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Estambul, una pasión muy turca

La segunda ciudad de Turquía cautiva por la desordenada belleza de su perfil, una combinación de hermosas mezquitas, verdes colinas e impresionantes palacios que bordean el mar

La antigua Constantinopla conserva sus dos almas, la oriental y la occidental, que se mezclan de manera sorprendente y a menudo desconcertante

Los puentes, como el de Gálata, unen física y metafóricamente el Estambul moderno con la ciudad vieja, y la zona europea con la asiática

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El perfil de Estambul, al atardecer, desde uno de los  puentes que unen la ciudad  / N. R.

El perfil de Estambul, al atardecer, desde uno de los puentes que unen la ciudad / N. R.

Estambul atrapa, cautiva y desconcierta. La mayor ciudad de Turquía es tan desordenadamente hermosa que es igual de normal asombrarse ante la belleza de la impresionante Mezquita Azul como asquearse por la suciedad de las vías que acogen sus numerosos mercadillos callejeros.

Se encuentran sin buscarlos, deambulando por la ciudad, a salvo de las hordas de turistas que invaden el Gran Bazar o el de las Especias, un imprescindible pese a su agobiante masificación.

El espectáculo de color y olores de las ordenadísimas paradas que venden cúrcuma, cardamomo, azafrán y cien especias más es único y difícilmente reproducible en los mercadillos de barrio, un batiburrillo que mezcla pijamas ‘pirata’ de Disney con enormes ollas de latón, lencería hortera, verduras y carne.

En ellos, respira el alma más oriental de Estambul, que también presume de ser occidental. No hay frontera entre la una y la otra, que se mezclan de manera sorprendente y a menudo desconcertante para el visitante.

Al lado de las mujeres que pasean con el burka negro tapadas de la cabeza a los pies, caminan las que lucen pierna en minifalda y tacones de diez centímetros. Son la representación moderna de la amalgama cultural y religiosa que supura una ciudad que nació como Bizancio, se crió como Constantinopla y devino Estambul.

Ningún otro paraje representa mejor el sincretismo de esta bulliciosa urbe que Santa Sofía, obra maestra del arte bizantino, que fue la catedral católica y casa del Papa antes de convertirse en mezquita, durante el Imperio Otomano (siglo XV), y luego en el espectacular museo que es desde que así lo ordenó Mustafá Kemal Atatürk, padre de la república turca.

La mezcla entre elementos cristianos y musulmanes singulariza tanto a este templo religioso como su espectacular cúpula y el tamaño de su nave principal, casi siempre en penumbra.

La oscuridad de Santa Sofía contrasta con la espectacular luminosidad de su vecina Mezquita Azul o Sultanahmed Camii que, además de 20.000 azulejos azules en su bóveda, seis minaretes y enormes vidrieras de colores, exhibe una gigantesca lámpara colgante en su interior.

Una gigantesca lámpara preside el interior de la Mezquita Azul / N. R.

Una gigantesca lámpara preside el interior de la Mezquita Azul / N. R.

No hace falta ser musulmán –aunque sí observar algunos de sus ritos como sacarse los zapatos y cubrirse la cabeza y los hombros en el caso de las mujeres- para sobrecogerse en este templo, situado frente al Hipódromo de Constantinopla, en el popular y turístico barrio de Sultanahmed.

Ese sentimiento, de hecho, es una constante en Estambul, una ciudad que se extiende por dos continentes, concentra su parte vieja en la bahía del Cuerno de Oro y se parte en el estrecho del Bósforo que, a su vez, une el mar de Mármara con el Negro.

Surcar el Bósforo en barco –recomiendo evitar los turísticos y subirse a cualquiera de los que utilizan los lugareños para hacer sus trayectos– es un placer visual por la perspectiva que da sobre la ciudad –es una de las mejores maneras de admirar los minaretes y las cúpulas de las mezquitas– y por la cantidad de palacios que se alinean a una y otra orilla.

Ninguno, sin embargo, alcanza el tamaño y la opulencia del Topkapi, refugio de los sultanes desde el siglo XV al XIX. Se necesitan varias horas para recorrer sus vastos jardines y los edificios abiertos al público, entre los que se encuentran el Tesoro y el Harén, cuya visita se paga al margen del ingreso general.

El Topkapi, las principales mezquitas y el perfil de Estambul se contemplan a las mil maravillas desde la Torre Gálata, una de las más antiguas del mundo. Reconstruida en piedra, llama más la atención por su gran diámetro y la anchura de sus paredes que por su altura, unos 60 metros.

En torno a esta torre, especialmente bonita en la noche por su iluminación, se concentran agradables restaurantes y cafés y unas cuantas tiendas de souvenirs en las que los turistas satisfacen su necesidad de recuerdos kitsch.

Perderse por calles de esta zona, la más moderna de ciudad, es casi obligatorio antes de cruzar el puente de Gálata, que la conecta con la parte vieja de Estambul. Lo más llamativo de esta pasarela es la cantidad de aficionados a la pesca que día y noche ocupan los laterales con sus largas cañas. Pescan pequeños peces para consumo propio y también para su venta, si algún osado se atreve a comprar.

Pescadores aficionados ocupan día y noche el puente de Gálata con sus cañas y sus cestos de pequeños pescados / N. R.

Los pescadores ocupan día y noche el puente de Gálata con sus cañas y cestos de pequeños pescados / N. R.

La escena se repite en otros puentes de la ciudad, pero el de Gálata es el que más visitantes atrae por la cantidad de restaurantes y bares que se suceden en su parte inferior. No ofrecen los mejores productos, pero las vistas merecen la pena.

En la búsqueda de buenas panorámicas, otra buena opción son los numerosos clubs-restaurantes armados en las azoteas de los edificios de la zona moderna de la urbe, la que se teje alrededor de la plaza Taksim y que tiene la calle Istiklal como arteria principal.

Istiklal es Europa: una ancha vía tomada por las grandes marcas presentes en todo el continente, que venden los mismos productos dispuestos de igual manera. Sólo la comida recuerda a Oriente en esta calle, atravesada por un viejo tranvía convertido en atracción turística, y que concluye en Taksim, la fea plaza que se popularizó en 2013 como epicentro de las manifestaciones y de los enfrentamientos ciudadanos contra el Gobierno de Tayip Erdogan.

En Istiklal se hallan también la iglesia de San Antonio de Pádova, una de las pocas ermitas católicas de Estambul, y el 360, uno de esos clubs donde uno puede cenar, bailar y tomarse una copa contemplando Estambul desde las alturas, cosa poco habitual en la mayoría de ciudades europeas, que acostumbran a ubicar este tipo de locales en los sótanos o plantas bajas.

Este Estambul tiene poco o nada que ver con el Estambul del tradicional barrio de Eyup, en la parte final del Cuerno de Oro. Las costumbres islámicas rigen en esta zona, conocida por la mezquita del mismo nombre –la cuarta en importancia en la jerarquía de espacios sagrados del Islam tras La Meca, la Medina y Al-Aqsa en Jerusalén–, su cementerio y el café Pierre Loti, otro mirador impresionante sobre la ciudad.

Típica panadería turca en el tradicional barrio de Eyup / N. R.

Típica panadería turca en el tradicional barrio de Eyüp / N. R.

El preferido por los lugareños –y cada vez más por los turistas– para contemplar la puesta de sol está situado en Üsküdar, en la orilla asiática de Estambul. Se conoce como el café de las alfombras y no son sino las gradas de cemento paralelas al mar que miran hacia la pequeña Torre de Leandro.

Sentarse sobre los cojines que cubren los escalones de hormigón con un vasito de té turco y esperar a que el sol tiña el cielo con sus anaranjados es obligatorio si uno no quiere dejar de vivir un espectáculo memorable.

Darse un gusto en un hamman es otro recuerdos que uno debería llevarse de Estambul, junto a los que deja una visita a las cercanas islas Príncipe. Son una maravilla y merecen capítulo a parte.

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