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CATALUNYA

Educar en la tribu: Perder poder individual, ganarlo en colectivo

Nos llenamos la boca diciendo que los Derechos de los niños/as son lo más importante pero el modelo de crianza tradicional a veces nos lleva a pretender diseñar “clones” de nosotros mismos/as o a proyectar en los hijos e hijas nuestros deseos no realizados.

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Recientemente hemos podido leer y escuchar una fuerte polémica en los medios de comunicación causada por las palabras de la Diputada de la CUP Anna Gabriel sobre el modelo actual de familia y formas alternativas de entender la crianza. Siempre he pensado que cuando una cuestión −que nos toca a todos y todas de alguna manera− genera este nivel de polémica es porque atenta a los fundamentos de nuestro modelo social y a las diversas posiciones de poder que este modelo implica. Esto hace que resulte extremadamente interesante el análisis, especialmente, desde el punto de vista de los feminismos.

Más allá de las burlas frívolas expresadas por los medios de comunicación más conservadores a la propuesta de Anna Gabriel sugiere una transformación social profunda que sin duda contribuiría a desmontar diversas creencias tradicionales que nos limitan y encorsetan: los roles de género tradicionales en primera instancia, el sentimiento de propiedad hacia los propios hijos e hijas y la omnipotencia a la vez que inseguridad en la educación de los mismos. Las tres cuestiones confrontan al sistema patriarcal desafortunadamente todavía tan vigente. Por eso levanta ampollas .

La crianza colectiva de la cual habla Gabriel me la imagino como una estrategia potenciadora del equilibrio entre el trabajo productivo y reproductivo y su tradicional traslación a hombres y mujeres. Imagino un grupo de personas que participan y se comprometen a educar a niños y niñas de forma igualitaria, independientemente de si son hombres o mujeres. La corresponsabilización entre hombres y mujeres en las tareas de cuidado −sobre la cual intentamos incidir en las políticas públicas− sería logística y conceptualmente más factible y, se podría traducir en una corresponsabilización −y por lo tanto una mayor presencia de las mujeres− en el trabajo productivo y en los espacios de decisión en la misma proporción.  No sabemos si el planteamiento de la Diputada profundizaba en esta parte de la cuestión. No sabemos si pretendía ser trasgresora respecto a los roles de género en la crianza. En lo que ponía más énfasis es en la ruptura de la familia tradicional. Pero, desde mi punto de vista, no hay transformación social profunda si las mujeres no podemos ser miradas y tratadas como iguales en nuestro derecho a escoger las opciones de vida que queremos y esto incluye el estilo de crianza. Sin esencialismos de ningún tipo. Por lo tanto una crianza colectiva heteropatriarcal y que mantuviera a los hombres “colectivamente” en el espacio productivo y las mujeres “colectivamente” en el espacio reproductivo no sería transformadora. Serían nuevas formas para viejas ideas.

Otro pilar importante del sistema patriarcal que también podría tambalearse de una forma interesante en este modelo sería el concepto de la “propiedad” sobre los niños/as que también sigue muy presente, aunque a veces es necesario prestar atención porque se filtra de una forma muy sutil. Nos llenamos la boca diciendo que los Derechos de los niños/as son lo más importante pero el modelo de crianza tradicional a veces nos lleva a pretender diseñar “clones” de nosotros mismos/as o a proyectar en los hijos e hijas nuestros deseos no realizados. Sería importante permitir que sean personas, ciudadanos y ciudadanas con derecho a elegir. No una propiedad con la cual tenemos el derecho de actuar como queramos en nombre de “su bien”. La “intervisión” educativa de una “tribu” educando permitiría ser más conscientes de los excesos y relativizaría la importancia de la sangre y los genes.

En tercer y último lugar la crianza colectiva permitiría, de una vez por todas, que nos mirásemos en el espejo como personas adultas referentes parentales de los hijos e hijas y reconociéramos que no hemos nacido sabiendo educar, que es muy difícil hacerlo e incluso hacerlo bien, i que no nos vendría nada mal compartir esta responsabilidad entre diversas personas que pudieran aportar otros puntos de vista diferentes. Sin duda sería una crianza más rica y diversa. Ahora bien, ello nos obligaría a pactar y consensuar, y tenemos pruebas sobradas en la política de los últimos tiempos, que de eso sabemos bien poco las personas adultas actuales.

A partir de aquí y para concluir, la pregunta que me surge es: ¿La crianza colectiva escandaliza  a las mentes biempensantes porque les parece una aberración educativa/familiar? ¿O es que en el fondo no tenemos suficiente nivel de madurez como sociedad como para plantearnos una propuesta tan rompedora?

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