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Hace diez años …

La tozuda fuerza  de los hechos contradice la creencia de que basta con la  igualdad formal para que,  por arte de milagro,  o a fuerza de  enunciados,  la realidad  cambie

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Aquí  envío algunas reflexiones escritas, ahora hace diez años  a raíz de la presentación por parte del gobierno socialista,  de la Ley integral sobre la Violencia contra  las Mujeres. Es interesante  reflexionar- pasados ya esos años y después de su aplicación práctica-  sobre cuestione que siguen estando presente en nuestra sociedad. Y que señalan  caminos por los que hay que seguir transitando…  El cambio producido en estos años, es innegable,  sobre todo en el discurso social que ha pasado de creer más o menos normal la violencia contra las mujeres ( ahí están los proverbios, canciones, bromas y prácticas que lo acreditan…) hasta obtener un rechazo frontal no solamente por parte de  grupos de mujeres, sino por toda la sociedad y , lo que es todavía más significativo  por la mayoría de los hombres y por los grupos de hombres que específicamente rechazan identificarse  con una virilidad  que incluye  la  violencia como uno de sus  rasgos más  distintivos… Los cambios sin embargo, no han alcanzado al fondo de la cuestión y ahí están los hechos para demostrarnos que siguen muriendo mujeres por la violencia de los hombres, que siguen siendo maltratadas y que la  violencia impera en la vida cotidiana, como  manifestación- una entre tantas-  de una cultura  patriarcal que no cesa…  

Las reflexiones que siguen, aun escritas a raíz del Proyecto de Ley  y de  las razones expresadas por sus oponentes ahondan en el problema de fondo: la desigualdad que sigue existiendo. Y el diferente sentido que a esta palabra da la derecha y la izquierda

 

Algunas de las  reacciones   producidas por el Proyecto de ley  integral  sobre la Violencia contra las mujeres  muestran la fuerza y el arraigo de las más  ancestrales resistencias de nuestra cultura patriarcal. Resistencias ante medidas orientadas  a defender específica, concreta y eficazmente un derecho fundamental  de las mujeres, frecuentemente vulnerado por algunos hombres. El derecho a ser tratadas  con todo respeto físico y psíquico , a poder ejercer sus derechos iguales a la libertad  dentro o fuera de su vida familiar, como personas libres  e independientes… Parece como si al poner de relieve la vulneración  comprobada de este derecho y proponer  medidas específicas y concretas para corregirlo, se estuviera cuestionando ni más ni menos la calidad humana de todos los seres humanos masculinos, rozando una muy sensible terminal de su identidad, de  su  dignidad.

Tal vez lo difícil sea admitir la existencia de una situación estructural de desigualdad  real y la necesidad de tomar medidas para remediarla.  Esta reacción   recuerda a otras anteriores relacionadas con medidas  que otorgaban ventajas a las mujeres ante la insuficiencia de los principios teóricos de igualdad que rigen nuestras democracias. Son acciones positivas aquellas   orientadas a  convertir en “efectiva  y real”  la posibilidad teórica de igualdad de oportunidades. Se trata de  tomar medidas  destinadas a proteger activamente a la parte más vulnerable de la sociedad.  Es decir, tratar de forma compensatoria-desigual a la parte de la ciudadanía  que está en situación de  fragilidad social. Solo hay que recordar la respuesta  de muchos  sectores de nuestra sociedad ante aquella discriminación positiva que algunos partidos progresistas se impusieron para compensar la ausencia de las mujeres en los ámbitos de decisión política: me refiero a la famosa “cuota” que tanto malestar causó- en su momento-  a la mayoría de los hombres y también a numerosas mujeres. Medida, por cierto que, a medio plazo, ha resultado netamente eficaz.  Paradójicamente parece como si “la paridad” hubiera hallado menos resistencias que “la cuota” para abrirse camino, arrastrada tal vez por una  lógica  tan simple como contundente: mitad de la población,  mitad del cielo, mitad del poder.

El debate, esta vez, se  ha  cubierto de  toga y birrete. Detrás de la pancarta del igualitarismo universal, reaparecen los  argumentos de siempre: las medidas a tomar para protegerlas de la violencia que reciben específicamente en tanto que mujeres… ¿Corre el  riesgo de discriminar a los hombres?  Se da por  sentado que se parte de una situación de total igualdad. Como si la discriminación femenina no fuera una realidad constante,  sonante  y universal sino una entelequia, un invento de las feministas para poder  seguir  quejándose a gusto.  Pero ahí esta la contundente  realidad  de los datos: la desigualdad – entendida en términos de menos oportunidades de realización personal, de inferioridad social, de más explotación, de violencia por razón de sexo,  es la más universal y antigua de las desigualdades.  Los datos  siguen  señalando a las mujeres  como “inferiores” a los hombres en cuanto a ingresos económicos, horas de trabajos varios, insuficiente  presencia en las cúpulas de los poderes etc. La pobreza tiene, hoy día,  rostro de mujer. Negar la desigualdad real es  negar lo evidente.  La tozuda fuerza  de los hechos contradice la creencia de que basta con la  igualdad formal para que,  por arte de milagro,  o a fuerza de  enunciados,  la realidad  cambie.  La negación de lo evidente  no es tan solo un acto de desconocimiento o de ceguera momentánea: está siempre cargada de significado. Y es este sentido el que hay que desentrañar  sino queremos que el debate  se convierta en un complejo juego de doctas palabras. Se  utiliza  el  mismo argumenta rio utilizado en su momento  contra la reforma de la ley electoral francesa para la paridad, Los argumentos contra las medidas positivas aparecen esta vez ungidos de seriedad  jurídica  y dignidad profesoral que recubren intelectualmente posturas éticas y vitales distintas acerca de lo que es la libertad y la igualdad.

Es decir, distintas posturas políticas.  Simone de Beauvoir en su lucido trabajo sobre el Pensamiento político de la derecha afirma que reconocer la igualdad como derecho no plantea demasiados problemas, mientras se trata de una igualdad “esencial” y “a histórica.  Para el pensamiento conservador, las realidades económicas que posibilitan la oportunidad de acceder a los bienes sociales no parecen “intervenir”, ni formar parte del análisis.  Se es igual. Y punto. El éxito o el fracaso, la integración o la marginación dependen, de acuerdo con esta visión, de la responsabilidad individual. Las desigualdades innegables que existen se justifican en función de criterios estrictamente individuales: mérito personal, virtud, esfuerzo. Y están ligados a la “ libertad “ individual, al uso que de ella se quiera hacer, Los poderes públicos no deben interferir.  La “libertadasí entendida, es también otra esencia inamovible.

El  pensamiento progresista  acepta, en cambio, el papel condicionante de las realidades económicas y sociales sobre el destino de las personas y los grupos humanos. Y sus consecuencias en términos de desigualdad grupal o individual. Entre el individuo y sus posibilidades reales de acceso a los bienes económicos y sociales, existen realidades objetivables que hay que transformar. La izquierda lo sabe. Su experiencia presente se funda en una larga tradición emancipadora, en pro de los humanos más desfavorecidos, Dicha  experiencia  le dice que no basta con el reconocimiento teórico igualdades y libertades  ahistóricas. La libertad  solo se convierte en real  cuando una persona dispone en su vida diaria de  la posibilidad de elección. Crear las condiciones para ello, requiere  medidas políticas.

En estos momentos parece fundamental desocultar el discurso conservador que utiliza términos tan queridos a la izquierda como la igualdad y la libertad. Al invisibilizar, ocultar en su discurso un eslabón fundamental de la cadena explicativa, la de los condicionamientos de la vida económica y social, la derecha está defendiendo, como siempre, sus  privilegios y la inmovilidad social. Y en este caso que nos ocupa se resiste a disponer de una ley  destinada a detener una de las más feroces manifestaciones de  desigualdad, la violencia contra las mujeres. La izquierda  sabe que hay que cambiar las condiciones económicas, sociales y culturales para que los derechos a la igualdad se conviertan en realidad.  Y, además de una Ley adecuada, hace falta disponer de medios para que esta sea realmente efectiva.

Estas reflexiones, a raíz del gran debate  de las distintas posturas que se expresaron alrededor de esta ley , siguen en pie.  Nos toca ahora evaluar  los resultados a la luz de las actuales circunstancias que han acentuado  la desprotección  de los más débiles de la sociedad. Y  qué ha representado, para las mujeres en situación de riesgo los enormes recortes que en  todos los aspectos relacionados con el bienestar y la protección de la ciudadanía, se han producido. Y como afecta  esta realidad  a  la violencia contra ellas: una de las más graves lacras de nuestras sociedades.

 

 

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