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EXTREMADURA

Opiniòn

Trump y Lenin. 99 años de distancia

"Lo de ahora se parece mucho a lo que ocurría en Europa (y en el mundo) hace exactamente 99 años. Lenin y Trump son los dos personajes que quiero confrontar o comparar, por extraño que pueda resultar. ¿Tienen algo en común Lenin y Trump?: Sí. Ambos se preguntarán '¿Qué hacer?', ahora que se encuentran con un poder que no esperaban"

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EFE

Desde meses antes de que se celebraran las últimas elecciones dije que Trump podría ganar las mismas (“La celada Trump” se publicó en este diario pocos días antes de que Rubio abandonara la carrera tras la visita de Trump a Florida) pese o acaso gracias a la enemiga que le mostrara el “aparato” del Partido Republicano, que no lo quería puesto que no lo controlaba, pero que tampoco podía renunciar al tirón popular del personaje.

Así, el GOP (Great Old Party) se vió atrapado en sus propias contradicciones:  Los republicanos no quieren reconocerse a sí mismos, y entre el Tea Party y este Trump estrambótico tienen armada la tragedia de su ideología falaz, el neoliberalismo insolidario y tramposo, que permite y posibilita que personajes sin escrúpulos se enriquezcan hasta la obscenidad en la “búsqueda natural del beneficio”, a pesar de que esos comportamientos no puedan integrarse y resolverse en un esquema ético como el que debe aplicarse cuando se habla de la noble función de la política en la sociedad. Una política que puede tener un cierto margen de engaño o de simulación, pero que si no tiene un fundamento ético, se destruye a sí misma.

En esas estamos; el propio Ryan (speaker del Congreso) tuvo que salir en defensa de esos valores éticos que Trump atacaba a fuerza de exacerbar el individualismo. Es obvio para cualquier persona de buena intención que Nueva York, por ejemplo, no es grande por el tamaño de sus rascacielos sino por el tamaño de Central Park y por la ordenación que surge del respeto a las leyes. Sin un marco público ordenado, decente y respetado, no hay sociedad que merezca tal nombre. Y eso implica la colaboración y no el enfrentamiento permanente que Trump y “su escuela” proponen.

A fin de cuentas Trump ganó las elecciones porque una mayoría de sus ciudadanos así lo han querido y las diferencias entre el voto popular y el sistema de Colegio Electoral que usan allí es irrelevante a los efectos que me ocupan ahora. Esa victoria va a suponer una profunda revisión de las estrategias de los dos partidos principales en E.E.U.U. El Partido Republicano tiene el problema de que ha ganado alguien que está en “contra” de sus propias posiciones y el partido Demócrata, por no  haber sido capaz de desmontar una candidatura tan histriónica como la de Trump y haber perdido varios millones de votos (y muchas franjas y sectores importantes de población) en este proceso. El principal fallo que pronto detectarán los estudiosos podría ser precisamente el hecho de que los demócratas han perdido su discurso social al aceptar el discurso neoliberal en sus elementos principales, en lo que en Europa vendríamos a llamar “socio-liberalismo”, que también está presente en cierta “izquierda” de los Estados Unidos.

Pero todo esto serán problemas a medio plazo. Ahora tenemos una situación urgente (Trump en la Presidencia de la primera potencia mundial) y disruptiva que conviene analizar. En mi perspectiva lo de ahora se parece mucho a lo que ocurría en Europa (y en el mundo) hace exactamente 99 años. Lenin y Trump son los dos personajes que quiero confrontar o comparar, por extraño que pueda resultar. ¿Tienen algo en común Lenin y Trump?: Sí. Ambos se preguntarán “¿Qué hacer?”, ahora que se encuentran con un poder que no esperaban... Incluso algunos periodistas hablan de “purgas stalinianas” para referirse a los cambios que hará Trump en la Administración norteamericana a partir del 20 de enero, tal es la fuerza simbólica de la revolución rusa y sus consecuencias aún vivas en el pensamiento político actual, pese a todas las protestas que haría cualquier teórico que haya defendid el “fracaso del socialismo”.

Pero veamos los antecedentes de uno y otro: los antecedentes de Lenin hay que buscarlos en los pensadores utópicos y pre-socialistas y en otros teóricos de los siglos XVIII y XIX, que no hace falta mencionar pues su potencia está en la historia de la filosofía y la política universales, pero que nunca llegaron a gobernar, Lenin sería un “producto”, un hijo, del socialismo teórico y a su vez se convirtió en padre de lo que se llamó luego “socialismo real”.

En cambio Trump proviene, ideológicamente hablando, de los liberales históricos y especialmente de los neoliberales reaganitas del siglo XX, “triunfantes” sobre el socialismo (“Remember Berlín” cabría decir). Por tanto Trump sería el “producto” último y más acabado del neoliberalismo y de su búsqueda o reclamo principal: la cuasi-eliminación del Estado en lo que tiene, en su opinión, de negativo para la “iniciativa individual”. Todo “socialismo” debe ser destruido desde su perspectiva.

De modo que tenemos a un Lenin que es en sí mismo un “teórico” con valores éticos y filosóficos, autor de varios libros sobre la temática social de su tiempo, que se ve “obligado” a entrar en la realidad del gobierno de un inmenso imperio, con todo lo que eso comportaría. De hecho “inventa” el socialismo y los epónimos de Lenin no se llamarían a sí mismos “leninistas” sino “socialistas”, y ahí siguen, 99 años después. La reciente desaparición de Castro ha traído a colación de nuevo conceptos tan discutidos como “dictadura” y si son comparables unas y otras, sean “de partido” o individualizadas. Volveremos sobre esto en otro momento.

Las consecuencias de aquella “carambola” histórica que el propio Lenin explicara en el libro “Qué hacer”, fueron que emergiera un mundo mejor, socialista y por tanto solidario, con el altruismo y el sacrificio como valores éticos a defender, y esto dicho con todos los matices que queramos añadir: el hecho es que Lenin “se encuentra con el poder”, a causa de una horrible guerra colonialista global, y tiene que ejercerlo en un Estado absolutista zarista, en manos de nobles y burgueses, que se ve obligado a desmontar para asegurar los derechos de los débiles, algo que consiguió pese al poco tiempo que estuvo en el poder y las circunstancias del entorno. En los pocos años desde 1917 hasta su muerte, Lenin sentó las bases para que el socialismo creara un mundo nuevo, para miles de millones de personas, primero en la Unión Soviética y luego en China (donde acaban de anunciarse avances científicos que colocan a esta nación en el liderazgo mundial en muchas disciplinas) y otros países, en los cuales la servidumbre, la esclavitud y la explotación colonialista desaparecieron o se mitigaron a lo largo del siglo XX, pero en el que las inercias sociales de los sistemas humanos llevan a veces a que, por ejemplo, pocos años después de la muerte de Lenin una buena parte del pueblo ruso volviera a llamar “Padrecito” a Stalin: el mismo apelativo que daban al Zar...

Contradicciones difíciles de resolver las que anidan en lo más profundo de la psicología social. Esas contradicciones que sirven también para explicar el “caso Trump”, en el que parece que las capas más desfavorecidas de la población norteamericana (“white blue-collars”, por ejemplo) han optado por votarle para la Presidencia.   Donde Lenin era un teórico sin experiencia de gobierno, Trump es un “práctico” (y muy práctico, parece) del capitalismo neoliberal, que parece que maneja bien los libros de cuentas y las cuentas de valores. Otros “valores” parece que hoy no cotizan. Y los epónimos de Trump (los que le aúpan y le jalean en su aislacionismo y en su “patriotismo” insolidario) tampoco se llaman “trumpianos”. No tienen nombre propio y se denominan “antisistemas”, “racionalizadores del gasto”, “antiglobalizantes” u otras lindezas, según los países y en todo caso para ocultar sus falacias. ¿Qué poso dejarán en la historia estos personajes, que no hayamos visto ya?

Esas visiones tendrán como consecuencia, me temo, un mundo deshecho, individualista y por lo tanto insolidario, con el egoísmo y la avaricia como motores. Insostenible, pues no hay una ideología coherente y viable que los sustente, que no sea culpar “al otro”, sea este quien sea. Trump también se “encuentra con el poder” quizá sin quererlo y desde luego sin la preparación necesaria para ser un “líder mundial”, a lo que renuncia de facto y de iure desde las propias primarias (su “América” no es ni siquiera la de Monroe) y llega porque hay una guerra global no declarada que aterroriza al americano “medio”, y ha de administrar ahora un Estado formalmente democrático, en el que no cree ni lo quiere, y que es proveedor de derechos ciudadanos, pero que está en manos de insolidarios falaces y demagogos (un “Establishment liberal” que gasta un 15% de sus recursos en gastos militares mientras clama para “reducir el papel del Estado en la economía”) .

De los tiempos y gracias al trabajo de Lenin surgió un mundo mejor, y 99 años después puede decirse alto y claro. Esa es la herencia de Lenin y del socialismo. Pero ese mundo mejor que se “descubrió” en 1917 en Europa y para el mundo no llegó a Estados Unidos.  En Estados Unidos el “socialismo” se cercenó de raíz al encontrar unas fuentes de “progreso” distintas, que se alimentaban de las miserias del resto del mundo, al que por lo general se ignora o se desprecia por parte de muchos de sus “grupos de interés”. Sanders y otros políticos o pensadores similares son flores en un desierto de insolidaridad y patriotismo mal entendido.

Lenin acabó con el Estado zarista o lo reconvirtió por completo, pero ahora cabe preguntar: ¿Logrará Trump “acabar” con el Estado al que tanto ataca, para “hacer más negocios”, o se impondrá el aparato de ese Estado y las inercias sociales que comporta toda sociedad, y que en el caso norteamericano se orientan hacia la libertad y el respeto a los derechos individuales y colectivos de los ciudadanos?.

Estas son alguna de las similitudes y diferencias entre dos personajes a los que la historia ha colocado, con 100 años de distancia, al timón del mundo, aunque Trump acaso ni lo sospeche. Pero en seguida lo aprenderá: el primer gobernante en visitarle ha sido Shinzo Abe, un político japonés que sabe “latín” y un antiguo secretario de Estado tan importante como Henry Kissinger. No le van a faltar asesores y si se equivoca no podrá alegar desconocimiento. Habrá alevosía y premeditación, no lo dude nadie.

Mi pronóstico para lo que vaya a suceder en los próximos meses (cien años “no es nada” pero un año puede cambiar por completo el destino del mundo) es que el neoliberalismo que encarna y del que surge Trump ha alcanzado su climax político y caerá, y con mucho estrépito, en pocos años.

Concluyo e ilustro el tema, a modo de ejemplo, con un asunto central para nosotros: si la Unión Europea consigue liberarse de sus propios “pseudoliberales” y mantiene su apuesta por la paz, la colaboración entre las instituciones y las personas en un marco de Estado de bienestar y de derecho, lejos de toda violencia y de toda coerción, y la socialdemocracia mantiene sus postulados originarios y sus equilibrios entre derechos y deberes de los ciudadanos y del Estado, dentro de 100 años el mundo será de nuevo mejor de lo que es hoy, como el de hoy es mejor que el de hace 100 años. Pero si Europa se deja arrastrar por las mentiras neoliberales, las trampas de los belicistas y la locura de Trump, este y sus epónimos desaparecerán, no sin antes hacernos sufrir mucho, pues el egoísmo y la avaricia son conceptos insostenibles en un mundo razonablemente bien organizado,

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