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Democratizar la democracia europea


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Queda  poco ya para las próximas elecciones al Parlamento Europeo. Más de 400 millones de ciudadanos con derecho a voto y que configuran la demos de la UE están llamados a las urnas para escoger los representantes de una institución que pocos alcanzan a comprender. Más allá del posible impacto que pueda tener en la participación, el hecho de que la elección de la presidencia de la Comisión Europea venga estrechamente marcada por los resultados del PE,  las cifras relativas a la participación de las últimas elecciones marcan una tendencia a la baja siendo un claro síntoma de la desafección ciudadana respecto a la UE y que no deja de esconder un déficit democrático en el funcionamiento de las instituciones europeas.  En España, la participación no llega al 45%, muy lejos del 55% que se alcanzó en las décadas de los 80 y 90 y prácticamente 20 puntos por debajo de la participación en las elecciones de 1979.  Está desafección no solo viene medida por la participación sino que es latente en todas las encuestas relativa a la confianza de los ciudadanos en las instituciones y los partidos políticos europeas.

Mentiríamos o nos engañaríamos si creyésemos que la desafección por lo público es monopolio de la UE. A nadie se le escapa que el desapego respecto a los políticos y la política es compartido en nuestras democracias y la desafección está presente en todos los niveles de gobierno con mayor o menor intensidad. Es cierto que en la dimensión europea esta desafección parece estar más acusada. Los motivos son varios, a saber: desconocimiento del funcionamiento de la UE, alejamiento de la soberanía popular de cada vez más políticas y competencias comunitarias, percepción de la UE como un club de estados que cada vez se alejan más de unos posibles Estados Unidos de Europa, etc.

Las instituciones europeas son conscientes y suponemos que hasta cierto punto comparten lo delicado y la gravedad de la situación.  Así lo recogen diversos informes, y no es menos cierto, que algunas reformas y medidas impulsadas en los últimos años intentan democratizar la toma de decisiones, como por ejemplo dando más poder al PE o impulsando la Iniciativa Legislativa Europea.  No obstante, estas medidas no son suficientes e incluso se podría decir que su impacto es especialmente bajo. Son medidas encaminadas a la mejora de la calidad democrática cuando apenas tienen en cuenta que hay poca base democrática sobre la cual mejorar. Así, estos esfuerzos caen en saco roto mientras que el alejamiento ciudadano respecto al proyecto europeo, cada vez es mayor.

Mientras tanto Europa puede alardear de un cierto éxito en sus out-puts: moneda única, libre circulación o mercado común pero el precio ha sido alto ya que la legitimación vía in-punts: identidad europea, ciudadanía, democracia y participación han pasado a un segundo plano y no han sido la base de la política europea. Como comentábamos antes, la vieja lógica del estado-nación, incapaz de aguantar las tensiones territoriales internas, tampoco facilita la construcción democrática y ciudadana de Europa. La lógica de la competitividad por los recursos se impone a la solidaridad. Ésta debería ser la base de cualquier proyecto en común y de esta manera la política se ha dejado de percibir como el instrumento para construir de manera colectiva realidades transformadoras y garantizar progreso para la ciudadanía. La crisis económica, que ha demostrado serlo también de valores, abunda en la desafección y evidencia la impotencia de unas instituciones que poco o nada pueden hacer para garantizar el bienestar y la equidad entre sus ciudadanos. Del vacío democrático ya sabemos quién ha sacado beneficio. Y en un nivel superficial, ante la falta de un discurso europeo integrador, los partidos y las ideas demagógicas, populistas y racistas encuentran campo abonado para su crecimiento.

Por ello, ante semejante situación, Europa tiene que apostar por la política. Por un lado, en la innovación democrática que mejore los mecanismos de participación y transparencia. Por otro lado, fortaleciendo la democracia representativa que ha acumulado tantos filtros entre el poder y la ciudadanía que ésta ya no sabe qué sentido tienen las instituciones ni para quien trabajan. Sin embargo, estas medidas son solo curas paliativas ante la gravedad de la enfermedad. A estas mejoras incrementalistas se le tiene que sumar la democratización de las políticas europeas y especialmente se requiere la vuelta de una política que, siendo política en mayúsculas, articule un discurso común que ayude a vertebrar un verdadero proyecto diverso pero integrador al que resulte más fácil y atractivo adherirse. Un relato superador de los intereses particulares y que apele a la movilización ciudadana. Y es que Europa, mal que pese, aun no es un proyecto político. Sin política no hay democracia y no hay democracia que democratizar. Una política que acompañe a un discurso, a un relato que liderado por nuevos actores europeos (partidos políticos, sindicatos y medios de comunicación de necesaria dimensión y lógica europea) dibujen una Europa donde prime la cohesión social y el progreso de sus ciudadanos por encima de todo. Estos pasos  formarían el núcleo de una reforma que quiera mejorar la democracia en Europa. Y es que la participación y la mejora de la democracia no puede ser un fin en sí mismo, sino un elemento constitutivo de nuestras instituciones. La mejora de la calidad democrática tiene que perseguir unos objetivos y tiene que responder a unas necesidades.

Es cierto que la solución a la situación planteada no es fácil. No lo es ni siquiera desde un planteamiento teórico y no es difícil adivinar las dificultades y barreras para implementarlo. ¡Pero tampoco está escrito que el reto de la construcción europea sea fácil! 28 estados y 500 millones de personas son cantidades que marean. No obstante, el futuro y porvenir de todos está en juego. Más justicia y equidad se echan en falta en un territorio donde los capitales y la especulación no tienen mayores problemas para retroalimentarse. No es por esto por lo que los fundadores de la idea europea lucharon. Tras el trauma de la II Guerra mundial se quiso construir un proyecto para garantizar la paz, los derechos humanos y el progreso social de sus ciudadanos. Ante el trauma que estamos viviendo, es hora de desempolvar estos viejos ideales e impregnarlos en una nueva política, la que se escribe con mayúsculas. 

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