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Cuando te pierde el ingenio

Este rollo de las redes sociales y sus servidumbres, tal y como está montado en la actualidad, comienza a cargarme más que un tonto con un megáfono.

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Algunas personas se pierden por un golpe de ingenio. Es droga dura de la que no son capaces de abstenerse manteniendo la boca cerrada o el teclado quieto. Por soltar una ingeniosidad más o menos brillante, hacer un juego de palabras de sarcasmo cruel o apañar un chiste faltón, se meten en problemas por la ausencia de oportunidad de la gracia o su carga insultante en un ambiente de hostilidad manifiesta. Los ocurrentes a cualquier precio son como los pilotos de caza que atacan en condiciones suicidas. En medio de una tormenta pavorosa y rodeados de un enemigo muy superior en número lanzan el misil cueste lo que cueste. Por ejemplo a Quevedo le podía a veces el ingenio y se metía en serios líos por dar rienda suelta a su rapidez mental. Incluso su literatura se resiente un poco de un exceso de ingeniosidad, que nunca ahorra ni atempera.

Si se me ocurre la gracia, la suelto, porque si no reviento. Le pasó a un tuercebotas que conozco muy bien. Un día, en una tasca de adláteres de ETA ─corría 2002; tiempo de plomo con dianas muy diversas y multiplicables─, el tuercebotas, bien pedo, le dijo al dueño y a toda la agreste parroquia del bar, refiriéndose al cartel en la pared de fotografías de presos, separados los retratos por cuadrados de colores en un orden irregular, que a ver si podía rascar alguno de esos recuadros por si le salían tres presos en raya y tenía premio. El premio se lo fueron a dar en efectivo dos chavalotes del fondo de la barra que tenían a sus viejos en el maco royendo barrote. El dueño del tugurio evitó al tuercebotas, por ser cliente habitual, la mano de hostias, pero lo echó del local de por vida, sin posibilidad alguna de remisión de la pena de deportación hostelera.

En Twitter, que frecuento poco -resulta ya obsesivo oír a todas horas por la calle el silbidito ese odioso en los móviles indicando que se acaba de recibir un 'tuit'-, observo a veces estos desbarres del ingenio. El ingenioso de turno suelta el comentario o la apreciación graciosa y no parece importarle que esta pueda llegar a ojos de quien es objeto de su golpecito de ingenio.



En Twitter, que frecuento poco ─resulta ya obsesivo oír a todas horas por la calle el silbidito ese odioso en los móviles indicando que se acaba de recibir un 'tuit'─, observo a veces estos desbarres del ingenio. El ingenioso de turno suelta el comentario o la apreciación graciosa y no parece importarle que esta pueda llegar a ojos de quien es objeto de su golpecito de ingenio. Me refiero a los que escriben las gracias con su nombre. Los que se escudan en pseudónimos como Jack el Destripador o Mi Puta Calavera gozan de patente de corso para insultar con total impunidad. Este rollo de las redes sociales y sus servidumbres, tal y como está montado en la actualidad, comienza a cargarme más que un tonto con un megáfono.

Terminaré el artículo refiriendo un alarde de ingenio de los buenos, de los de la ironía inteligente. Quizá alguno de mis improbables lectores ─como dice Manuel Rodríguez Rivero─ no lo conozca. Una dama laborista le dijo a Churchill: "Sir Winston, si usted fuera mi marido le echaría cianuro en el té". A lo que Churchill respondió con brillantez y presteza: "Señora, si usted fuera mi esposa, probablemente me lo tomaría".

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