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Mi candidato para Último Escritor de la Historia de la Literatura


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Todo termina un poco antes de que efectivamente termine: hay un epicentro del final, un origen crítico, el principio de la cuesta abajo. A lo mejor la Literatura ya se ha acabado y en Barcelona no se han dado cuenta.

Este final no significaría que ya nadie escribiera libros: quizá se escribieran más libros que nunca, pero libros epigonales, de figurantes mas que de autores, como cuando los operarios que suben al final del concierto a recoger las guitarras tocan un par de acordes mientras el público abandona la sala.

Reflujo, réplicas, resonancias irrelevantes.

Si así fuera, si la Literatura estuviera muerta, habría que ponerle el punto final a su Manual específico, al útimo Tomo de su Historia; encontrar un autor a partir del cual ya no hubo más autores, una obra a partir de la cual todas las obras fueron restos del gran banquete, sobras estéticas.

¿Cómo sería ese autor?, se pregunta uno de lunes. ¿Potente, americano, vivo, francés, poeta? No, poeta no. ¿ Kafka? ¿ David Foster Wallace? ¿ Mara Torres?

Tendría que ser un autor cuya obra misma indicara la disolución de un arte, el literario; un autor que hubiera escrito una novela que fuera a la vez todas las grandes novelas del pasado, las amplias narrativas olvidadas; y, también, un autor que nos hablara del presente, su presente, que fuera contemporáneo de la propia desaparicion de la Literatura.

¿Candidatos? Después de Beckett, ¿quién? Después de Franzen, ¿quién? ¿No habrá acabado la literatura de hecho antes de Franzen? ¿Antes de Enrique Vila-Matas? ¿Un par de días después?

Mi candidato para Último Escritor de la Historia de la Literatura, es decir, para ser el último nombre perdurable, a partir del cual sólo es posible leer hacia atras, hacia Homero, es, tachán, David Markson (1927-2010). Con él, señores, acabó todo.

David Markson pone el punto final a la Historia de la Literatura con cuatro libros que son, en efecto, todos los grandes libros del pasado y, al tiempo, la única literatura de hoy: La soledad del lector (1996), Esto no es una novela (2001), Punto de fuga (2004) y La última novela (2007). Hasta los títulos refuerzan su candidatura.

Se hable de lo que se hable en los periódicos y blogs acerca de cómo ha de ser la novela de nuestro tiempo, se habla de David Markson. Síntesis, fragmentariedad, formas breves; autoficción, autobiografía, metaliteratura; metatexto, internet; enfermedad: todo está en La soledad del lector, en Punto de fuga.

Ninguna editorial de España ha traducido de momento la tetralogía final de David Markson. Destino publicó en 1989 La amante de Wittgenstein, una novela en la que ya se utilizaban los recursos y planteamientos que veríamos en las cuatro obras de las que hablamos, y que sólo pueden leerse en español a la mitad: la editorial argentina La bestia equilátera ha publicado hace poco La soledad del lector, y la mexicana Verdehalago Punto de fuga. Si algún sello nacional osara traducir los cuatro libros -en un solo tomo, por favor- próximamente nos haría un gran favor.

Yo he leído Punto de fuga en la edición de Verdehalago y Reader's block en su edición original. Os cuento lo que he visto.

He visto la luz.

Y, aparte, he visto una evolución o añadido a esa línea de literatura menor -y encantadora- que se remonta a los aforismos de Lichtenberg (en un poner) y que gambetea los siglos y los diarios hasta pulverizarse en propuestas como Novelas en tres líneas, de Fénéon, Me acuerdo, de Brainard, o Autorretrato, de Levé. A ese discurso puntual y contenido, netamente autobiográfico, se suman La soledad del lector y siguientes.

Markson escribe su autobiografía sin narrarse apenas, porque su vida en la Tierra fue leer y enfermar, algunas mujeres y algunos libros escritos entre medias. Por eso, su autobiografía parece un almanaque de citas literarias, datos morbosos y curiosidades de toda laya; lo que queda de su vida, ya setentón, es casi exactamente lo que le quede de tanto leer; y de leer, todos lo sabemos, no quedan las tramas ni tan siquiera una sola obra que nos sepamos palabra por palabra, quedan "residuos", rebaba llamativa.

De eso se compone La soledad del lector, Punto de fuga y, supongo, los dos restantes cuartetos de la tetralogía.

Markson establece que para ir de un sitio a otro narrativamente no hay que contar cómo es la calle y, luego, cómo van vestidos los personajes, qué piensan, qué vivieron; no; en la narrativa de Markson se va de un sitio a otro por el pasillo de la cultura, apreciando al paso detalles sobresalientes en los cuadros de la pared.

Una sola frase basta para convertirnos en literatura. Lo demás se da por hecho.

La marquesa salió a las cinco, por ejemplo. Balzac, Válery, Cortázar, Trapiello... ( más)

Markson termina el debate sobre si se pueden escribir novelas de manera funcionarial haciendo suyo el cliché, cuando escribe:

Protagonist went out at five?

En esta pregunta, Markson se ahorra doscientas páginas de prosa -ojo- postmoderna.

Todo en sus libros supone un atajo, un sobreseimiento.

Leer a Markson, por tanto, es interminable. Sus cuatro libros aquí alabados no son muy distintos entre ellos, pero su lectura no arroja sentidos concretos, ni siquiera sentidos idénticos para todos los lectores. Leerlo es como empezar con la Odisea y tratar de seguir por sobre todas las obras maestras de la Historia de la literatura hasta el final: no acabaría uno nunca.

Por eso, Reader's block y sus hermanos autobiográficos bien podrían ser el punto final a la producción de literatura, y el principio de un tiempo sin escritores, donde ya sólo leer lo escrito sean práctica y labor específicamente literarias, pues David Markson viene a avisarnos de que quizá ha llegado el momento de decir adiós.

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