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Periodistas

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La crisis. La maldita crisis. Dura desde hace años y aquí sigue, socavando la mínima esperanza en una salida que permita sobrevivir a la inmundicia. La inmundicia no es sólo económica. Miren la política. Miren la justicia. Miren la moral. La ética hecha trizas en un hervidero inacabable de mentiras. Y el periodismo. La crisis del periodismo. Si nos autocensuramos los periodistas, me preguntaban el otro día en una conferencia. Las preguntas enseñan más que las respuestas. Las respuestas no son nada. Lo mejor, lo que más desnuda a la realidad, son las preguntas. La lástima es que hoy nadie pregunta. Nos lo dan todo mascado. Desde las pantallas de los televisores nos acribillan a respuestas. Nos cogen a la hora de la comida o de la cena, repantigados en el sofá a corazón abierto, dejándonos abatir impunemente por los cañonazos de intereses espurios que dominan el mundo de la política, de la economía, de la cultura. Y también del periodismo. ¿Quién se cree el periodismo hoy en día? No sé quién se lo cree.

Y es que la crisis económica también destrozó los cimientos de la ética periodística. Los medios de comunicación -sus empresas propietarias- se pusieron en manos de la política más repugnante y renunciaron a ser una fuente fiable de buena democracia. Hubo un momento -por poner un ejemplo claro, vergonzosamente claro y cercano- en que Alfonso Rus -presidente entonces de la Diputación de Valencia y hoy imputado por no sé cuántas delincuencias- mandaba en algunos de esos medios. Daba desde la Diputación dinero público bajo el paraguas de la publicidad institucional, compraba ejemplares como churros, se reunía con los responsables de los medios en su propio despacho de la Plaza de Manises. Eso lo convertía en el mandamás de sus líneas editoriales: era el puto amo, como dirían Wyoming y su gente. El periodismo dejó de ser creíble. Y si el periodismo no nos lo creemos, ¿a qué fuente de información nos arrimamos en unos momentos en que cunde el más terrible de los desconciertos?

Escribir es sacarle las tripas a la verdad. Y eso es lo que el periodismo debería de hacer. Pero desde hace mucho tiempo sabemos que hay periodistas con mando en plaza que se mofan del oficio del periodismo, que sueltan carcajadas cuando lo que está en juego es la verdad propia y la confianza de quienes nos leen o escuchan. Hablo de que ya sabíamos que las risas televisivas de Francisco Marhuenda, Paco para los amigos, tertuliano en todas las televisiones y director de La Razón, no eran sólo risas sino un desprecio profundo a la ética que habría de justificar el periodismo decente. Leo a Quevedo cuando pienso en el de las risas televisivas: “bufonazo de fábulas y chistes”. Ahora lo han imputado, no a Quevedo, claro. Han imputado a Marhuenda por sus conversaciones mafiosas con uno de sus compinches para incidir en uno de los últimos casos de corrupción que asolan, una vez más, al PP de la Comunidad de Madrid. ¿Me autocensuro y no escribo lo del risueño colega y su conversación presuntamente delictiva? ¿Me autocensuro a la hora de recordar que el detenido Javier López Madrid, de la empresa OHL, recibió en otro pleito con la justicia un mensaje de la reina llamándolo cariñosamente “compi yogui”? ¿Por qué muy pocos medios han sacado a relucir de nuevo esa solidaridad de los reyes con un corrupto? Los reyes. Los más de doscientos imputados del PP por corrupción. El presidente del gobierno sentado en el banquillo de los testigos para que aclare los tantísimos puntos oscuros que tachonan su partido. Un fiscal anticorrupción que protege a un corrupto. La crisis del periodismo. La autocensura. ¿Hay quién dé más?

Por eso hay que escribirlo todo. Y punto. No es bueno el corporativismo. No tengo nada que ver con las carcajadas de Marhuenda, con sus maquinaciones a lo Capone, con esa manera dañina de entender el oficio de periodista. Y ahora nos enteramos de que tenía el teléfono pinchado por la policía mientras él nos soltaba monsergas de honradez desde la televisión a la hora de la comida y de la cena. Ya ven ustedes: tanta monserga de honradez y sólo era -como si Quevedo lo conociera anticipadamente de toda la vida- un rancio artista de la bufonada. Y ahora todavía más, según se desprende de las acusaciones del juez Velasco: a la vez que se reía de las verdades de los otros, escondía en esas risas complicidades a destajo, unas complicidades hoy puestas en pie por los tribunales de justicia. Ya no se ríe. Se le ahogó la carcajada como se nos hiela el aire de la respiración cuando leemos una historia tenebrosa de Lovecraft o Edgar Allan Poe. Ya no se ríe Marhuenda, ya no se ríe.

Y, sin embargo, saco aquí una cosa rara. O no tan rara. Lo siguen invitando, al imputado de las risas, a todas las tertulias televisivas. Si a los políticos imputados les exigimos que abandonen la política, ¿por qué a los periodistas imputados no se lo exigimos? El corporativismo -en este caso el corporativismo periodístico- es una forma de corrupción. ¿O no? Yo creo que sí.

La crisis económica maniató al periodismo con las ligaduras del cinismo, lo despojó de lo que ha de ser su identidad principal: la decencia de un oficio que siempre ha de mantenerse al lado de la verdad. Las empresas periodísticas no son sus periodistas. Pero demasiadas veces unas y otros se confunden y de paso confunden a quienes nos leen y nos escuchan. Malos tiempos para la lírica periodística. Ojalá vengan -más pronto que tarde, como decía Salvador Allende de las avenidas chilenas de la libertad- tiempos mejores para el periodismo. Y sobre todo para la gente que -a un lado y otro de lo que escribimos- lo hace dignamente posible. Ojalá vengan pronto esos tiempos. Ojalá.

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