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Convergencia “Meeting Point”

¿Es posible hoy la convergencia de la izquierda? La posibilidad de un encuentro de fuerzas progresistas y de izquierda no es tarea fácil, no lo fue en otros momentos y ahora tampoco lo será.

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La historia de la izquierda está plagada de fracturas y divisiones, los intentos por unificarse y confluir de las izquierdas a menudo han derivado en nuevas fragmentaciones, la resultante es una izquierda atomizada y a veces confrontada consigo misma que en ocasiones invierte más energías en luchas intestinas que en construir una alternativa a la derecha y sus políticas. La derecha por contra ha sido capaz de cohesionarse y aglutinar sus fuerzas presentando un frente único. Hoy la derecha económica y política gobierna el mundo y está convencida de la debilidad coyuntural de la izquierda, desde esa perspectiva se apresura en barrer todo rastro de las conquistas y los derechos sociales y ciudadanos en un devastador proceso, ese proceso que se empeñan en denominar “paquete de reformas” según la “neolengua” que hoy se esgrime desde los púlpitos ultraliberales.

La atomización de la izquierda parece estar en sus genes, en realidad es la expresión de su pluralidad, su heterogénea composición ideológica y su capacidad para vivir en una permanente revisión. No hace tanto tiempo que la izquierda seguía discutiendo sobre su definición intentando establecer si era más 'marxista' que 'leninista' o incluso ninguna de las dos cosas. En el seno de la izquierda europea a lo largo de los años 70 y 80 se libraba una dura contienda ideológica entre los eurocomunistas, comunistas prosoviéticos, socialistas y los socialdemócratas, al mismo tiempo que reclamaban su espacio la izquierda revolucionaria y el anarquismo. En esa amalgama también han flotado diversos movimientos sociales, ese extenso territorio que en ocasiones se le ha dado en llamar la izquierda social constituida básicamente por el movimiento sindical, el ecologismo, feminismo, incluso en cierta medida parte del movimiento vecinal.

La situación actual y el momento que vivimos, requiere generosidad y altura de miras.

Los ciudadanos han perdido el control sobre las decisiones que toman sus gobernantes. Es necesario construir una alternativa viable que defienda un modelo alternativo al actual.

 

En lo reciente, los movimientos denominados antiglobalización también han venido a formar parte de ese panorama como respuesta al nuevo orden mundial que el capitalismo empezaba a dibujar y en el que hoy habitamos.

Un acontecimiento muy relevante para la izquierda global y su actual estado de “anemia” fue la desaparición de la URSS y la caída del Muro, recuerdo a un viejo comunista que reflexionaba ante las implicaciones que traían aquellos acontecimientos “parece que el Muro se nos ha caído encima” decía, y puede que en cierta medida aquellos ladrillos se hayan convertido en metralla para la izquierda.

En paralelo durante ese tiempo hemos visto cómo la socialdemocracia se arrojaba a los brazos del pensamiento único, se despojaba de cualquier voluntad transformadora plegándose al modelo que imponía la nueva mundialización económica impulsada por el capital internacional.

La izquierda española ha formado parte de esos procesos y esos avatares, con sus ritmos y sus peculiaridades, y con sus propios quebrantos, todo ello además en aderezo de personalismos.

En este mundo nuevamente convulso, vivimos momentos decisivos que trascienden las delgadas fronteras de nuestro país y de Europa, estamos ante retos de carácter global. Los procesos de transformación social y política que se están produciendo dibujan ya una nueva realidad en la que la desigualdad y la injusticia parecen ser los vectores dominantes. El planeta parece caminar si no se actúa decididamente a un colapso social, económico y ecológico, el tiempo para actuar está a punto de agotarse o al menos así lo entienden los promotores del  manifiesto última llamada suscrito por un amplio grupo de personas ligadas a diversos ámbitos sociales y políticos próximos a la izquierda.

Por eso hoy toma más importancia el proceso político, la participación sociopolítica de los ciudadanos, y la recomposición de la izquierda se perfila como una necesidad. Los ciudadanos han perdido el control sobre las decisiones que toman sus gobernantes, los que tienen el poder económico en cambio dictan las decisiones a los gobiernos desde las sombras. La ciudadanía por su parte, despojada de la política, no tienen más capacidad de influencia que la protesta. Es fundamental que la gente tome de nuevo las riendas de su presente y su futuro, lo cual pasa por recuperar la política para el estado llano.

Es curioso que en estos momentos, en que la política con mayúsculas es más necesaria que nunca, nos encontramos que todo lo que tiene que ver con ella flota en una especie de ponzoña repugnante. Esa situación se ha convertido en el mejor antídoto para la participación sociopolítica de la gente que se sumerge en una especia de atonía general ante tanta ignominia.

Por suerte una parte de la población no está dispuesta a ver pasar los acontecimientos con resignación y silencio como si asistiese a una procesión, hay un número creciente de personas implicándose en la constitución de espacios de acción política desde la reflexión social y el rechazo al modelo de sociedad desequilibrado y lleno de desigualdades que se está construyendo. La otra cara de esta moneda son fenómenos como los que se observan en Grecia, Francia o Italia en los que la situación se está conjugando para la aparición de un “neofascismo” muy preocupante del que nuestro país tampoco es ajeno.

¿Es posible hoy la convergencia de la izquierda (al menos en nuestro país)?

Posible o no es necesaria una vez más, las dificultades son múltiples y el resultado incierto. La situación actual y el momento que vivimos requiere de quienes tienen algo que aportar en ese proceso, generosidad y altura de miras, porque la ventana de oportunidad que parece estar entreabierta puede cerrarse.

La primera cuestión es despejar quiénes son los que quieren y pueden converger:

El PSOE parece haber decidido tomar otro camino, no se plantea de ningún modo una aproximación a otras fuerzas políticas por el lado de la izquierda y hay quién en sus filas parece concebir más probable un pacto de estado con el PP antes que una aproximación a otras fuerzas de izquierda. Sus lógicas siguen centradas en percibirse a sí mismos como la alternancia al PP en un modelo bipartidista. La operación de “lifting político” en la que están inmersos en realidad no parece calar muy dentro, al menos en cuanto a planteamientos políticos y modelo de sociedad, a la postre en buena medida forman parte del entramado de poder que hoy es cuestionado desde parte de la sociedad, incluso, también desde una parte de su militancia.

El modelo clásico de organizaciones políticas está en crisis, la vertebración de la participación política parece que emerge desde las mismas bases sociales, es el caso de Podemos y de Ganemos alejados de las estructuras más cerradas y jerarquizadas que representan los partidos de toda la vida.

Izquierda Unida es percibido por parte de algunas personas que se aproximan hoy (o regresan) a la política como una organización que pertenece al “modelo clásico de partido” y cosecha un cierto rechazo de aquellos que buscan nuevas formas de organización y participación .

Es curioso porque IU, en sus orígenes nació de un proceso de respuesta social que a mi juicio tiene elementos de similitud con el proceso en el que están emergiendo los nuevos partidos y en general con el proceso convergente que se demanda estos días. Quizás esté bien traer a la memoria como tras la plataforma del NO a la OTAN, en 1986 se constituyó un espacio de convergencia muy heterogéneo en el que confluyeron entre otros el PCE, PSOC, PCPE, Izquierda Republicana, la Federación Progresista…, incluido alguno tan pintoresco como el Partido Humanista; junto a estos se amalgamaban en aquella incipiente convergencia de izquierdas diversos colectivos sociales. Se discutía con intensidad, en los momentos iniciales, si Izquierda Unida debía ser un partido político al uso, fruto de esa coalición de fuerzas, o más bien un proyecto distinto que rompiera con el modelo clásico de partido en una suerte de movimiento sociopolítico que forjara un bloque ”roji – verde - violeta” capaz de concitar apoyo electoral, La definición que adoptaron en sus estatutos fue la de movimiento político social, lo que supuso una novedad que rompía con el esquema habitual de partidos conocidos hasta esos momentos.

Estos días se habla de convergencia, convergencias a tres, convergencias a cuatro. Vemos a Izquierda Unida, Podemos, Equo y Ganemos enfrascados en la búsqueda de sus elementos comunes para intentar trazar un camino conjunto. La posibilidad de un encuentro de fuerzas progresistas y de izquierda no es tarea fácil, no lo fue en otros momentos y ahora tampoco lo será.

La necesidad de construir una alternativa viable que defienda un modelo alternativo al actual, en el que prevalezca la economía del bien común frente a la avaricia de los mercados, la justicia y la equidad frente al rodillo de la desigualdad, bien merece el esfuerzo, un esfuerzo que debe alimentarse de imaginación, responsabilidad y generosidad. No puede ser planteado como un mero movimiento táctico o una simple estrategia electoral, se debería aspirar a constituir el germen de un nuevo modelo capaz de producir un aldabonazo auténticamente regenerador de la vida política.

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