio crecer, el de mi infancia y juventud. Ese lugar donde los primeros destellos de libertad se mezclaban con alcohol, rock en garitos y tambores de Semana Santa. Recordé mi vida y la de otros que me han acompañado en ella, también recordé con sorpresa que hacía años, demasiados, que no iba, que no sentía en el paladar el olor a las fiestas, a las noches pegajosas paseando por sus calles y sus cuestas. Los churros con el estómago vacío o las carpas donde siempre protestábamos por su pésima calidad musical (nosotros siempre esperábamos rock).La gente que ves una vez al año, y de la que te alegras mucho de ver, y con la que hablas del pueblo, de lo que pasó en las fiestas pasadas o de anécdotas, como si nada más importara. El pueblo estaba igual, o quizás era yo el que no había cambiado, el que por desgracia se había quedado en algún lugar sin avanzar. Allí estaba la Mary, con su sonrisa y sus perras;Rosi, con sus oposiciones o Uge con su hijo Enzo, que está a punto de cumplir un año. Y estaba yo, que no había pisado el pueblo en años. Era como si hubiera salido un momento de la sala de cine al baño, me hubiera encontrado con alguien y al entrar de nuevo, todo lo que acontece en la pantalla fuera nuevo. Los mismos personajes pero evolucionados en sus vidas. Aunque en el fondo, el cariño seguía intacto y todo se reestablece en cuestión de segundos. En el pueblo, yo que provengo de la ciudad y mis padres no tenían un lugar de asueto estival, era todo otro mundo. La primera vez que entraba en una discoteca, no sé, tendría catorce o quince años, y allí estábamos, como si estuviéramos haciendo algo malo. La primera verbena, la primera borrachera (de la que conservo fotos tremendas), las primeras chicas, esas que veías en el paseo o en las carpas, esas que iban con amigas y que desconocías por completo si eran del pueblo o forasteras. El kiosco donde siempre comprábamos guarradas, y de paso nos reíamos cambiándole el canal de televisión al porno a la pobre mujer, o los “garutos”, donde intentábamos entrar y conseguir algo de cerveza o “paloma”. El primer beso, con Estopa de fondo, en una discoteca ya desaparecida, y cierta sensación de triunfo inútil. Pero por encima de todo la libertad, esa libertad que nos embriagaba, que nos hacía sentirnos felices esos días que nos marchábamos de la ciudad. Teníamos un lugar dónde ir, un sitio donde nos esperaban y donde todo, o casi todo, era diferente. Allí éramos otras personas, teníamos otros amigos y hablábamos de otras cosas. Un día a la Canal, allí a sentarnos y poner los pies al remojo, otro a coger albaricoques, con las legañas en los ojos y el frío en las manos. Bebernos unos Latinos en el Pipper´s con Extremoduro de fondo, comernos una pizzas enormes en El Tío de la Pipa, unos Gofres en El Argentino o aporrear el tambor en la calle del Fuego. Esa tranquilidad y sencillez era la que te atrapaba, la que te hacía marcharte de allí con lágrimas en los ojos, como la primera vez que fui, que recuerdo llegar a la ciudad con los ojos enrojecidos. Yo quería quedarme allí. Era mi Arcadia particular. Tener un lugar donde ir, donde llegar, donde te esperan, eso es algo valioso, una sensación indescriptibles, de las que te llenan el alma. Como cuando vuelves a casa y te espera tu chica, la ves y el mundo parece tener sentido. Regresaba al pueblo con múltiples sentimientos encontrados: este año volvía porque no quería dejar solos a gente que quiero mucho en el primer año de fiestas sin la matriarca familiar. Este año había muerto la madre de mi amigo. Una mujer que nos había aguantado años, que nos había tratado como parte de la familia (de hecho, para mi son mi familia), que siempre nos había esperado con los brazos abiertos. Este año no la hemos visto pasear con su marido y amigos por los bares del centro, Los Arcos o el Totoni, éste año no hemos comido con ella, ni nos ha preguntado si la noche anterior habíamos triunfado. Este año mientras veíamos los fuegos artificiales que despiden las fiestas, y mi amigo me preguntó si me había dado cuenta que era e primer año sin su madre. Claro que me había dado cuenta, porque tanto ella como todo lo que envuelve al pueblo son parte de mi vida, y ahora se ha quedado un poco más vacía. Aquella noche mientras hablábamos del pueblo sentí muchas ganas de volver a aquellos años, ella me lo contaba con devoción, yo la escuchaba y sentía cada palabra como mías. Gracias por esas condencias.

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Tranvía a los sueños (adiós Balneario)

Paseaba por la noche con una amiga por la playa cuando pasamos por el Hotel Las Arenas, ese mastodonte que se alza enfrente de la playa. Lo miré un rato y comencé un relato, mi amiga no había vivido su infancia en la ciudad, sobre cómo era todo esto cuando yo no era más que un infante. Todo está muy cambiado, de hecho sería irreconocible para cualquiera que no haya vivido el cambio o que alguien se lo cuente. Parecía un abuelo cebolleta contando una historieta de no hace mucho tiempo. De pequeño la playa me encantaba, el Sol no quemaba tanto y construía castillos de arena en la orilla. Me encantaba la playa, era un lugar de libertad, podías estar en el agua todo el rato que desearas, tú solo contra las olas, sumergiéndote en ellas o dejándote flotar. Para aquello no precisaba de amigos ni compañeros de juegos, podía estar solo y pasarlo bien. Cuando íbamos a Las Arenas lo hacíamos porque íbamos en familia, mis tíos y primos venían de la otra parte de España y se alojaban en mi casa, en aquellas fechas estábamos más cerca de ser una comuna hippie con bañadores y toallas tendidas que una casa normal. Íbamos en autobús, no por no contaminar, ¿qué demonios era eso de contaminar?. Viajábamos de ese modo porque era barato y útil, podíamos ir todos con el mismo bonobús, sagrado invento, y dejarnos en la puerta. Allí pagabas la entrada y ya era bañista VIP, tenías a tu alcance duchas, que en aquella época no había en la playa (y de haberlas no las recuerdo) y algunas recreativas arcade que eran para volverse loco por 25 pesetas, ¡cómo me gustaba ese Street fighter y ese Tetris!. La tortilla en un tupper, llamado fiambrera, unas sillas de playa y varias neveras horribles y azules, quizás para emular el frío interior. Cruzábamos la playa y ahí estaba ese techo enorme, ese techo de paja que cubría gran parte de la playa. Un techo donde nos resguardábamos del Sol y podíamos disfrutar de un día de arena fría. Hoy sería bastante antiglamour, bastante de pobres de barrio proletario o de gañanes, pero en su momento era algo normal, habitual para un domingo o un día especial. En la playa eras feliz, aquello no era caro, era para todo el mundo, cualquiera podía entrar, no había camareros que te trajeras daikiris a la orilla ni música chillo out, como mucho alguna de Manolo Escobar o el Titi. Todo parecía menos elitista y más accesible, para los que aquí, para las familias, los amigos. La brisa del mar llegaba trufada de olor a fritanga o a colonia barata, los bañadores eran feos y nunca de marca, tus familiares hablaban de Tómbola y unos señores con gorro de paja vendían pipas y gusanitos tostándose al Sol. Los vendedores ambulantes eran la tónica habitual, pululaban entre las familias y las toallas esquivando no levantar la tan asquerosa arena. Vendían pulseras, carteras y relojes casio, de esos feos y negros de medio plástico, que la modernidad le han conferido estándar de vintage. El Balnerario era un leviatán que no parecía tener mucho uso, las duchas, que antaño habían sido para los prebostes, ahora las usábamos nosotros, pobres obreros. Allí nos congregábamos todo tipo de personas, desde trabajadores hasta gente con más posibles, yo no los distinguía, sin camiseta y con gorro de tela y puro, todos parecemos iguales. Recuerdo una noche en la cual fuimos al cine de verano, se hacía allí y no creo que fuera muy caro, la película en cuestión fue “Flubber” (Les Mayfield, 1997). No se proyectaba en una pantalla acondicionada para tal uso, ni tampoco el sonido era para aplaudir y mostrar reverencia, aquello sonaba mal y la pared, con sus desconchones, era la que hacía la función de pantalla. Un día, no sé cuál, simplemente dejamos de ir, nuestros viajes a la playa eran a la Malvarrosa, que era gratis. También comenzamos a salir de València y Cullera y Gandia se transformaron en nuestros destinos playeros. Cuando construyeron el complejo actual, sentí que una parte de la ciudad había desaparecido para siempre, que la fotografía de un recuerdo para generaciones enteras iba a volatilizarse. Supe que el modelo había cambiado, que ya no iba ser igual y que los días de playa para centenares de familias cambiarían. El hotel volvió a las manos de los que tienen más y lo pueden pagar. Recuerdo su puerta, esa verja, recuerdo el suelo y el olor. Siempre me ha costado mucho visionar la fantástica película “Tranvía a la Malvarrosa” (Jose Luís García Sánchez, 1977), no porque salga el Balneario, que también, sino porque me recuerda a aquellos veranos, aquellas tardes bajo la sombra protegido por mi familia, por mi madre. Me recuerda a un pasado que es solo eso, pasado y nada más. No he vuelto a ir a la playa con aquella sensación gregaria de unidad, de familia. Contándolo me sentí mayor y nostálgico, pero quién no lo es cuando habla de su infancia.

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Las despedidas

Lo reconozco, no me gustan las despedidas. Supongo que habrá gente a la que le guste, personas que no supuran nostalgia en esos últimos abrazos o besos, en la visión de ese lugar por, aparentemente, última vez. Pero yo, pobre de mi, no me hallo en ese grupo, quizás la vida sería más sencilla de ese modo: no pensar en lo que se deja atrás y mirar lo que está por venir. Una mirada triste a lo que ya no volverá y abandonas con melancolía. Hace poco tuve que dejar atrás muchas cosas, entre ellas el curso. Sonará estúpido y ridículo, pero un curso es más de lo que parece.

Es un estado único, un microcosmos que no se volverá a repetir, no estarás los mismo profesores ni los mismo alumnos. Tus rituales, saludar a éste, hablar con aquel, desaparecerán. Cada uno avanzará en la dirección que le marquen sus ideas o la proverbial suerte. El curso termina y cada vez compruebas más que la vida se vive en solitario, como en esa relación en la cual un día todo termina y vuelves a tu estado anterior, no  a la soltería, sino a la soledad. El enfrentamiento a la vida solo, sin nadie a quien cogerte.

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El karma no tiene la culpa

Volvimos a 'Viva el Ciñe', un evento de promoción del cine patrio con preestrenos en la ciudad, más concretamente en los Cines ABC El Saler de Valencia. Para esta ocasión traían una película condenada a convertirse en importante este año, en uno de los films más taquilleros de nuestro país. 'No culpes al Karma de lo que te pasa por Gilipollas' es una película de María Ripoll, directora que ya nos dejó con buen sabor de boca con 'Ahora o Nunca' (2015).

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El PSOE nos ha vendido

¡Menudo circo!. Esa es la frase que se le vino a la mente a más de uno cuando quedaron en Ferraz  los socialistas, para consumar la pena máxima que ya llevaba tiempo urdiéndose en la cúpula. Cuchillos volando, válvulas de oxígeno para el PP, un mártir por la causa, decenas de curiosos y periodistas que no daban crédito, y después, el silencio de las sirenas llevándose a Pedro Sánchez a la morgue.

El PSOE se ha pegado un tiro en la pierna luego de ver atónitos como el poder, el ansiado y omnipresente poder, podía escurrírseles de las manos y acabar en “los bolivarianos” de PODEMOS. Ahora hay peleas por la disciplina de voto, comités federales que parecen más feudales que otra cosa, barones enfrentados, Ibarra queriendo expulsar a los catalanes y en el medio un abismo, una brecha. La herida que el fragor de la batalla nadie aprecia, nadie es capaz de divisar. La herida que se abre y se desangra en la izquierda, esa izquierda que abandonó por el camino la O de obrero y la S de socialista. Juraría haber visto a Pablo Iglesias saltar de alegría al ver cómo explotaba el SOE, y les dejaba así una autopista por la izquierda para adelantar, Rajoy se rascaba la cabeza, incrédulo todavía, viendo como sin hacer nada sus adversarios se mordían inmisericordes, como la Gürtel o las tarjetas Black a nadie le importaban en absoluto.

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Los perros nos entienden (hasta siempre Kenia)

Cuando cogimos a Kenia era una perra con pocas posibilidades de estar viva mucho tiempo, era mayor, tenía el cuello mal y en la protectora, aunque la querían mucho, no podían prestarle ni la atención ni el cariño que necesitaba. El primer día que la vi en casa estaba algo asustada, nos la dejaron de acogida hasta que alguna familia la quisiera, pero, ¿quién iba a querer a una perra grandota y algo mayor?.

Era muy buena pero era evidente que lo iba a tener difícil, pero claro, a los pocos días ese animal tan bueno y bonito no se podía marchar de casa. Nos la quedamos. Kenia era una perra muy buena, todo cariño, se notaba que había sufrido porque tenía las tetas un poco grandes, como si la hubieran utilizado para la cría y tenía mucha ansiedad por la comida, como si hubiera pasado mucha hambre. Hace poco falleció, y la verdad es que vivió con nosotros cinco años muy buenos. Años en nuestra vida que han sido marcados por su presencia. Para los que tenemos perro o hemos tenido, es algo normal pensar, o mejor dicho intuir, que nuestros amigos de cuatro patas nos entienden. Siempre lo hemos sabido o al menos así queríamos creelo. Al perro y al gato le hablas, le cuentas cosas, le preguntas, le ordenas o lo tratas con palabras bonitas, piensas pues, que te entiende cuando arruga el hocico o ladea la cabeza. Somos tan inteligente que podemos hablarle a un muñeco o a un animal y contestarnos a nosotros mismo, incluso creernos que nos entiende. Nos gusta antropomorfizarlo todo, el perro, el gato, el caballo... Todo el mundo le habla a su perro y ellos parecían que comprendían, pero sólo lo parecía, ahora sabemos que entienden más de lo que podíamos soñar. Los perros procesan algunas partes del habla humana de forma parecida a como lo hace una persona, y esa aseveración con tintes de esquizofrenia no la dice un amante empedernido de los animales, sino la revista Current Biology. Cada hemisferio del perro procesa una parte del lenguaje, palabras y gestos. Los perros pueden diferenciar el tono y la palabra, cruzando esa información pueden dar la respuesta adecuada. ¿Cuántas veces le hemos dicho guapa a nuestra perra con cariño y se ha comenzado a revolcar por el suelo y a mover el rabo?. En el estudio participaron trece perros que estuvieron en un aparato de resonancia magnética funcional para escanear sus cerebros, para luego así medir su actividad cerebral cuando escuchaban las voces de sus dueños. Quizás porque el perro ha convivido con el humano tantos miles de años o porque nos ha ayudado, adiestrándolo, a rescatar personas, guiar ciegos, reunir rebaños o detectar droga, su cerebro nos entiende, sabe lo que decimos según el estado de ánimo en el que lo pronunciamos.

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Unas fotos tiradas al suelo

Paseando por la calle me fijé en un contenedor de basura, en el suelo parecía haber una especie de cromos tirados, me acerqué a mirar de qué podían ser, pero no eran cromos, eran foto antiguas. Fotografías de alguien, de alguien que quizás no sabía que parte de su historia vital estaba desparramada por el suelo al lado de un sucio contenedor.

Había fotos de comuniones tradicionales, de familias en playas nada exóticas y de una anciana con un pañuelo en la cabeza. Fotografías como las que puede tener cualquier persona. Quizás alguien había heredado una casa y ya no quería esas cosas, también podría ser que la casa hubiera sido vendida, y las fotos que albergaba algún cajón olvidado fueran ahora basura y no recuerdos. Cuando era pequeño todavía existía el carrete y cada foto era una foto acertada o perdida, si la hacías mal no había vuelta de hoja, se tenía que revelar con el resto, te la cobraban y te reías al verla.

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Doctor Who en Valencia y El Ministerio en la cuerda floja

El 24 de julio saltó la liebre en Valencia, Doctor Who se estaba grabando en la ciudad. La serie británica más longeva de la historia, y no solo de las islas sino también a nivel mundial (incluso ha entrado en el Guinnes de los Récords por éste motivo) estaba aquí. La serie comenzó a emitirse desde 1963 hasta ahora, y hace una semana vinieron a rodar a Valencia el segundo capítulo de la décima temporada de la era moderna. Todo un lujo para la Ciutat de les Ciències, todo un honor para la ciudad y una oportunidad única de poder conocer a Peter Capaldi, “el doctor”, en persona. Vino gente de fuera de la ciudad, no tuve la suerte de coincidir con Alicantardis, el mejor evento sobre la serie que se hace desde Alicante, pero seguro que fue un momento único para los fans. Yo acudí el tercer día que estuvieron por aquí, Capaldi iba sudado pero se hacía fotos con todo el mundo, se notaba buen ambiente, pero en ese momento sentí un poco de tristeza, con lo bien que se porta la BBC con la serie, sabiendo que son una producción de culto ya en todo el mundo, y lo mal que trata Televisión Española a El Ministerio del Tiempo, nuestra Doctor Who particular. Una serie que ha puesto de moda a personajes históricos como Velázquez o Colón entre sus fans, que ha logrado asentar la transmedia a una producción nacional y que ha generado una ingente legión de fans, apodados “ministéricos”, deseoso de ver los capítulos semana tras semana. Esta segunda temporada ha tenido un 12% de audiencia media, entorno a los 2.314.000 espectadores, aunque parece que a los responsables del ente público solo les interesa esa cifra, sin hacer una valoración más amplia, más actual. La 1 no solo puede basarse en datos estadísticos de audiencias de televisión, debe medir el impacto generado en las redes, el valor de ser trending topic con hastags de Velázquez o Lope de Vega, que la gente se interese por la historia buscando en Internet a los personajes que aparecen en la ficción. La búsqueda del personaje de la semana es un hecho, yo mismo lo hice con la Vampira del Raval, y como yo miles de personas. Las búsquedas se disparan en esos momentos. La transmedia que comentaba es otra de las armas que El Ministerio y Javier Olivares, cocreador de la serie junto a su hermano Pablo, han utilizado para aproximarnos a la historia de sus protagonistas, de sus personajes. Un videoblog, una ficción sonora paralela para RNE llamada “Tiempo de Valientes” o un making of, además de los capítulos en la web de La 1, son el medio perfecto para la interactuación, para hacerte sentir parte de la historia, y no solo de la serie sino la de todo un país. Un país que desconocía la figura de algunos personajes que marcaron su historia, de un país que jamás había vivido un fenómeno fan adulto, serio, apasionado más allá del histerismo. Un país que gracias a la pedagogía de la serie de Olivares, puede quitarse la sensación de inferioridad cultural, solo hace falta ver a Lorca o a Quevedo. El ente público se lo piensa, mientras da luz verde a la nueva temporada de Cuéntame cómo pasó, desoyendo no solo a los aficionados a la serie de viajes en el tiempo, sino pareciendo que no les importa un pimiento nuestra historia. Porque El Ministerio lo tiene todo: aventura, cultura, aprendizaje, ritmo, humor y hasta éxito, entonces, ¿por qué no renovarla, por qué hacernos sufrir, por qué ese desagravio a la ficción hecha con calidad?. Al final la serie tendrá que emigrar a otro canal o a otras plataformas digitales, será la oportunidad perdida de disponer de una serie que sea el emblema de un canal, una serie que exportar (aunque ya se está exportando) algo que trascienda a su propia creador y en la pública, en la supuestamente de todos. Nos encontramos en una época donde las series de ficción han desbancado casi al cine, donde las plataformas digitales tienen un peso importante (el futuro inmediato será suyo), donde el contacto entre el público y los profesionales debe ser más cercano, se han de entender más, donde todos son parte de un mismo barco, y sobre todo donde hay más competencia de una excelente calidad. Y El Ministerio ha encontrado la fórmula, quizás porque era el momento adecuado, tal vez porque la gente está receptiva y el espectador es más adulto en su exigencia. A España le faltaba una serie de estas características y llegó. Sea como fuere, lo más difícil está hecho, ya tenemos esa conexión, y además cualquier fallo se entiende mejor, se perdona antes que el de una serie americana, se comprende la producción y las opciones que se tiene con el poco presupuesto con el que cuenta. El círculo está cerrado, pero Televisión Española no parece estar por la labor. El Ministerio está destinada a abrir una puerta más allá de la historia que cuenta, sino a la nueva forma de consumir televisión, de crear contenidos, de valorar el género fantástico y otros por encima de lo que hasta ahora, con salvadas excepciones, se había hecho. No solo porque la serie es buena debe quedarse y continuar, sino también por las posibilidades de expansión de La 1, de su posicionamiento internacional en el ámbito de la ficcion seriada, ya lo logró con Los Misterios de Laura (un error enorme cancelarla), aunque a veces pienso que su visión a largo plazo, intentando que el producto televisivo tenga una oportunidad más, un poco de confianza en los profesionales que hay detrás de las producciones, es igual o peor que en las privadas. En La 1 no pueden prevalecer los mismo criterios que en las otras, porque partimos de conceptos diferentes. Al final Doctor Who se marchó de la ciudad, estoy seguro que si un día se rodara un capítulo de El Ministerio del Tiempo por esta zona, también vendría mucha gente y sería un fenómeno fan, al menos le debemos esa oportunidad.

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¿Los trenes solo pasan una vez?

Dicen que las oportunidades o los trenes, solo pasan una vez en la vida. Menuda tristeza estar durmiendo cuando sucede algo así o ser un bebé y no poder hacer nada. La oportunidad cuando se pierde produce mucha rabia, claro, esa opción podría haberte cambiado la vida para siempre o no, pero al menos pensarás que elegiste bien, te arriesgaste y perdiendo o ganando, te demostraste que no tenías miedo al cambio, a lo diferente, a una nueva vida.

En las últimas votaciones acompañé a votar a mi padre, juntos pensamos que seguramente estábamos ante unos comicios históricos, como los de la ciudad de Valencia y el fin del Barberismo. Cuando uno cree que va a vivir algún acontecimiento histórico suele equivocarse. Se notaba entre las personas que frecuento cierta ilusión, ciertas ganas de ver una nueva España, pero claro, mi horizonte de predicciones se centraba en esas personas y en sus votos, aunque era consciente que rodearte de gente afín solo te regala una visión sesgada de la realidad. Llegó el momento clave del recuento, aunque no se demoró demasiado, el PP llevaba tanta ventaja que un adelantamiento iba a ser imposible.

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