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Tres novedades del cuarto fantástico

Se publican al tiempo los últimos libros de Manuel Moyano, Juan Jacinto Muñoz Rengel y Ángel Olgoso.

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En uno de los capítulos de mi libro de entrevistas La familia del aire recogí tres entrevistas a escritores unidos por su cultivo del cuento fantástico. El cuarto fantástico se titulaba aquel segmento integrado por Ángel Olgoso, Manuel Moyano y Juan Jacinto Muñoz Rengel. Los nuevos proyectos de todos ellos coinciden ahora en las librerías. El azar los ha reunido en las mesas de novedades y yo, por mi santa voluntad, los uno en esta entrada de blog.


De los tres, el único que ya he podido leer es Travesía americana, de Manuel Moyano. El cordobés gusta de escribir cuentos, microrrelatos, alguna novela, pero posee también una panoplia de libros inclasificables, entre el ensayo y el libro de viajes, que no hacen más que dar cuenta de su pasión por el ser humano, al que ve siempre con esa distancia tan suya, irónica, nunca asombrada por el extraño comportamiento del prójimo, siempre comprensivo hacia las rarezas de nuestra especie – La memoria de la especie se llamaba uno de esos libros, buenísimo, otros son Dietario mágico o Galería de apátridas-. El libro que ha publicado la editorial Nausícaä es el relato sencillo de un viaje familiar en un Chevrolet plateado desde San Francisco hasta Nueva York, cruzando por su mitad los Estados Unidos. No espere el lector grandes aventuras. Si acaso lo más increíble de todo lo que le ocurre a la familia Moyano es el increíble tute de kilómetros que se meten en el cuerpo a lo largo de un mes, en su afán por doblegar un recorrido soñado a través de veintidós estados y cuatro husos horarios. El resultado es un libro cruzado por la pasión por el cine y la literatura. Así, la visita a los lugares donde se han rodado famosas películas como Encuentros en la tercera fase o Único testigo deviene reconocimiento de que los grandes tótems de Estados Unidos son los relacionados con su cultura popular. Moyano satisface también su mitomanía literaria visitando las casas de Thoreau, Hemingway, su adorado Lovecraft -escandalizado del poco afecto que sus paisanos de Providence sienten hacia el raro H.P.- y sobre todo el bungaló donde vivió uno de sus escritores preferidos -desconocía la pasión de Moyano por él, y me ha sorprendido-: Charles Bukowski. El 5124 de la avenida De Longpre, en Los Ángeles.

El libro se completa con fotografías y dibujos hechos por el autor. Travesía americana hace de su falta de pretensiones su mayor aliado. En el prólogo anuncia que "no se recogen hechos espectaculares, ni reflexiones profundas cuyo único fin sea poner de relieve la agudeza del autor". Es en la prosa limpia de su autor, en su mirada descreída y nunca soberbia hacia unos alrededores que sentimos haber visto alguna vez, siquiera en alguna película, en su mirada de cuentista hacia las cosas pequeñas de los países grandes, donde este libro halla su encanto y los lectores, el disfrute.


Juan Jacinto Muñoz Rengel ha tenido un gran éxito con su primera novela, El asesino hipocondriaco, publicada el año pasado en Plaza y Janés. Varias ediciones e inmediatas traducciones al francés, el italiano y el turco han hecho de ese libro una de las sorpresas de dos mil doce. Un año después, aparece su nueva novela, El sueño del otro, protagonizada por un profesor de instituto, Xavier Arteaga, que sueña cada noche que es André Bodoc, un director de informativos. Éste, a su vez, sueña que es el otro. ¿Quién es el sueño de quién? ¿Dónde está el lado fiable de la realidad? Trama fantástica que a buen seguro servirá para que Muñoz Rengel disfrute enredando, como buen amante de los clásicos del género, y filosofeando, como es su formación y fue su profesión antes de lanzarse en esta insensatez de la literatura por la que da pasos nada tibios. Los amantes de las paradojas que hayan leído sus estupendos cuentos en De mecánicas y alquimias o su novela anterior sabrán a qué tipo de historias me refiero y lo mucho que invitan a leer esta nueva novela, a la que pronto le hincaré el diente.


No podía dejar de mencionar en este blog a uno de sus clásicos. He dado cuenta de sus novedades –incluso de textos inéditos como esos haikus de Izumique, creo, pronto podremos leer editados- desde que tuve la oportunidad de leer aquel libro misterioso y fascinante que su autor, al que entonces no conocía, tuvo a bien enviarme: Los demonios del lugar. El granadino Ángel Olgoso acaba de publicar en Menoscuarto su nueva colección de cuentos, Las frutas de la luna. Concluida esa especie de trilogía involuntaria que han formado, junto a los demonios mencionados, Astrolabio y La máquina de languidecer, y que me parece pura excelencia –la palabra que resume la búsqueda literaria de su autor y que rige su trabajo-, confieso que siento cierto temor a morder estas frutas nocturnas. Hay miedo porque temo que los nuevos cuentos de Ángel no me gusten tanto como los anteriores, porque he disfrutado tanto con sus libros que sé que es difícil contentarme más de lo que aquellos lo hicieron. Soy muy tremendo, lo sé, y no pido disculpas por ello, pero como tengo el libro aquí, a mi lado, y todavía no me he atrevido a abrirlo, ni tampoco sé cuando venceré ese temor irracional, lovecraftiano, doy aquí cumplida razón de su existencia. Temo, pero también aguardo.

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