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REGIÓN DE MURCIA

La gran meada

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En “La Juventud”, de Paolo Sorrentino, la trascendencia de las grandes fatigas humanas se habla con el lenguaje trivial y fútil de lo cotidiano.

Fred Ballinger y Mick Boyle, dos amigos veteranos, están en esa ración de la vida en la que lo pasado gana a lo futuro en cantidad, y también en calidad. Hospedados en un hotel en los Alpes suizos, donde gastan las vacaciones, Fred y Mick visten sus tristezas con un entorno exuberante, como para que salgan perdiendo en la comparación y se hagan más pequeñas.

“La Juventud” es una muestra natural, el resultado de meter la mano en el saco de lo que todos somos, revolver un poco, y extraer de ese Todo una parte que, aun siendo parte, nos evidencia.  

Niños, viejos, pensadores, vividores, ídolos venidos a menos y mediocres venidos a más, cuerpos exprimidos, cuerpos excesivos… actores de reparto en las vidas de Ballinger y Boyle, que los observan casi por accidente.

La aceptación de sus pobrezas es más fácil en ese momento y en ese lugar, porque las pobrezas de los demás les acompañan, igual de endémicas y fatigosas.

Cada día, los dos viejos amigos se preocupan por la salud de sus próstatas respectivas. “¿Has meado hoy?”, pregunta uno. “Más o menos”, responde el otro. Es el ensalzamiento de la miseria física y su normalización.

“Hoy estoy feliz”, le notifica Fred Ballinger a su amigo uno de esos días. “He echado una gran meada”.

Mear es excelente, y a la vez lamentable. Es la noticia que cuenta el que ya no tiene nada que contar. Una manera vulgar de sacar a flote los miedos más hondos del que habla. Sí, no tener nada que contar da miedo, y significa que: o es usted demasiado viejo para contar, o es usted un ignorante. O las dos cosas, si es que es posible ser viejo e ignorante al mismo tiempo.

Si mear le parece noticioso porque es viejo, y no cuenta nada salvo los días, entonces sepa usted que no hay solución posible.

Si mear le parece noticioso porque es un ignorante, le invito a que reflexione, en la medida de sus posibilidades.

Puede que su ignorancia no se limite a sí mismo, si no que afecte a otros menos ignorantes, pero sujetos a la ignorancia suya, de usted.

Puede que haya algunos que piensen que es usted de verdad ignorante, y no se sientan siquiera ya ofendidos por su ignorancia. No decepciona del que nada se espera.

Puede que haya otros que piensen que, en realidad, usted no es ignorante. Puede que lo consideren una táctica astuta y defiendan su ignorancia aparente.

Puede que haya personas esperando a que usted un día se despierte y deje de ignorar, y deje de hablar en el idioma de los ignorantes, y deje la micción a un lado y se ponga a trabajar en cosas menos individuales, y más de todos.

Puede, incluso, que no sea usted el único ignorante, si no que trabaje con otros como usted. Que se pregunten todos los días si han meado. Que su ignorancia, de usted, y la suya, de los otros, se retroalimenten. Para esto, ustedes usarán con seguridad el término feedback.

Puede que haya situaciones irresolutas que dependan de usted, y de los otros ignorantes, para desencallarse. Para ventilarse y zanjarse. Puede que su ignorancia las esté ignorando. Y puede que esto sea malo para otras personas, que no ignoran tanto.

Puede que esas situaciones sean malas también para usted. Pero, claro, lo ignora.

Puede que su ignorancia tenga la cualidad de la expansión y esté creando más ignorantes, a los que cada vez les importa menos todo.

Piense en todo esto, si su ignorancia se lo permite, y resuelva si quiere usted seguir o no ignorando.

A lo mejor, ¿quién sabe?, lo ignoro, deja usted de repente de ignorar, y otros con usted, y nos sacuden lo que tenemos encima.

Esto que tenemos encima lo expulsaron ustedes, los ignorantes. Un día llegaron con una sonrisa, y nos contaron lo que cuentan los que ya no tienen nada que contar.

Esto que tenemos encima no pasa muy a menudo. Por eso, cuando pasa, ustedes, los ignorantes, lo trillan y lo dejan macerar. Lo dejan que empape.

Esto que tenemos encima, lo ignoremos o no, es el producto de su miseria y su miedo.

Esto que tenemos encima, si usted me permite, es una gran meada.

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