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Cómo preparar un camino escolar paso a paso

El pasado 6 de marzo, el proyecto Pas a Pas resultó ganador en la “I Edición de los Premios Vivienda, Movilidad y Urbanismo con Perspectiva de Género” de la Generalitat Valenciana

Este artículo recoge una serie de ideas que han ido dando forma a Pas a Pas a lo largo de los últimos tres años

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pas a pas

Desde el curso 2014-2015, formo parte del equipo coordinador del proyecto de caminos escolares  Pas a Pas del Ayuntamiento de Xàbia. El pasado 6 de marzo, la Conselleria de Vivienda, Obras Públicas y Vertebración del Territorio lo hizo ganador de la “I Edición de los Premios Vivienda, Movilidad y Urbanismo con Perspectiva de Género” de la Generalitat Valenciana, dentro de la categoría de ciudades de más de 20.000 habitantes. El reconocimiento nos sirve de excusa para compartir una serie de ideas que han ido dando forma al proyecto a lo largo de los últimos tres años. Creemos que pueden ser útiles para los municipios que, de forma cada vez más habitual, se plantean poner en marcha una iniciativa de caminos escolares.

En primer y más importante lugar, contrariamente a lo que suele pensarse, el objetivo principal de un proyecto de caminos escolares no es la seguridad sino la autonomía. Que niños y niñas puedan disfrutar de la ciudad por sí mismos. En las primeras fases de Pas a Pas, vimos que las propuestas para mejorar el espacio público se centraban en la protección frente al coche (instalación de badenes, bolardos, vallas frente a las puertas de los colegios, señalización vertical...). En aquel momento decidimos dejar de usar la expresión “rutas seguras” y el proyecto dio con un punto de inflexión fundamental. Al hablar de “rutas infantiles seguras”, de algún modo legitimábamos que el resto de la ciudad pudiese permitirse no ser segura para los más pequeños. Trazando itinerarios adecuados para ellos, les asignábamos un espacio específico y, por extensión, la ciudad más allá de esa línea les pertenecía un poco menos. Ésa era la trampa de la seguridad.

En relación directa con lo anterior, los caminos escolares no deben ser simples proyectos de movilidad casa-colegio, sino espacios de reflexión sobre el papel de la infancia en nuestras ciudades. En alguna ocasión hemos discutido de si eliminar el “caminos escolares” de la descripción de Pas a Pas. Si no lo hemos hecho ha sido porque la etiqueta ayuda a presentar el proyecto y porque la alusión a los colegios que incluye nos parece valiosa. Los colegios son las principales referencias de los niños en la ciudad y su principal espacio de socialización. Además de eso, los colegios tienen un potencial enorme desde el punto de vista de la política urbana y la participación. Otra cosa que intentamos hacer desde Pas a Pas es volverlos más permeables y activos de cara a lo que ocurre a su alrededor. Alrededor de los colegios se organiza una valiosa comunidad de actores: madres y padres, las AMPA, el profesorado, la policía local, el comercio cercano... Fomentar su implicación y la acción conjunta es otra tarea que los proyectos de caminos escolares deberían asumir.

La articulación de esa red de actores ocupó el primer curso de Pas a Pas casi por completo. Estando todos reunidos alrededor de una misma mesa, caímos en la cuenta de que habíamos olvidado la pieza más importante. ¡¿Dónde estaban los niños y las niñas?! A partir ahí, decidimos ceder el protagonismo activo a los pequeños. Dejamos de hablar de “la ciudadanía del futuro” para reivindicar la condición presente de la infancia, reconociéndola como una parte de la comunidad en pleno derecho y no como un colectivo pasivo a expensas de lo que decidamos los adultos. A partir de ese momento, el proyecto se llenó de vitalidad.

Hacer participación con niños y niñas es tremendamente difícil, exige una enorme cantidad de reflexión, experimentación y empatía. En Pas a Pas continuamos dándole vueltas a esta tarea, pero por nuestra experiencia, una recomendación muy básica que podríamos dar es tratar de entender esa participación como un ejercicio de rebeldía. Como decía Paul Goodman, la rebeldía es una actitud que la infancia puede incorporar a nuestro mundo adulto. Frecuentemente, la participación que proponemos a la infancia se enfoca en la educación y en el civismo, que son conceptos que los adultos introducimos en su mundo. Dar a la infancia un papel activo, reivindicar su autonomía, significa dejarla hacer por ella misma y eso pasa por adoptar una actitud más titubeante como adultos, por estar dispuestos a observar y aprender de ellos.

Todo lo anterior conduce a una advertencia en la que  Francesco Tonucci insiste constantemente. Un proyecto de caminos escolares no es una cosa inofensiva y sencilla de llevar a cabo. No es entretener un poco a las criaturas, agradar a sus padres y madres y lograr una atención mediática que difícilmente encontrará reproche. Los proyectos de caminos escolares, como cualquier otra política urbana centrada en la infancia, exigen un fuerte compromiso, pues son iniciativas que cuestionan de raíz nuestro actual modelo de ciudad, el dominado por el mandato del coche, de las prisas por llegar al trabajo, del fin de semana en el centro comercial, de los permisos a las terrazas acompañados del prohibido jugar a la pelota y de los parques diseñados por catálogo. Sobre ésos y otros temas debe incidir un proyecto de caminos escolares de forma efectiva. Recordemos: no se trata de arreglar un itinerario para que las criaturas caminen sin desviarse de él, sino de repensar la ciudad en profundidad desde la perspectiva de las niñas y los niños.

A partir de este compromiso, un proyecto de caminos escolares puede desbordar su última frontera y descubrir que su campo de acción no es exclusivamente la infancia. Ésta puede servir de espacio aglutinador y de puente para llegar a otros colectivos generalmente excluidos del debate urbano, como son la juventud, las personas mayores, las de origen extranjero o las mujeres ( por el vínculo que Pas a Pas ha encontrado con éstas últimas se le otorgó el premio que mencionamos al inicio). Desde las políticas públicas debe tomarse conciencia de que todos éstos no son “grupos especiales” con “necesidades especiales”, a los que por tanto se atiende de manera sectorializada y asistencialista; sino que forman un conjunto diverso pero interrelacionado, que además aspira a posicionarse como un espacio clave para repensar nuestra ciudad y sus horizontes.

Como dice Tonucci, una ciudad buena para los niños (para cualquiera de los grupos antes citados) es una ciudad buena para la mayoría de las personas. Pero a eso cabría añadir que una ciudad buena para la mayoría no es necesariamente una ciudad buena para quienes viven en situación de desventaja por motivos de renta, edad, género o procedencia. De esta forma se descubre que la ambición última que debe inspirar a un proyecto de caminos escolares es contribuir a que nuestras ciudades sean más humanas, inclusivas y justas.

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