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Miguel Jiménez Amaro

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Enterrado en los ojos que un día besó (18)

Maguisa, con la pistola de Billy El Niño entre sus bragas fue la primera en entrar a La Carmencita. El segundo fue Mikel Norel. El tercero, pues no eran más, fue Constantine, que en Roma cambió sus botines negros charol, por blancos, charol también; pero que seguía, de una manera insaciable, fumando White Eagle; llevando la misma gabardina llena de hebillas; y el mismo sombrero . Aquellos botines blancos charol, - ¡no había quien no tuviera unos! -, se empezaron a llamar Constantines, tal como hoy se llaman Manolos a los zapatos diseñados por Blahnik.

Quien primero vio a Maguisa bajar por las escaleras fue Hiperión, desde su dimensión privilegiada, y desde la  urna de cenizas en donde había quedado resumido su cuerpo. Hiperión, al sentir la presencia de Maguisa, se puso a cantar, con la música de una canción que estaba de moda en aquella época: Tres cosas hay en la vida, salud dinero y amor, y el que tenga estas tres cosas, que le dé gracias a Dios…, el siguiente estribillo: Tres cosas tiene La Palma, que no tiene Madrid, Maguisa, Mikel Norel y Constantine…

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Enterrado en los ojos que un día besó (17)

El martes pasado, día ocho de agosto, falté a la cita, en este lugar, de ese mismo día de la semana, desde hace ya casi dos años y medio. Os voy a hablar del motivo, de los porqués, porque son dos. El primero del que echo mano es que al día siguiente, miércoles nueve, cumplía sesenta y dos años del actual calendario.

Yo vine al mundo un comenzar del día nueve de agosto del cincuenta y cinco, - aunque rezo en el registro el día veinte del mismo mes-, al acabar la misa de ocho en la parroquia del Salvador, misa de difunto en ese caso, la de un accidentado  mortal en la llamada guagua del Club Deportivo Mensajero, allá por el Dos de Copas, entre Las Manchas y Fuencaliente.

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Enterrado en los ojos que un día besó (16)

La directora del instituto, después de haber bailado en la cocina con El Charro La rosa amarilla de Texas, se vino al comedor y se sentó al lado de Mónica. Le comentó que llevaba toda la tarde noche de ese día de sorpresa en sorpresa, que no había conocido seres tan increíbles como los que estaba descubriendo, Ninnette, Lissette, El Chivato Tántrico, y ahora El Charro y su mariachi, y que por tanto, muchas veces se preguntaba si no estaría soñando.

“Cuando estuve bailando en la cocina con El Charro me habló de Sor Ácrata. Me dijo que sabía que yo tenía una preocupación con ella en mi cabeza, y  que también tenía pendiente una conversación sobre ella contigo. Me dio, durante los minutos que duró la canción, una panorámica de Sor Ácrata que quiero compartir más tarde contigo”.

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Enterrado en los ojos que un día besó (15)

El Charro, abrazado a Carmencita, bailaba aquella canción que repicaba como campanas en la madrugada: "Madre en la puerta hay un hombre, pide un pedazo de pan...”. Y la bailaba con su boca puesta en el oído de Carmencita en el  que le soplaba los siguientes vientos: "Carmencita, te traigo un encargo para ti, de tu padre, que se está muriendo. Me pide, no que le deis, tú y tu madre, un pedazo de pan, sino que lo vayáis a visitar a México, donde se encuentra ahora, terminal. Quiere tener ese reencuentro con vosotras, antes de que se lo lleve El Amado, porque quiere pediros perdón y comprensión a vosotras dos. Podéis venir conmigo, cuando yo regrese a México en mi avión. Tenéis unos días para pensarlo. Él no ha pasado un día en su vida que no se haya acordado de vosotras dos. Te voy a contar la historia que se cruzó entre vuestras vidas al poco tiempo de tu nacer. Tu padre recibió un encargo del entonces Papá Stalin, el Sol de la Revolución, el sanguinario, acompañar a Ramón Mercader en el atentado a Trostky. Aunque empezaban a haber divergencias entre el pensamiento de tu padre y el de Papá, y que tu padre era más bien partidario de las ideas de León y las libertarias, en vez de las de Stalin, tu padre fue a México a cumplir con la labor, aunque sin borraros del pensamiento a vosotras dos. El fue detenido después del atentado. Después de muchas días de interrogatorios y conversaciones con el servicio secreto mexicano, tu padre, después de un periodo de reflexión, aceptó ir de agente secreto doble a la Unión Soviética, con el objetivo de atentar contra El Sol de la Revolución. Lo intentó fallidamente varias veces. La última, tuvo que salir del país. Lo hizo en un carguero que salía para  Cuba. En Cuba estuvo colaborando con la revolución. No estuvo de acuerdo con el marxismo de Fidel, como no lo estaba con el ruso y se vino a México. Desde México se dirigió a distintos países con dictaduras militares. Durante todo ese tiempo se ocupó de que a vosotros no os faltara nada como os ha venido ocurriendo, aunque hasta hoy, no sabíais quien era la mano que os ayudaba. A tu padre, hoy no se  sabe los días que le quedan por vivir, y  lo que más anhela, es veros a vosotras”.

El mariachi terminó de cantar  la canción. Carmencita, abrazada a El Charro,  estaba bañada en lágrimas. La directora se acercó a ellos dos. Le dijo al Charro, otra vez moviéndosele los labios inconscientemente: “Bonito color para yegua”. El Charro se rió. Carmencita se contagió de aquella risa, lo mismo que la directora. Carmencita les dijo que se vinieran a la cocina  ellos dos a fumarse el porro que tenía en el delantal, el que le quedaba de aquellos dos que le dio la cofradía del porro de hierba.  

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Enterrado en los ojos que un día besó (14)

Carmencita y la directora del instituto. La directora del instituto y Carmencita. Y así lo seguiríamos repitiendo muchas veces. ¿Qué se estaba cocinando en aquellas dos ollas de neuronas después de que El Chivato Tántrico asintió a darles una iniciación? Se empezaron a mirar entre ellas dos de manera muy  distinta. Carmencita estaba más pendiente de la directora del instituto, y la directora del instituto más pendiente de Carmencita. Se estaban empezando a sentir hermanas. Estaban en la antepuerta semiclara de algo sagrado y les delataba aquella inquietud, aquel principio de alegría interior, no de temor.

La directora del instituto se decidió a entrar en la cocina. Cuando estuvo delante de Carmencita le dijo que le diese uno de los porros que tenía en el bolsillo del delantal. Le prendió fuego. Miró a Carmencita a sus ojos, y al expirar la tercera calada le dijo que le daba la impresión de que esa madrugada les iba a cambiar la vida de ellas dos. Le entregó el porro a Carmencita por el lado izquierdo. Carmencita le dio tres caladas. A la tercera, miró a los ojos de la directora del instituto y le dijo que presentía que iba  ser algo que les iba a marcar sus vidas, y que empezaba a sentir un gusanito de alegría.

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Enterrado en los ojos que un día besó (13)

Carmencita estaba al pie de la mesa con la libreta y el bolígrafo en la mano, esperando tomar la comanda, cuando El Chivato Tántrico recitó la célebre oración de Reinhold Niebuhr. Carmencita dijo "amén" con los demás y rompió a llorar. Ninnette le dio una copa de absenta. Después de bebérsela de un trago le dijo que le sirviese dos más, que eso que tenía se le pasaba así, con tres bambarriasos seguidos. La mesa entera se sintió sostenible con Carmencita, se tomaron, solidarizándose con  ella, tres copas de un trago cada una. Cuando Carmencita se tomó la tercera absenta sus lágrimas ya estaban secas sobre sus ojos y cara. Se volvió a escuchar la voz de Hiperión: “¡Que bonito!¿No teníais otra botella de absenta de donde serviros, sino de la de un muerto? ¡Y cómo me secaba las lagrimas yo! ¿Creéis que yo no lloro, que los muertos no lloramos?” Y se volvió a echar a reír.

Le volvieron a poner a Hiperión una botella de absenta abierta delante de la mesa, porque ponérsela cerrada es una falta de respeto a un muerto, e Hiperión suspiró su mantra: ”¡Ay, tanto daño me hagas, ay, como tanto miedo te tenga!”. A los comensales del resto de las mesas hubo que ponerles una botella en cada una de ellas, pues pavoridos dudaban  entre levantarse e irse, o, tomarse aquello como un espectáculo y esperar a ver como terminaba.

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Enterrados en los ojos que un día besó (12)

El padre de Hiperión despertó del dormir de sus sueños cuando volvió a sonar el timbre del teléfono. Despertó con su cara mojada -de Agua Sagrada de Ruanda- sobre los escalados Montes de Venus de su mujer. Ella cogió el teléfono, él fue al baño. Quien llamaba era la directora del instituto pidiéndoles disculpas por no haber podido estar en el mortuorio y el crematorio. Le dijo que  había ido a pasar el fin de año, como siempre hacía, con su familia a un pueblo de la Sierra de Béjar, Salamanca, llamado Candelario, en una casa que les venía prestando la tía de Miguel el de Las Cosas Buenas. Licinia, que es como se llamaba este familiar de Miguel, la había llamado  a primera hora de la mañana por teléfono para decirle lo de Hiperión. La directora había cogido el coche antes del mediodía, y, hacía un par de horas que ya había llegado a su casa en Madrid. La madre de Hiperión le comentó que podía venir a la casa de ellos y luego ir a cenar juntos en La Carmencita.

Mónica se despertó escuchando dentro de sí misma a Hiperión cantando Stephanie tal como lo solía hacer para ella . Se duchó en unos pocos minutos  y fue a la cocina a preparar el café. Recordaba (al mismo ritmo que la cocina y la casa se impregnaban de los olores del café, que ella misma trajo de contrabando, La Flor del Brasil ) cuando atravesó con Hiperión el túnel submarino que une Los Cancajos con la playa de Los Cuarteles. Recordaba que casi se muere ahogada, si no hubiese sido por Hiperión. Recordó cómo se sintieron morir ellos dos cuando un poco más tarde celebraron su primer orgasmo. Se sonrió al pensar en como los franceses llaman al orgasmo: le petite mort, en como ese día casi mueren dos veces, y en como a Hiperión le gustaba esta frase francesa batida  con tres palabras, con tres huevos .

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Enterrado en los ojos que un día besó (11)

Stephanie, no hay dolor más atroz que ser feliz

Decías anoche ouve-me por favor bésame aquí.

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Enterrado en los ojos que un día besó (10)

El padre de Hiperión, mientras que con su pericia al volante conducía desde el mortuorio hasta el crematorio, intentando llegar antes que el coche de la funeraria y el de Sor Ácrata, lo que parecía ser imposible, seguía escuchando en su mente a golpe de latigazos de semáforos rojos la conversación con Sigrid, El Ángel pelirrojo, en el Kiosco el Ancla. Cuando se la encontró por sorpresa, la que soñó y la que  más tarde siguió recordando en la ducha.

“No solo mi vida está rota, a costillas de mi padre, también mi corazón. Jep, el hombre del que hace poco, las Navidades pasadas, me  enamoré, estoy pensando que va a ser casi imposible que rompa con su familia, tal como me prometió. Pero esta no es la única herida reciente que guardo en mi corazón, y no te espantes por lo que te voy a decir. Durante la universidad de verano me enamoré de ti, por eso te busqué en la Complutense. Mis clases contigo eran un pretexto, -aunque he aprendido mucho sobre literatura española, Literato-, para estar cerca de ti, hasta que me enteré de que tenías novia y que pensabais casaros a principios del verano. Entonces no quise llegar más lejos contigo, aun a sabiendas de que nuestra relación hubiese ido a parar a buen lugar. Con Jep fue distinto, porque desde que lo conocí él me dijo que la relación con su mujer estaba rota de mutuo acuerdo, y que ella se iba a quedar en Barcelona con los hijos, y no ha ocurrido así. ¡Me siento engañada otra vez!”

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Enterrado en los ojos que un día besó (8)

Mientras el padre de Hiperión se duchaba siguió recordando, esta vez despierto, la conversación que mantuvo con Sigrid una vez que su mujer se fue a dar otro baño en el mar de Los Cancajos.

“Poco antes de regresar mis padres a Alemania, a los que creo que no volveré a ver más, conocí en este mismo sitio, El Kiosco El Ancla, a un arquitecto catalán, Jep,  que había venido a tantear la isla con intención de quedarse a vivir en ella. Me dijo que volvería por Semana Santa, sin su familia, pues ya habían llegado al acuerdo, su mujer y él, de dejarlo todo. Cuando lo voy a recibir al muelle me encuentro con que viene con toda la familia. Del muelle regresé sola a casa. Él vino a hablar mas tarde conmigo y me dijo que lo de su familia iba a ser por muy poco tiempo. Y aquí me tienes, con una vida rota por mi padre, y con un corazón partido. ¡A veces no sé para donde mirar!” "¡Solo para el alcohol!"

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