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Miguel Jiménez Amaro

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Enterrado en los ojos que un día besó (10)

El padre de Hiperión, mientras que con su pericia al volante conducía desde el mortuorio hasta el crematorio, intentando llegar antes que el coche de la funeraria y el de Sor Ácrata, lo que parecía ser imposible, seguía escuchando en su mente a golpe de latigazos de semáforos rojos la conversación con Sigrid, El Ángel pelirrojo, en el Kiosco el Ancla. Cuando se la encontró por sorpresa, la que soñó y la que  más tarde siguió recordando en la ducha.

“No solo mi vida está rota, a costillas de mi padre, también mi corazón. Jep, el hombre del que hace poco, las Navidades pasadas, me  enamoré, estoy pensando que va a ser casi imposible que rompa con su familia, tal como me prometió. Pero esta no es la única herida reciente que guardo en mi corazón, y no te espantes por lo que te voy a decir. Durante la universidad de verano me enamoré de ti, por eso te busqué en la Complutense. Mis clases contigo eran un pretexto, -aunque he aprendido mucho sobre literatura española, Literato-, para estar cerca de ti, hasta que me enteré de que tenías novia y que pensabais casaros a principios del verano. Entonces no quise llegar más lejos contigo, aun a sabiendas de que nuestra relación hubiese ido a parar a buen lugar. Con Jep fue distinto, porque desde que lo conocí él me dijo que la relación con su mujer estaba rota de mutuo acuerdo, y que ella se iba a quedar en Barcelona con los hijos, y no ha ocurrido así. ¡Me siento engañada otra vez!”

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Enterrado en los ojos que un día besó (8)

Mientras el padre de Hiperión se duchaba siguió recordando, esta vez despierto, la conversación que mantuvo con Sigrid una vez que su mujer se fue a dar otro baño en el mar de Los Cancajos.

“Poco antes de regresar mis padres a Alemania, a los que creo que no volveré a ver más, conocí en este mismo sitio, El Kiosco El Ancla, a un arquitecto catalán, Jep,  que había venido a tantear la isla con intención de quedarse a vivir en ella. Me dijo que volvería por Semana Santa, sin su familia, pues ya habían llegado al acuerdo, su mujer y él, de dejarlo todo. Cuando lo voy a recibir al muelle me encuentro con que viene con toda la familia. Del muelle regresé sola a casa. Él vino a hablar mas tarde conmigo y me dijo que lo de su familia iba a ser por muy poco tiempo. Y aquí me tienes, con una vida rota por mi padre, y con un corazón partido. ¡A veces no sé para donde mirar!” "¡Solo para el alcohol!"

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Enterrado en los ojos que un día besó (7)

Los padres de Hiperión y Mónica divisaron desde lejos, debajo de la farola en frente del Comunista, a la cofradía del porro, que fumaban un peta.  Al llegar junto a ellos les presentaron a Mónica comentándoles que ella era la persona a la que Hiperión le había dedicado todos los poemas de su libro, el que había escrito en La Taberna de Chueca, y a la que llamaba todas las madrugadas, por teléfono, desde la cabina telefónica para recitárselos.

Los cofrades sacaron un porro y le preguntaron a Mónica si lo quería prender ella. Mónica respondió que sí. Le dio tres caladas. En la tercera calada miró hacia la cabina, pasó el peta por la izquierda y la volvió a mirar. Hizo un esfuerzo por ver lo que había al lado de ella y preguntó: “¿Qué hace Sor Ácrata detrás de esa mesa, con Fernando, pegada a la cabina?”. Los cofrades le respondieron que llevaba todo el día recogiendo firmas para que a la cabina telefónica le pusieran el nombre de Hiperión y a ella el nombre de la calle. El porro seguía pasando de mano en mano y de boca en boca.

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Enterrado en los ojos que un día besó (6)

En La Taberna de Chueca Mónica hizo un alto en la lectura del libro de poemas de Hiperión. El padre de Hiperión había rastreado todas las fotos que contiene La ciudad soñada y desembocado en una, la de Sigrid, El Ángel Pelirrojo, en la que absorto y embebido había navegado. Se desentendieron ambos de cada libro que tenían en las manos. Se sonrieron y él le preguntó cómo se pudo desembarazar del guardia civil de la aduana en el aeropuerto de Barajas.

“El guardia civil pensó que La ciudad soñada se trataba de un libro pornográfico al tener como foto de portada a tres señoritas en bañador que a él les llamó muchísimo la atención. Vio que en las páginas centrales había más fotos aún. Las estuvo examinando una por una, y no encontró nada de lo que pensaba decomisar. Me quiso entregar el libro pero al momento desistió. Luego me dijo que solo tenía otra cosa en contra del libro. Le pregunté cuál, y me dijo que la fecha de publicación era del dos mil dieciséis, y que estábamos en el mil novecientos setenta y uno, y que eso no era legal. Yo no sabía qué responderle. Me vi en la situación de que me iba a requisar el libro, pero se me ocurrió decirle, cuando me vi  sin argumentos, que aquello lo más probable es que haya sido un error mecanográfico. Me preguntó qué quería decir aquella palabra, mecanográfico. Le respondí que un error de la máquina de escribir con la que fue escrita el libro. Se echó a reír y me dijo que le diga al que  pulsó la tecla que dispare mejor, que tenga mejor puntería. Yo me reí y así pude salir con el libro dentro del bolso y sin que me mirase nada de lo que traigo de contrabando”.

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Enterrado en los ojos que un día besó (5)

Al padre de Hiperión, con La ciudad soñada abierta entre sus manos y con  la foto delante de sí  del Ángel Pelirrojo en el Kiosco El Ancla de Los Cancajos, se le empezaron a destapar recuerdos pelirrojos.

Después de las clases de la universidad de verano, unos pocos días antes de empezar el curso en La Complutense, tocaron a la puerta de su despacho, donde preparaba el temario de su asignatura. Se levantó a abrirla. No se creía lo que tenía en frente. La señorita pelirroja, pecosa, de ojos azules y vestido rojo, que había tenido de alumna en la última universidad de verano.

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Enterrado en los ojos que un día besó (4)

El padre de Hiperión, en la terminal de Barajas, vio cómo todos los pasajeros del vuelo de Tenerife salían por la puerta acristalada de la aduana, excepto Mónica, a la que no la dejaba pasar un guardia civil.

Como la primera vez que Alberto Bambute fue al piso de su amigote Chuchú en Madrid y otro (¿habrá sido el mismo?) guardia civil le quiso confiscar el cherne y el gofio para hacer un escaldón. Hablaban y hablaban, al menos eso es lo que parecía desde donde él estaba, y zarandeaban un libro que Mónica llevaba dentro del bolso. La discusión no era por radiocasetes, cigarros, gafas ray ban, calculadoras, botellas de whisky o escaldones. ¡No! Era por un libro.

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Enterrado en los ojos que un día besó (3)

Las penúltimas palabras que Hiperión tañó en el mundo fueron sus versos. Tañeron como lejanas y solitarias campanadas de una pequeña ermita dentro de un cementerio de un pueblo casi del todo abandonado en una noche de intenso y doloroso frío de invierno. Al tañido del último verso apareció Sor Ácrata en el Ateneo, que quiso leer un poema que le había escrito a Hiperión. Sor Ácrata venía con un fotógrafo de mano para intentar publicar al día siguiente una instantánea en un medio de comunicación muy afín a ella, y convertir su poema en lo más importante de aquel evento literario en el Ateneo madrileño. El padre de Hiperión le hizo claras muestras de que el evento no necesitaba de su más que vanidoso gesto.

El público se fue yendo poco a poco. Los barrenderos. Los camareros de La Taberna de Chueca. La directora del instituto. Los profesores. Los alumnos. Los universitarios, que esa noche al salir del Ateneo fueron a bendecir una botella  de absenta en La Taberna, antes de ir a cenar, como todas las noches, en el Comunista.

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Enterrado en los ojos que un día besó (II)

Os voy a comentar tres cosas relacionadas con el artículo de la  semana anterior. Una: el título real de aquel artículo, como el de este, es un poco más largo que como ha rezado. El digital La Palma Ahora no permite títulos de esas dimensiones. El título originario es: Enterrado en los ojos que en un día de muerte besó. Dos: el autor del artículo, Las Cosas Buenas de Miguel, tuvo un problema de insubordinación con uno de los personajes. Es lo que ocurre cuando se bebe absenta. Pudo bautizarlo como Holderlin, pero una vez puesto  el nombre, el personaje mismo quiso llamarse Hiperión, como la más famosa novela del escritor alemán. ¡A veces ocurren estas cosas con los personajes, se rebelan contra el autor, y si beben absenta, pues aún más! Y tres: ocurrió otro incidente más, mecanográfico este. Cuando Hiperión se encuentra en La Taberna de Chueca con Sor Ácrata, Diotima y su novio psicoanalista argentino, no es un novio, es una novia, Chavela.

Seguimos en la misma Taberna de Chueca, en el mismo día y a la misma hora. Sor Ácrata, Diotima y Chavela se van las tres juntas. Hiperión llevaba tanta absenta encima, además de empezarle las fiebres, que no se enteró de la partida de ellas, que lo volvieron a ignorar, como cuando entraron. Chavela acompañó a Diotima a la casa de sus padres. Se despidieron en el zaguán. Diotima antes de acostarse fue al baño. Mientras se limpiaba los dientes notó que en sus ojos había algo extraño. Se fijó más y le dio la impresión de que en ellos yacía enterrado Hiperión. Se fue a acostar quitándole importancia a lo que acababa de descubrir. “Será el Mibal Roble, ¡Como no estoy acostumbrada a beber!”. A la mañana siguiente, después de desayunar, se volvió a limpiar los dientes, y el espejo le devolvía la misma imagen que la noche anterior, Hiperión sepultado en sus ojos. “Será el poco de resaca que tengo por el Mibal Roble, ¡Como no estoy acostumbrada a beber!”. Se puso a estudiar hasta la hora de ir a clase. Esta vez, como tenía prisa, se limpió los dientes sin mirarse al espejo. Llegó al aula. Ella se sentaba en el primer banco. La primera clase era con Sor Ácrata. Sor Ácrata antes de sentarse se acercó a ella y le miró los ojos. Intentó callarse, pero no pudo. “¡Tienes a Hiperión muerto en tus ojos!”. La compañera de pupitre le miró los ojos. “¡Es verdad!”. El resto de los compañeros se levantó de sus asientos e hizo lo mismo. Todos los alumnos vieron a Hiperión  enterrado en los ojos de Diotima. La directora del instituto, que se había acercado para hacer unas notificaciones, vio en sus ojos lo mismo que toda el aula, a  Hiperión muerto. Diotima empezó a llorar, cogió sus libros y salió corriendo fuera del instituto. Fue a La Taberna de Chueca para enterarse si Hiperión estaba muerto o no. Los camareros le dijeron que la noche anterior lo había tenido que venir a buscar su padre porque le entraron unas fiebres y estaba inconsciente. “¿Pero está muerto o no?”- les volvió a preguntar enseñándoles sus ojos-. Los camareros enmudecieron. Uno de ellos dijo: “Anoche estaba vivo, pero hoy aún no ha venido”.

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Enterrado en los ojos que un día besó

Aquella tarde no se vieron en el recreo del instituto. Él presintió que algo a sus espaldas había ocurrido. No tardó en saberlo, solo tuvo que esperar al toque de la última campana con la que empezaban o acababan las clases. La esperó en el sitio donde siempre se veían. Él la divisó desde lejos. Su caminar no era el mismo. Venía cabizbaja. La cara de ella, al acercarse, tampoco era  la misma. Era una cara de desangelo, de rabia contenida, de pena, de disgusto. Traía los ojos llorosos, algo empapados en lágrimas. A él se le heló el estómago. No se atrevió a besarla, ni a cogerle la mano, como hacía siempre. Solamente la acompañaba al ritmo de su paso, del que se sentía como tirado por una brida invisible. Aquella escena a él le pareció como el resultado de un conjuro.

“Cielo, ¿y qué es lo que te ocurre?” Le preguntó rompiendo aquel nervioso silencio sepulcral. Ella no acertaba a hablar. Se le ponían sus ojos cada vez mas aguados y estalló a llorar cuando estuvo fuera del alcance de cualquier mirada. Él se le quiso acercar algo más y abrazarla, pero ella le dio muestras de que era mejor que no lo hiciese; le marcó la distancia, y empezó a hablar: “Me pasé todo el recreo llorando sola en el aula, por eso no te fui a ver. Anoche me lo pasé de igual manera, llorando en la cama. Sor Ácrata vino a mi casa un poco antes del anochecer. Me había dicho al finalizar su clase que tenía que hablar conmigo, pero que en el instituto no. En casa me estuvo hablando de que tú no me convenías, de que me ibas a hacer una desgraciada, que me lo tenía que decir por  mi bien, aunque ahora me doliese. Que te tenía que dejar porque si no, yo iba a ser más infeliz que ella con su marido; por tu interés, al igual que él, de leer a Freud y psicoanalizar a la gente”. Sor Ácrata era más que querida, temida; era querida temerosamente, como por si acaso. Era una profesora de ideas avanzadas, como se llamaban en aquella época, pero al mismo tiempo de rancio conservadurismo y atroz manipuleo maquiavélico, devastador. De ahí le venía su nombre, un barniz de izquierdismo por fuera y la sangre de la inquisición por dentro. Él, con pena, pálido y amarillo a la vez, le contestó que también leía a Holderlin y escribía poemas, señalándole el libro que llevaba en sus manos, Hiperión, en edición bilingüe, una página en alemán y la otra en español; y que no creía que ni por unas lecturas ni por otras, la del judío austriaco o la del poeta loco alemán, él la iba a convertir en una desgraciada pese a todo lo que Sor Ácrata le haya dicho, por su bien, ¡naturalmente!. Ella no paraba de llorar. Él se sintió incapaz de poder levantar aquella losa que le había colocado encima aquella profesora que vivía emocionalmente en una eterna y dorada adolescencia. Ella y él se sintieron, por decreto, expulsados avergonzadamente de su felicidad. Ella tomó el metro a su casa. Él, casi inconscientemente, llegó caminando hasta La Taberna de Chueca.

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'El Hachero'. Quemado por el sol

Lo vi una sola vez, a mediados de los setenta, y ha permanecido alojado en mi memoria hasta hoy día. ¡Bueno, en realidad fueron dos veces, pero eso lo leeréis dentro de un momento! Apareció una noche en un bar de copas de Madrid que se llamaba El Limbo, y que tenía su lugar cerca de Alonso Martínez, en los alrededores de Las Salesas y la Sociedad General de Autores. Entró como tantas almas que todas las noches y madrugadas iban en peregrinación, como la Santa Compaña, y se quedaban a las puertas del cielo. Parecía un personaje sacado de una obra de Valle Inclán. Pelo largo, bigote y perilla a lo Gustavo Adolfo Bécquer, vestido enteramente de negro, y con una capa. Se sentó en una de las mesas que estaban vacías, sacó de un maletín que venía con él una enorme libreta, plumillas y tintero, en la que se puso a escribir sin vacilar. A la hora de cerrar el bar se dirigió a los de la mesa de al lado y nos preguntó que a dónde íbamos a ir. Le respondimos que al Cafetín de Colmenar en la calle Hartzenbusch, cerca de Bilbao.

Durante el trayecto nos comentó que estudiaba arquitectura y que a la mañana siguiente tenía un examen ante el que no iba a tener ningún problema. Llevaba aprobando la carrera año por año. Lo de estudiar arquitectura había sido una imposición familiar. Su hermana y su madre, recién fallecido su padre en un accidente en una obra, decidieron que él tenía que ser arquitecto como su padre y su abuelo, que eso de la literatura eran pamplinas de las que no se vivía. Pero era lo único que a él le gustaba hacer. También le gustaba escuchar música clásica, y esa fue la razón por la que su madre y su hermana le alquilaron una habitación en una pensión, pues ellas tampoco soportaban  la música. A él le dedicaban unas horas del día domingo, a la salida de misa, las del almuerzo.

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