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Desigualdad más allá de lo material: el reto de compartir cariño.

La desigualdad va mucho más allá de lo material. Demasiadas niñas y niños en nuestra sociedad crecen sin el entorno afectivo idóneo, el que necesitan y merecen. Una experiencia muestra las oportunidades de que se abren en la vida de una niña a ravés del acogimiento familiar.

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Todas las niñas y niños tienen derecho a crecer en un entorno familiar y de afecto. El acogimiento familiar es uno de los recursos posibles. Imagen: TrasTando

Todas las niñas y niños tienen derecho a crecer en un entorno familiar y de afecto. El acogimiento familiar es uno de los recursos posibles. Imagen: TrasTando

Nada más empezar el acogimiento de Natalia, un día nos llamó emocionada su profesora para compartir la respuesta de Natalia en una actividad en clase esa mañana. A la típica pregunta de “¿qué vais a pedir a los reyes magos?” las respuestas en clase eran bastante uniformes: videoconsolas, muñecas, accesorios deportivos… Menos una, la respuesta de Natalia: “ quiero seguir siendo parte de una familia”.

Desde siempre hemos sabido que la vida es muy distinta dependiendo de dónde vengas, nazcas o crezcas. No todas las personas tenemos las mismas oportunidades ni lo mismos medios para sentir la dignidad que todo ser humano debe poseer.

Iguales ante todo, para todo y con todo; creemos que lo tenemos claro porque supuestamente conocemos la realidad y no vivimos con una venda en los ojos. Pero, de repente, resulta extraño cuando en el camino se nos presenta la posibilidad de proporcionar a una menor lo más parecido a vivir en una familia.

Habitualmente pensamos en la desigualdad desde una perspectiva material: diferencia de renta, de recursos, de oportunidades pero seguramente la más grave es la desigualdad de afectos, de cariños. Especialmente si repercute en menores. Y esta desigualdad es probablemente la más fácil de encontrar no muy lejos de la casa de cualquiera de nosotros.

El acogimiento familiar es un recurso socioeducativo fundamental, pero de los más complicados que tiene nuestra sociedad de bienestar. Cuando alguien “extraño” (extraño porque no lo conoces a pesar de que es miembro de tu familia desde el primer segundo) entra en tu vida, remueve todo tu entorno y afecta a tu grado de confort. Y ello implica compartir con otro/a todas las emociones y sensaciones que nos son necesarias para vivir. Consiste en dedicarte a impregnar de sentido la vida de una menor que sólo estará un tiempo en tu casa y en luchar cada segundo por hacer normal, sólo normal, durante ese tiempo la vida de la persona que tienes bajo tu responsabilidad. Es muy duro, real, lleno de contradicciones y de dilemas diarios, ¡pero a la vez tan satisfactorio!

Difícil tarea pero concienzuda y tozuda. De repente descubres que el día a día está lleno de trabas y dificultades cuando no eres una familia 'estándar': la escuela, el médico, los viajes, los papeles...¡Dichosos papeles!

Hacer que la infancia en un entorno de acogida sea igual que el resto de las infancias se descubre muy complicado.

Pero también es la experiencia más intensa y gratificante que hemos vivido. En todos los sentidos. Acoger nos ha ayudado a crecer como personas y nos ha sacado de nuestra vida cómoda diaria. Y aunque la rutina es a veces dura, el tiempo nos está demostrando que la huella que dejas y te dejan es indeleble de verdad.

Sabemos que lo que se cultiva con cariño, queda y genera vida. Y así sucede con un menor que tiene la oportunidad, aunque sólo sea durante un tiempo, de ser parte de tu familia; venga de donde venga y vaya adonde vaya, nunca dejará de ser de tu familia. 

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