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EXTREMADURA

El PSOE ante su gran encrucijada/Habermas y la decadencia del PSOE

"En otras palabras, el socialismo democrático, si no quiere convertirse en una ideología testimonial y obsoleta, debe apostar por el "mundo de la vida", por una forma de entender el día a día cercana, y alejada de la creciente burocratización y cosificación de las personas"

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Es más que patente que los partidos socialdemócratas europeos se encuentran en horas bajas. Pensemos en el laborismo británico con Jeremy Corbyn, el SPD alemán subordinado a la CDU de Ángela Merkel, el PS francés superado tanto por la derecha clásica como por el populismo islamófobo de Marine Le Pen, o un PSOE incapaz de recuperar la confianza y el espacio perdidos y sumido en una lucha fratricida por el poder y por la identidad.

Esta caída global no es un fenómeno reciente, ya que hunde sus raíces en la década de los ochenta, si bien es cierto que el siglo XXI ha agudizado dicho proceso de debilitamiento, entre otros motivos, por la crisis democrática que viene de la mano del desplome bursátil de 2008. Las tesis neoconservadoras  han sabido aprovecharse de esta situación que ha fracturado la sociedad para reforzar su justificación de la forma de vida capitalista y encontrar un notorio respaldo que se plasma en réditos electorales. Sin embargo, esta ideología, canalizada en partidos de derecha y centro-derecha, es cada vez menos tradicional en lo que a valores se refiere y más liberal en su primacía economicista, aplicando un frío "darwinismo socioeconómico" que olvida deliberadamente cuestiones como la defensa de los Derechos Humanos, la sanidad o la educación públicas.

"Más mercado y menos Estado" es su lema. En la base de esta actitud está una élite dispuesta a defender su posición con uñas y dientes que, curiosamente, recibe el beneplácito de grupos mediáticos muy heterogéneos. En otro plano, hallamos el resurgir de movimientos utópicos de clara inclinación izquierdista que penetran en la sociedad como respuesta ante periodos de crisis económica y debilidad política, proponiendo un proyecto que ocupa gran parte del espacio socialdemócrata más progresista. Es en este punto cuando, releyendo un pequeño ensayo de Jürgen Habermas titulado Política conservadora, trabajo, socialismo y utopía hoy, escrito en 1983, observamos la lucidez de un autor que ya reflexionó hace más de treinta años sobre los problemas con los que se encontraría el centro-izquierda y, en segundo lugar, que dichos problemas lo asedian ahora con más intensidad que nunca.

Por ello, creemos conveniente volver al pensador nacido en Düsseldorf para analizar las causas de dicha decadencia y sus posibles salidas. Por una parte, la socialdemocracia no debe olvidar sus orígenes ni dejar pasar por alto que en las sociedades  contemporáneas representa y encarna los éxitos del Estado Social, cuyo objetivo primordial ha sido siempre que las trabajadoras y los trabajadores ganen lo suficiente y obtengan la suficiente protección por parte del Estado para hacer frente a los desequilibrios e injusticias que ocasionados por el capitalismo. Es preciso recordar a izquierda y derecha que los logros alcanzados por la ciudadanía han ido de la mano del fortalecimiento de un Estado Social y Democrático de Derecho de clara impronta socialdemócrata; mantener el valor simbólico de determinados logros, como la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, la defensa de la educación pública o los derechos de los homosexuales es uno de los motivos por los que el proyecto socialdemócrata debe reivindicarse frente a una pérdida de memoria interesada que pretende anular o dar por superados dichos avances. Ahora más que nunca, la socialdemocracia debe reforzar sus raíces de cara a la opinión pública.

En segundo lugar, no podemos obviar que la socialdemocracia vive una profunda crisis de identidad. Sometida a fuertes tensiones internas, debates identitarios, contradicciones territoriales, deserciones y movimientos alternativos como el ecologismo, los grupos animalistas, las actitudes antisistema y los desencantados con la izquierda tradicional, acotan su espacio y quebrantan su hegemonía. Como respuesta, debe poner de relieve su apuesta por eliminar o, al menos, reducir, las injusticias; plantar cara al individualismo neoliberal en favor de formas de vida solidarias y defender decididamente la diversidad de identidades religiosas, sexuales, culturales y raciales, el pluralismo, en definitiva. Como indica Habermas, desde sus comienzos, el socialismo ha significado, primordialmente, saber lo que no se quiere y defender la dignidad humana a través de los mecanismos del sistema democrático. Y si pretende mantener un papel decisivo en el presente y en el futuro político y social, no puede perder esa referencia, su identidad más sólida y definida.

Por ello, la socialdemocracia española debe ofrecer respuestas comprometidas ante problemas como el paro estructural, el salario mínimo o el futuro de los jóvenes universitarios; recuperar el electorado fiel que se forjó en los años posteriores a la Transición y hacer todo lo posible para que en las actuales sociedades del trabajo en las que, paradójicamente, el trabajo está desapareciendo (como así lo expresa el sociólogo Dahrendorf),  la ciudadanía deje de ver el futuro con miedo e incertidumbre; tiene que asimilar que actualmente la política económica desarrollada por John Keynes ya no hace posible el equilibrio ascendente entre el desarrollo económico y el bienestar social, sobre todo en lo que respecta al pleno empleo y a la calidad del mismo. Así, le urge buscar vías alternativas que salvaguarden, ante todo, las condiciones básicas de dignidad tanto de las personas empleadas como desempleadas.

En otras palabras, el socialismo democrático, si no quiere convertirse en una ideología testimonial y obsoleta, debe apostar por el "mundo de la vida", por una forma de entender el día a día cercana, y alejada de la creciente burocratización y cosificación de las personas. La socialdemocracia europea, con el PSOE a la cabeza, se encuentra ante una compleja encrucijada a derecha e izquierda.

A derecha, tiene que hacer frente a una visión individualista de la ciudadanía que reduce todo bienestar a beneficios de mercado y datos macroeconómicos, que restringe la esfera de lo público para ocultar todo desencanto (pensemos en la limitación del derecho de manifestación) y que goza del respaldo inquebrantable del voto conservador y de los sectores económicos más influyentes. A izquierda, parar la sangría que producen los discursos directos capaces de aglutinar a la masa de damnificados por la crisis. El reto es recuperar el favor de una clase media muy debilitada y del grupo cada vez más amplio de personas empobrecidas, marginadas y alejadas de las esferas de influencia, decisión y poder. Pensar en el mañana pero también mantener vivo el recuerdo activo de la conciencia histórica de lo conseguido y lo malogrado. Todo ello sin perder su apuesta por la transversalidad, el diálogo y la libertad que siempre caracterizaron al centroizquierda. De las decisiones que tomen sus dirigentes de ahora en adelante dependerá su futuro que, nos guste o no, también puede ser el nuestro.                                                                                                     

* Profesor de Enseñanza Secundaria en Extremadura y Doctor en Filosofía con Mención Internacional. Recientemente ha publicado el libro El ocaso del optimismo (Ediciones Biblioteca Nueva, Madrid, 2016).   ** Profesor de Enseñanza Secundaria en Extremadura y Doctor por la U.N.E.D.  (Prog. Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia) especializado en "sexualidades".

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