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Miguel Jiménez Amaro

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Enterrado en los ojos que un día besó (4)

El padre de Hiperión, en la terminal de Barajas, vio cómo todos los pasajeros del vuelo de Tenerife salían por la puerta acristalada de la aduana, excepto Mónica, a la que no la dejaba pasar un guardia civil.

Como la primera vez que Alberto Bambute fue al piso de su amigote Chuchú en Madrid y otro (¿habrá sido el mismo?) guardia civil le quiso confiscar el cherne y el gofio para hacer un escaldón. Hablaban y hablaban, al menos eso es lo que parecía desde donde él estaba, y zarandeaban un libro que Mónica llevaba dentro del bolso. La discusión no era por radiocasetes, cigarros, gafas ray ban, calculadoras, botellas de whisky o escaldones. ¡No! Era por un libro.

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Enterrado en los ojos que un día besó (3)

Las penúltimas palabras que Hiperión tañó en el mundo fueron sus versos. Tañeron como lejanas y solitarias campanadas de una pequeña ermita dentro de un cementerio de un pueblo casi del todo abandonado en una noche de intenso y doloroso frío de invierno. Al tañido del último verso apareció Sor Ácrata en el Ateneo, que quiso leer un poema que le había escrito a Hiperión. Sor Ácrata venía con un fotógrafo de mano para intentar publicar al día siguiente una instantánea en un medio de comunicación muy afín a ella, y convertir su poema en lo más importante de aquel evento literario en el Ateneo madrileño. El padre de Hiperión le hizo claras muestras de que el evento no necesitaba de su más que vanidoso gesto.

El público se fue yendo poco a poco. Los barrenderos. Los camareros de La Taberna de Chueca. La directora del instituto. Los profesores. Los alumnos. Los universitarios, que esa noche al salir del Ateneo fueron a bendecir una botella  de absenta en La Taberna, antes de ir a cenar, como todas las noches, en el Comunista.

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Enterrado en los ojos que un día besó (II)

Os voy a comentar tres cosas relacionadas con el artículo de la  semana anterior. Una: el título real de aquel artículo, como el de este, es un poco más largo que como ha rezado. El digital La Palma Ahora no permite títulos de esas dimensiones. El título originario es: Enterrado en los ojos que en un día de muerte besó. Dos: el autor del artículo, Las Cosas Buenas de Miguel, tuvo un problema de insubordinación con uno de los personajes. Es lo que ocurre cuando se bebe absenta. Pudo bautizarlo como Holderlin, pero una vez puesto  el nombre, el personaje mismo quiso llamarse Hiperión, como la más famosa novela del escritor alemán. ¡A veces ocurren estas cosas con los personajes, se rebelan contra el autor, y si beben absenta, pues aún más! Y tres: ocurrió otro incidente más, mecanográfico este. Cuando Hiperión se encuentra en La Taberna de Chueca con Sor Ácrata, Diotima y su novio psicoanalista argentino, no es un novio, es una novia, Chavela.

Seguimos en la misma Taberna de Chueca, en el mismo día y a la misma hora. Sor Ácrata, Diotima y Chavela se van las tres juntas. Hiperión llevaba tanta absenta encima, además de empezarle las fiebres, que no se enteró de la partida de ellas, que lo volvieron a ignorar, como cuando entraron. Chavela acompañó a Diotima a la casa de sus padres. Se despidieron en el zaguán. Diotima antes de acostarse fue al baño. Mientras se limpiaba los dientes notó que en sus ojos había algo extraño. Se fijó más y le dio la impresión de que en ellos yacía enterrado Hiperión. Se fue a acostar quitándole importancia a lo que acababa de descubrir. “Será el Mibal Roble, ¡Como no estoy acostumbrada a beber!”. A la mañana siguiente, después de desayunar, se volvió a limpiar los dientes, y el espejo le devolvía la misma imagen que la noche anterior, Hiperión sepultado en sus ojos. “Será el poco de resaca que tengo por el Mibal Roble, ¡Como no estoy acostumbrada a beber!”. Se puso a estudiar hasta la hora de ir a clase. Esta vez, como tenía prisa, se limpió los dientes sin mirarse al espejo. Llegó al aula. Ella se sentaba en el primer banco. La primera clase era con Sor Ácrata. Sor Ácrata antes de sentarse se acercó a ella y le miró los ojos. Intentó callarse, pero no pudo. “¡Tienes a Hiperión muerto en tus ojos!”. La compañera de pupitre le miró los ojos. “¡Es verdad!”. El resto de los compañeros se levantó de sus asientos e hizo lo mismo. Todos los alumnos vieron a Hiperión  enterrado en los ojos de Diotima. La directora del instituto, que se había acercado para hacer unas notificaciones, vio en sus ojos lo mismo que toda el aula, a  Hiperión muerto. Diotima empezó a llorar, cogió sus libros y salió corriendo fuera del instituto. Fue a La Taberna de Chueca para enterarse si Hiperión estaba muerto o no. Los camareros le dijeron que la noche anterior lo había tenido que venir a buscar su padre porque le entraron unas fiebres y estaba inconsciente. “¿Pero está muerto o no?”- les volvió a preguntar enseñándoles sus ojos-. Los camareros enmudecieron. Uno de ellos dijo: “Anoche estaba vivo, pero hoy aún no ha venido”.

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Enterrado en los ojos que un día besó

Aquella tarde no se vieron en el recreo del instituto. Él presintió que algo a sus espaldas había ocurrido. No tardó en saberlo, solo tuvo que esperar al toque de la última campana con la que empezaban o acababan las clases. La esperó en el sitio donde siempre se veían. Él la divisó desde lejos. Su caminar no era el mismo. Venía cabizbaja. La cara de ella, al acercarse, tampoco era  la misma. Era una cara de desangelo, de rabia contenida, de pena, de disgusto. Traía los ojos llorosos, algo empapados en lágrimas. A él se le heló el estómago. No se atrevió a besarla, ni a cogerle la mano, como hacía siempre. Solamente la acompañaba al ritmo de su paso, del que se sentía como tirado por una brida invisible. Aquella escena a él le pareció como el resultado de un conjuro.

“Cielo, ¿y qué es lo que te ocurre?” Le preguntó rompiendo aquel nervioso silencio sepulcral. Ella no acertaba a hablar. Se le ponían sus ojos cada vez mas aguados y estalló a llorar cuando estuvo fuera del alcance de cualquier mirada. Él se le quiso acercar algo más y abrazarla, pero ella le dio muestras de que era mejor que no lo hiciese; le marcó la distancia, y empezó a hablar: “Me pasé todo el recreo llorando sola en el aula, por eso no te fui a ver. Anoche me lo pasé de igual manera, llorando en la cama. Sor Ácrata vino a mi casa un poco antes del anochecer. Me había dicho al finalizar su clase que tenía que hablar conmigo, pero que en el instituto no. En casa me estuvo hablando de que tú no me convenías, de que me ibas a hacer una desgraciada, que me lo tenía que decir por  mi bien, aunque ahora me doliese. Que te tenía que dejar porque si no, yo iba a ser más infeliz que ella con su marido; por tu interés, al igual que él, de leer a Freud y psicoanalizar a la gente”. Sor Ácrata era más que querida, temida; era querida temerosamente, como por si acaso. Era una profesora de ideas avanzadas, como se llamaban en aquella época, pero al mismo tiempo de rancio conservadurismo y atroz manipuleo maquiavélico, devastador. De ahí le venía su nombre, un barniz de izquierdismo por fuera y la sangre de la inquisición por dentro. Él, con pena, pálido y amarillo a la vez, le contestó que también leía a Holderlin y escribía poemas, señalándole el libro que llevaba en sus manos, Hiperión, en edición bilingüe, una página en alemán y la otra en español; y que no creía que ni por unas lecturas ni por otras, la del judío austriaco o la del poeta loco alemán, él la iba a convertir en una desgraciada pese a todo lo que Sor Ácrata le haya dicho, por su bien, ¡naturalmente!. Ella no paraba de llorar. Él se sintió incapaz de poder levantar aquella losa que le había colocado encima aquella profesora que vivía emocionalmente en una eterna y dorada adolescencia. Ella y él se sintieron, por decreto, expulsados avergonzadamente de su felicidad. Ella tomó el metro a su casa. Él, casi inconscientemente, llegó caminando hasta La Taberna de Chueca.

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'El Hachero'. Quemado por el sol

Lo vi una sola vez, a mediados de los setenta, y ha permanecido alojado en mi memoria hasta hoy día. ¡Bueno, en realidad fueron dos veces, pero eso lo leeréis dentro de un momento! Apareció una noche en un bar de copas de Madrid que se llamaba El Limbo, y que tenía su lugar cerca de Alonso Martínez, en los alrededores de Las Salesas y la Sociedad General de Autores. Entró como tantas almas que todas las noches y madrugadas iban en peregrinación, como la Santa Compaña, y se quedaban a las puertas del cielo. Parecía un personaje sacado de una obra de Valle Inclán. Pelo largo, bigote y perilla a lo Gustavo Adolfo Bécquer, vestido enteramente de negro, y con una capa. Se sentó en una de las mesas que estaban vacías, sacó de un maletín que venía con él una enorme libreta, plumillas y tintero, en la que se puso a escribir sin vacilar. A la hora de cerrar el bar se dirigió a los de la mesa de al lado y nos preguntó que a dónde íbamos a ir. Le respondimos que al Cafetín de Colmenar en la calle Hartzenbusch, cerca de Bilbao.

Durante el trayecto nos comentó que estudiaba arquitectura y que a la mañana siguiente tenía un examen ante el que no iba a tener ningún problema. Llevaba aprobando la carrera año por año. Lo de estudiar arquitectura había sido una imposición familiar. Su hermana y su madre, recién fallecido su padre en un accidente en una obra, decidieron que él tenía que ser arquitecto como su padre y su abuelo, que eso de la literatura eran pamplinas de las que no se vivía. Pero era lo único que a él le gustaba hacer. También le gustaba escuchar música clásica, y esa fue la razón por la que su madre y su hermana le alquilaron una habitación en una pensión, pues ellas tampoco soportaban  la música. A él le dedicaban unas horas del día domingo, a la salida de misa, las del almuerzo.

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El Lobo. Quemado por el sol

Giral y Elsa, la chica que no le temía a los grises, no se conocieron en las aulas, en los pasillos, en la cafetería, en las asambleas de la facultad, lo hicieron bajo las patas de los caballos de la Brigada Antidisturbios. Seguían a Panero, que se alzó por sorpresa en cabecilla de aquella genial manifestación, al grito de :  “No vayamos por aquí, vamos por allí”. Encaminando a sus compañeros a una calle sin salida, de la que no había escapatoria frente a la brutalidad de los grises. Ambos, tendidos en el suelo, juntos, muy juntos, casi pegados, como nunca lo estuvieron más, confundidos entre los adoquines de basalto, y aguantando porrazos de aquel número de la policía sobre caballo, que aunque con casco que le impedía configurar su rostro, si dejaba ver el sudor, los ojos vidriados de odio, y la cantidad de anfetaminas que le habían suministrado en el desayuno para combatir a aquellos que se estaban manifestando contra el inquebrantable orden de la ley; a aquellos visionarios y subversivos, hijos de papá, no como él, bien desertor del arado, o del seminario, o de las oposiciones, o de la delincuencia común, que un día el destino le calzó un traje gris de guardador y protector de tanta inmoralidad fascista. 

Giral y Elsa recordaban sentir, que cuando iban a pie, camino de la facultad, al pasar por delante de aquellos robots montados a caballo, parecerles del tamaño de un edificio; ahora, desde el suelo, les daban la impresión de que eran  rascacielos, donde desde la azotea les aporreaban con saña. Pensaron, a la par, que de allí no se iban a levantar con vida, cuando entró en escena un manifestante al que no habían podido abatir los porrazos ni el miedo a los caballos, Rómulo, - este había sido su nombre hasta ese día -, eréctil ante el caballo que mantenía pegados a los adoquines, a Elsa y Giral, y que se burlaba de los porrazos que aquel número de los grises le quería acertar. Rómulo miró al caballo con cara de lobo, y le empezó a aullar como tal. Aulló con tanto realismo, que aquel caballo, y los que estaban alrededor suyo, huyeron, con los policías encima, de manera que no los podían sujetar. Ocurría como si el mismo diablo hubiese subido desde el infierno a darse un paseo por aquel lugar.

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Giral. Quemado por el sol

Giral, vasco, de Zarautz, Agustín García Calvo, en su Balada estival de las cárceles Madrileñas, 1.968, hecha canción por Amancio Prada, lo cita como uno más de los que estaban en la trena aquel verano por el mismo motivo, las revueltas estudiantiles. Creo que no lo haya citado nadie más, aunque una periodista de columna, en El País, por los años ochenta, en un arrebato de nostalgia, - había sido compañero de amarras suyo en la facultad -,  lo quiso citar, y él la rehuyó, pues se había autoexiliado en el olvido de la memoria, había desertado de la historia en la que no se quería reconocer.

Giral estudió filosofía en la Complutense de Madrid. Participó activamente en la agitación universitaria de finales de los sesenta hasta que lo obligaron a vestirse de caqui y expulsaron de aquel distrito universitario por haber asaltado, con otros forajidos, como los del western, uno de los camiones de la Coca Cola. ¿Qué lectura política tenía este gesto, pues fue un gesto? No llevaban armas, ¡claro está! Aquellos años eran de repudio americano, por el imperialismo y la guerra de Vietnam, y Giral, como tantos otros, fue condenado a galeras, a la mili, previo paso por la trena. En la trena, en este caso Carabanchel, coincidió con uno de los hermanos Panero, que había dejado la política unos años antes, después de aquel fracaso suyo cuando lideró una manifestación, y sin querer, - por supuesto -, llevó a sus compañeros manifestantes a una encerrona policial, a los pies de los caballos de los grises, - el ejército americano del sur-,  donde fueron linchados y bien linchados. Panero, cuando vio a Giral en el patio del talego, le preguntó qué lo había traído por allí. Giral le contestó que la política. Panero, que ya estaba quemado por el sol, antes que Giral, y que venía de vueltas de todo, le hizo el siguiente comentario: "Qué anticuado estás, yo estoy aquí por drogas”. Parecía como si Panero le estuviera leyendo el futuro, o abriéndole a Giral las persianas de su destino.

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Dedicado a Verónica. 'Quemados por el sol'

Hace unos meses, el azar, como en el caso de aquellas personas que se van a presentar ante la inquisición de un examen, y les toca el único tema que han estudiado, hizo, no os voy a contar hoy de qué manera, que volviese a mis ojos, una película que guardo como oro molido en DVD, Quemados por el sol, del director ruso y también actor, Nikita Michalkov. Serge Kotov, legendario comandante de división, auténtico comunista, distinguido como héroe, vive en una dacha con su compañera Maruysa y su pequeña hija Nadya. Unos campesinos, que sienten amenazados sus campos de trigo por unas maniobras militares, le interrumpen en su baño de vapor con  Maruysa y Nadya, con el fin de que intervenga para que salve los cultivos. Kotov abandona su baño y va con los campesinos, su mujer e hija, a hablar con los oficiales de aquel ejército que lo reconocen como el gran héroe Kotov, les pide la emisora y se pone al habla con el mando superior, procurando  que  anulen aquellas maniobras. A la dacha de la familia llega esa misma tarde Mitya, un ex oficial del ejército blanco, antiguo y resentido pretendiente de Maruysa. Kotov detesta a Mitya por haber traicionado a sus antiguos compañeros oficiales refugiados en París, y haberlos llevado a Moscú para ser fusilados. En el transcurso de aquella noche Kotov va descubriendo el verdadero motivo de la visita de Mitya, reconvertido en un oficial de la inteligencia rusa: bajo una orden de falsa acusación de pertenecer Kotov a un complot anticomunista, detenerlo, llevarlo a Moscú y asesinarlo después de un juicio sumarísimo. Os dejo a estas alturas de la película. Si la queréis seguir viendo podéis venir a hacerlo en Las Cosas Buenas de Miguel, tomando lo que os guste. Mibal Roble, por ejemplo.

Otra vez el azar, este domingo pasado, hizo que descubriese una canción, Dedicado a Verónica, de Gian Franco Pagliaro, al que tampoco conocía. Vamos ahora  con la letra  de esta canción. Estamos esta vez en una dictadura de derechas, la dictadura argentina del cónclave de Videla, con sus treinta mil desaparecidos: La conocí en una librería de la calle Corrientes. Donde están casi todas las librerías de Buenos Aires. A finales del 75, y a comienzos de los que serían los años mas torturados de la Argentina. Yo estaba revolviendo, como de costumbre, libros en oferta, de esos que pasan de moda o dejan de leerse y se liquidan como liquida un verdugo a su víctima. Ella ojeaba tal vez el único ejemplar del diario del Che que circulaba aun por las librerías. Bella, peligrosamente bella, con un cuerpo subversivo escondido tras un vestido largo y ancho de bambula. Me miraba de reojo y ojeaba un libro, en realidad miraba a todos de reojo, como si se sintiera vigilada. Si tomases un café conmigo, me afiliaré a tu partido y te ayudo a cambiar el mundo, le susurré al oído. Mordió el anzuelo y fuimos a un bar cerca de allí, un bar de moda lleno de gente de clase media psicoanalizada que seguían hablando de burguesía y proletariado. Yo me había detenido en esa boca roja y revolucionaria, pensando en la fiesta de besos que iba a tener más tarde. Tan solo un beso de despedida me dio a la noche cuando la despedí a la puerta de la facultad y un número de teléfono. Llámame el fin de semana, mañana y pasado tengo examen, me dijo con esa voz que me rompió el alma en dos y el corazón en cuatro. La llamé ese fin de semana y todos los fines de semana de ese año. Nunca nadie me contestó. Nunca más la vi en ningún bar, en ninguna librería de la calle Corrientes, en ninguna facultad. Un día de muchos apareció su foto entre tantas fotos y tantos desaparecidos. Qué injusticia. Era tan joven y bella. Verónica se llamaba. Estudiaba arquitectura y tarareaba una canción de los Inti-Illimani, un grupo chileno muy famoso en ese tiempo. En una parte del estribillo, si no me falta la memoria, la canción decía: “El pueblo unido jamás será vencido”. Si queréis escuchar la canción Dedicado a Verónica, os reitero la invitación. Si preferís, con Debo 13 Cántaros a Nicolás.

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‘Si es como el de ayer, pásamelo por la cerradura’

Se despertaba todas las mañanas de madrugada, un rato antes de que el panadero le tocase en la puerta de su casa para dejarle el pan. El hombre, al ver cada día que el pan que le traía el panadero era cada vez más y más pequeño, aquella mañana, cuando el panadero le tocó a la puerta de la casa, no le abrió esta vez, como era  su  costumbre, la puerta de su casa, sino que le respondió: “Si el pan es como el de ayer, no hace falta que te abra la puerta, pásamelo por la cerradura”. Como vamos a aludir a este hombre  varias veces en este artículo, lo vamos a llamar Solar de Estraunza Gran Reserva 2007, Rioja de La Puebla de La Barca, que por cierto, lo eligieron la semana pasada como uno de los dieciocho vinos mejores del mundo .

Esta historia me la comentó hace muchísimo tiempo un amigo que ya no está en este mundo físico, y que también me contó otras  muchísimas más con su magistral humor a prueba de toda tristeza. Era mi amigo un hombre que apenas pasó por la escuela, pues al quedarse su madre viuda, y él, huérfano a muy temprana edad, siendo él el mayor de muchos hermanos y primos, tuvo que ocupar el lugar paterno. Así que hizo del mundo su escuela, en el que anduvo con suma simpatía y humanidad, ¡hasta en sus peores momentos!, los de su vejez enferma, llena de achaques y dolores del cuerpo.

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La chica holandesa y Giorgio el zahorí

Nunca supe dónde fueron a parar las gafas de mar blancas, marca Champion, que Alberto Giorgio había encontrado, el año pasado en una de las calas del paseo de Las Salinas,  Los Cancajos, - después de que una ola salvaje, salvaje como Moby Dick, se las arrebatase hace cincuenta años sobre una roca -, en un mismo día de Indianos, como lo es hoy, y de las que más tarde  emergió La Chica Holandesa. No habíamos vuelto a hablar de La Chica Holandesa, ni de cómo pudo ser posible que de aquellas gafas de mar, - como de una lámpara un genio -, pudiese haber salido a la superficie esta guapísima y alegre mujer.

Una vez, el año pasado, partieron por la noche ella y Alberto, de Las Cosas Buenas de Miguel, yo dejé de volver a ver las gafas blancas hasta que, a las cuatro campanadas de la tarde de estos Indianos en los que estamos hoy, cuando Giorgio alcanzó a colmarse de chatos de vino Mibal Roble, y como un buen zahorí, - buscador de metales y agua -, encontró las gafas en el fondo oscuro de una olorosa caja de tea en donde guardo olvidos.

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