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Un héroe de pacotilla en papel cuché

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La televisión se ha convertido en un estercolero. Huele que apesta. Las noticias no son noticias sino una invitación a que nos cortemos las venas delante de la pantalla. Los programas de debates políticos son una mala copia de Sálvame: no hay comparación posible entre Belén Esteban y sus imitadores Francisco Marhuenda y Eduardo Inda. Lo que vale es la bulla, gritar más que nadie, interrumpirse unos a otros para que quienes están viendo el programa no se enteren de nada. Un show. Lo que dice Vargas Llosa de la cultura: la cultura se ha convertido en un espectáculo. Pues claro que sí: empezando por él mismo, que sale a todas horas con su novia en el Hola y en otras revistas de los corazones cursis. Toda la televisión es un espectáculo de trazo grueso, repetido hasta la saciedad en sus programaciones gemelas, falto del rigor y la responsabilidad que como servicio público habría de exigirse a sí misma como norma de obligado cumplimiento.

Igual que hacen con los paquetes de tabaco, los del Ministerio de Sanidad podrían poner una advertencia en los anuncios publicitarios de la televisión: “ver la tele, mata”.

En la parte que me toca, apenas la veo. No me hace falta. Me entero de todo, aunque no la vea. ¿Y tú no has visto la entrevista que le hizo Jordi Évole a Juan Luis Cebrián en Salvados?, me preguntan los amigos. La respuesta es sencilla: para qué. Primero, porque ya sé lo que va a decir ese señor. Y en segundo lugar porque al día siguiente esa entrevista saldrá con pelos y señales en los chistes de wasap. Y no sólo lo que se dijo en la entrevista sino, sobre todo, lo que no se dijo. Porque ya se sabe que lo más importante de un relato no es lo que cuenta sino lo que esconde. Y aquí llego a lo que quería decir después de confesar mi escasa vocación televidente. No he visto un sólo capítulo de la serie Lo que escondían sus ojos. Ni siquiera sé si aún está en antena o ya acabaron todos los episodios. Pero me la sé casi de memoria. Ya dije antes que no hace falta ver la televisión para conocer al dedillo lo que hacen en todas las cadenas. Esa serie la pasan -o han pasado- en Tele 5 y trata del amor que juntó durante muchos años a Ramón Serrano Suñer y Sonsoles de Icaza, marquesa de Llanzol. Una historia de amor clandestino vivida en las entrañas mismas del franquismo. El encuentro en una fiesta de ringorrango los convirtió en una pareja más dinámica que la que formarían, años más tarde, Manuel de la Calva y Ramón Arcusa, el dúo musical que hacía mover con sus canciones las torpes caderas bailongas de mi adolescencia. La pasión desbocada. Las citas en un piso bien amueblado o en cualquier sitio, allá donde les venía la irreprimible impaciencia del apretón. Los dos estaban casados: él con Ramona ( Zita) Polo, hermana de Carmen Polo, la mujer de Franco. Ella con Francisco de Paula Díez de Rivera, marqués de Llanzol. Los dos tenían hijos cada uno por su lado. Lo que no sé si cuenta la serie de Tele 5 es que hasta tuvieron una hija sólo de los dos, una hija que el marqués de Llanzol asumió como suya para no perder sus privilegios ni incordiar la moral de una sociedad cerrada como la franquista y principalmente de la iglesia. Los detalles de folletín romántico siguen haciendo furor en esa aventura plagada de tópicos sentimentales: la hija común y un hijo de Serrano Suñer se enamoran locamente. Eso no es una historia de amor: ¡es la hostia de las historias de amor! Cuando ya están a punto de casarse, una tía de la novia y un cura cercano a la familia se ven obligados a contarles la verdad: ¡sois hermanos! La bomba. A llorar todo el mundo, como en Ama Rosa y aquellos viejísimos seriales radiofónicos de Guillermo Sautier Casaseca. Pero la cosa no acaba ahí. Al no poderse casar con quien quería, la chica se mete en un convento, como en una película de Sarita Montiel. Allí está unos meses, pero lo suyo no era la vida de monja. Abandona el enclaustramiento y se apunta de cooperante en África. Y después a París. La Sorbona. Los grupos tan distintos a sus orígenes en la corte rancia del franquismo. Otra vida. Una mirada diferente sobre el mundo. Finalmente regresa a España y se convierte en secretaria y mano derecha de Adolfo Suárez. Dicen las crónicas que Suárez y el entonces joven rey emérito se enamoraron como colegiales de aquella fascinante -en el lenguaje bíblico de las coplas sacramentales- hija del pecado. Al final la chica murió, después de ser diputada socialista en el Parlamento europeo.

Ahora esa historia -o parte de esa historia- la cuenta Tele 5 y la escritura de aquel tiempo se convierte en un deleznable ejercicio de falsedades a destajo. Porque Lo que escondían sus ojos destroza la verdad con una desvergüenza que pone los pelos de punta. Y es que lo que esconde la serie no es una historia de amor vivida fuera de las reglas hipócritamente pacatas de la dictadura. Eso es el envoltorio, el papel cuché que oculta lo más importante. El joven, guapo y seductor falangista Serrano Suñer fue uno de los tipos más sanguinarios del régimen que con mano de hierro gobernaba su cuñado. Gracias a ese gentil y apuesto enamorado que retrata la televisión miles de españoles republicanos fueron llevados a los campos nazis de exterminio. Era hitleriano hasta las cachas. Pero esos “pequeños” detalles no interesaban a los autores de la serie. Y aún menos, imagino, a Nieves Herrero, autora de la novela en que se basa el relato televisivo.

La memoria de este país sigue como una rana maltrecha dando saltos por las raíces del franquismo. No hay manera de que salga de ese cenagal donde siguen habitando el silencio y, después de ese silencio, el olvido que nombraba en sus versos Luis Cernuda. Un país en que Lo que escondían sus ojos triunfa en horario televisivo de máxima audiencia no puede ser un país normal. Imposible. Un país normal no puede ser un pozo de mentiras a la hora de contarse a sí mismo en la televisión o donde sea. La ley de memoria es una birria y, encima, lo poco que tiene de bueno no se cumple. La cultura de la memoria -gobierne quien gobierne- es la incultura del silencio y el olvido. ¡Cuánta gente de la que se planta o se plantaba delante del televisor para ver Lo que escondían sus ojos no tiene ni idea de quién era en realidad ese bien plantado mocetón que enamoraba, con su bigotito y pinta tiesamente aristocrática, a las mujeres que se movían en las cuchipandas franquistas!

La historia que se ha contado de este país fue una infame mentira durante el franquismo y lo siguió siendo durante la transición. Y ya ven ustedes: esa mentira se alarga hasta hoy mismo. Un nazi español que nunca renunció a sus ideas es encumbrado a las cimas de la heroicidad sentimental en una serie de televisión. No sé cuándo llegará el día en que, como escribía Leonard Cohen, la luz de alguna estrella ponga “del revés” a los héroes, nos los muestre en su auténtica dimensión de monstruos sin alma, los ponga definitivamente y sin escudos de ninguna clase frente a una verdad que para esos héroes de pacotilla habría de volverse rabiosamente insoportable. Pero eso: no sé cuándo llegará ese día. Si es que llega, claro. Si es que llega.

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