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El abandono escolar: ¿un problema del siglo XXI?

El abandono escolar prematuro es uno de los principales retos del sistema educativo en nuestro país. Los factores de expulsión y atracción escuela-trabajo no se han compensado, dejando al descubierto una aguda desigualdad educativa que difícilmente se puede revertir con recortes, privatizaciones y pruebas que miden resultados sin comparar recursos y necesidades

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El abandono escolar prematuro es alto entre los jóvenes de origen extranjero y de clase trabajadora. La igualdad de oportunidades no es posible sin políticas de equidad. Foto de @Emigra_UAB

El abandono escolar prematuro es alto entre los jóvenes de origen extranjero y de clase trabajadora. La igualdad de oportunidades no es posible sin políticas de equidad. Foto de @Emigra_UAB

El panorama de la educación en España nos lleva a temer graves consecuencias para la economía y el modelo social. Especialmente si nos fijamos en las cifras de abandono escolar prematuro (AEP), es decir, la proporción de jóvenes entre 18 y 24 años sin formación postobligatoria ni estudiando para obtenerla, hayan obtenido o no el Graduado en ESO. La Unión Europea tiene establecida en su  estrategia de educación y formación 2020 el propósito de reducir al 10% este abandono, con una meta aún menos ambiciosa para España, que tiene el porcentaje más alto de la Unión.

En lo que llevamos de 2016 prácticamente no se ha conseguido reducir el problema, a pesar del elevado paro juvenil y de las políticas de ocupación y formación destinadas indirectamente a alentar el retorno al sistema educativo. Los factores de expulsión y atracción escuela-trabajo no se han compensado, y dejan al descubierto una aguda desigualdad educativa que difícilmente se puede revertir con recortes, privatizaciones y pruebas que miden resultados sin comparar recursos y necesidades.  

Este proceso tiene lugar y se agrava en un contexto de alta segregación escolar desde mediados de los noventa. En esa época coincidieron dos fenómenos que han acabado retroalimentándose: la implantación de una reforma educativa basada en la comprensividad –sin itinerarios selectivos- y la incorporación escolar de los hijos e hijas de la inmigración internacional.

La expansión de aquella reforma educativa fue posible con la ampliación de los conciertos económicos a las escuelas privadas. Pero esta medida, inicialmente temporal, se consolidó sin tener en cuenta la función social de cada escuela. Así, una reforma progresista diseñada por el PSOE, pero desarrollada por el PP, y sin un profesorado convencido y preparado, acabó dando lugar a una transferencia de recursos permanente hacia el sector privado y a la segregación por clase se añadió la segregación por origen nacional.

Los centros concertados vieron aumentar su demanda de plazas debido a la huida de los centros públicos por parte de la clase media y de algunos sectores de las clases trabajadoras. Los centros públicos escolarizaron desde el principio a la mayor parte del alumnado extranjero, pero las estrategias familiares para desmarcarse de entornos sociales considerados menos prestigiosos afectaron a ambas redes escolares. La preinscripción escolar revela año tras año esta competencia.  

Aunque existan notables excepciones según la oferta educativa disponible, las políticas locales y las prácticas de los centros, el efecto sobre la estratificación social derivada de estos procesos es alarmante. La tasa de abandono prematuro es un indicador clave: entre el alumnado nacido fuera de la Unión Europea prácticamente dobla la del conjunto de la población europea joven, y en España la diferencia es aún mayor. Además, el abandono prevalece también entre los jóvenes de segunda generación. Porque la igualdad de oportunidades no se produce sin políticas de equidad.

Sin embargo, la lucha contra la segregación y el abandono escolar es aún cortoplacista y sigue arraigada en la perspectiva del déficit. Por ejemplo, cuando se reclama la llamada "redistribución equilibrada de alumnado" – tratando al alumnado de origen extranjero como un problema a repartir; o bien centrando la intervención en la acreditación de la ESO como meta limitada para el alumnado de grupos socialmente vulnerables. Por ello se presta más atención a la segregación entre escuelas que a la segregación dentro de la escuela, aunque el impacto de esta última en el desarrollo de capacidades, relaciones y aspiraciones del alumnado sea mucho mayor.

Si la educación es una de las claves para superar las desigualdades y salir del atolladero económico en el que estamos sumidos, el camino es otro. Difícilmente se requerirá mano de obra poco cualificada, pero sí con capacidad creativa para llevar a cabo mejoras sociales sustanciales. Hace falta un compromiso con la población joven de los entornos desfavorecidos que restaure su confianza como productores de valor para el bien común.

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