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Concha Espina, el refugio de la escritura

La escritora cántabra Concha Espina fue una de las principales figuras literarias de España a comienzos del siglo XX. Sus obras, apegadas a la tradición realista, fueron muy apreciadas por el público y le valieron numerosos reconocimientos.

Fue finalista del Premio Nobel en tres ocasiones y en 1926 perdió por un único voto. A lo largo de su carrera recibió el Premio Nacional de Literatura y fue propuesta para formar parte de la Real Academia de la Lengua.

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Ilustración de la escritora Concha Espina. | SARA DOMÍNGUEZ

Ilustración de la escritora cántabra Concha Espina. | SARA DOMÍNGUEZ

Se llama María de la Concepción Jesusa Basilisa Rodríguez-Espina y García-Tagle, tiene ochenta y seis años y está a punto de adentrarse a ciegas en el misterio de la muerte. Hace más de quince años que perdió la vista, pero no ha dejado de escribir. Utiliza un cartón pautado sobre el que va dejando con cuidado su caligrafía invidente. Después alguien le lee en voz alta las notas, y sobre ellas corrige. Si considera que una palabra no es exacta detiene la lectura y escarba en su memoria en busca del adjetivo correcto o el verbo preciso. Si le preguntan, responde que esa exigencia es la que le ha permitido abrirse camino en una literatura de hombres.

Su última obra es una novela de amor titulada sencillamente así, Una novela de amor. Como en el resto de su producción gira en torno a un conflicto amoroso que coloca a los protagonistas de frente a un cruce de caminos que marcará sus vidas. En el centro de las tramas que vertebran las novelas de Concha Espina siempre hay una elección dolorosa entre el deber y el deseo. En La Esfinge Maragata, por la que recibió el Premio Fastenrath de la Real Academia Española, una joven debe decidir entre un matrimonio de conveniencia y el amor de un poeta de quien está enamorada. En Altar Mayor, por la que ganó el Premio Nacional de Literatura, el protagonista, Javier, se debate entre el amor por su prima Teresina y la obediencia a una madre que pretende casarlo con una joven de una posición social más elevada.

Las revoluciones estéticas han pasado de largo por la obra de Concha Espina, que en su juventud abrazó el realismo decimonónico y permaneció siempre fiel a una forma de entender la literatura esposada a la tradición. Ni el modernismo ni las vanguardias ni la experimentación consiguen descabalgarla de los principios que dominan su obra desde que en 1888 publicó con seudónimo sus primeros versos en El Atlántico de Santander.

El camino de la literatura

Concha Espina nació en Mazcuerras en 1869, séptima de diez hermanos, en una familia acomodada, burguesa y tradicional. Su padre, Víctor Rodríguez Espina, es un antiguo cónsul que trabaja como consignatario de buques. Su madre, Ascensión Tagle, procede de una familia de propietarios de Santillana del Mar. La infancia de la futura escritora transcurre en el barrio de Sotileza, en Santander. La ciudad, a finales del siglo XIX, se encuentra en pleno proceso de mutación: deja su encierro en la bahía y se abre al Sardinero para convertirse en un modélico destino de vacaciones acorde a los gustos de la burguesía de la época. Baños de ola, paseos juntos al mar, música y bailes en el antiguo casino, estampas de la vida bien de una joven que intuye que al final de la adolescencia, como las heroínas de sus futuras novelas, tendrá que decidir entre el deber y el deseo, entre las obligaciones que la época impone a una joven de su clase social y la vocación literaria.

Concha Espina publicó su primera novela en 1909. Sus más de setenta obras, que incluyen narrativa, poesía, teatro y ensayo, la convirtieron en una de las escritoras más leídas de su época.

Concha Espina publicó su primera novela en 1909. Sus más de setenta obras, que incluyen narrativa, poesía, teatro y ensayo, la convirtieron en una de las escritoras más leídas de su época.

No hay precedentes de escritores en la familia, que ni siquiera posee una biblioteca en casa. Concha Espina contará posteriormente que fueron los libros de rezos de la parroquia los que despertaron su interés en la literatura. No es un caso único. William Faulkner aseguraba que cuando era niño su abuelo le hacía recitar cada día un versículo de la Biblia. El milagro que inicia el descubrimiento de la vocación de los jóvenes que quieren ser escritores suele parecerse en todos los siglos y en todas las épocas. Concha Espina leyó sus primeros libros en el colegio de monjas y escribió sus primeros poemas a los trece años. Lee y escribe, lee y escribe, y espera con ambición el día en que consiga por fin dedicarse en exclusiva a las letras.

El camino comienza en la prensa local, donde colabora desde los diecinueve años con artículos, poemas y relatos. Siempre con seudónimo -utilizará hasta cinco- la joven se ejercita en la práctica de los recursos con los que más tarde construirá sus obras. Su posición social la ayuda al tiempo que su condición de mujer le cierra las puertas. La literatura a finales del siglo XIX sigue siendo terreno exclusivo del hombre. En la Real Academia de la Lengua no se sienta ni una sola mujer. La institución ha rechazado una y otra vez el ingreso de escritoras como Concepción Arenal o Emilia Pardo Bazán. La propia Concha Espina sufrirá el rechazo de la institución, que no sentará a una mujer en su abecedario hasta 1978, cuando la poetisa Carmen Conde ocupe por fin el sillón k minúscula.

Pero todavía estamos en 1891. María de la Concepción tiene quince años y su madre acaba de morir. La familia se traslada a Asturias. El cambio es brusco. De la ciudad al campo. El nuevo escenario rural marcará profundamente a la escritora, que lo utilizará como telón de fondo una y otra vez en sus obras. Tras años después se casa con Ramón de la Serna en Mazcuerras. Acto seguido el matrimonio cruza el océano y se instala en Valparaíso, Chile.

Son los años de la vocación latente, que duerme sin apagarse del todo. Colabora en periódicos argentinos y chilenos. Nacen sus hijos Ramón y Víctor. En 1898, la familia regresa a España. Sigue colaborando en la prensa. Nace su única hija, Josefina. Tiempo para la familia, tiempo para la literatura. En 1903 publica un ensayo sobre las mujeres en El Quijote. En 1907 nace su último hijo, Luis. Puede que en la vela de algunas noches se pregunte qué lleva a una mujer que ha sido educada para ser esposa y madre a perseguir ambiciones literarias impropias de las expectativas con que la sociedad la contempla. Conocemos la respuesta. En 1909 publica Luzmela, su primera novela, se traslada a Madrid con sus cuatro hijos y asume que su matrimonio está roto.

Una mujer de éxito

Durante los siguientes veinte años Concha Espina publicará más de cuarenta obras, la mayoría novelas, pero también recopilaciones de relatos cortos, obras de teatro, libros de viajes y poesía. Su casa en la calle Goya se convierte en lugar habitual de encuentro para la intelectualidad madrileña de la época. Uno de los asiduos era el escritor Rafael Cansinos Assens, traductor de Dostoievski y de las Mil y una noches, que dedicó un libro, Literaturas del Norte, al estudio de la obra de la autora cántabra.

En 1920, cuando muere su padre, Concha Espina ya es uno de los nombres de referencia en el panorama literario español. Escribe en La Vanguardia, en La Nación y en El Diario Montañés. Publica una media de dos libros al año. Recibe premios y honores. Su obra, apegada a la tradición, con cierto espíritu moralizante y un lirismo que engarza con Pereda, el realismo y el costumbrismo con aires de novela social, es reconocida por el público y la academia. En 1926 se queda a un solo voto de conseguir el Premio Nobel, que se lleva la italiana Grazia Deledda.

La escritora cántabra recibió homenajes y honores en vida. En 1948, el pueblo de Mazcuerras, donde había nacido, cambió su nombre por el de Luzmela, en referencia a la primera novela de Concha Espina. En la fotografía, un sello postal en homenaje a la escritora, emitido por el Gobierno de España.

La escritora cántabra recibió homenajes y honores en vida. En 1948, el pueblo de Mazcuerras, donde había nacido, cambió su nombre por el de Luzmela, en referencia a la primera novela de Concha Espina. En la fotografía, un sello postal en homenaje a la escritora, emitido por el Gobierno de España.

El éxito personal contrasta con las convulsiones políticas que sacuden al país. Concha Espina, que a estas alturas de su vida sabe de sobra que siempre ha sido una mujer conservadora y tradicional, permanece en el margen de los acontecimientos. Apoya la dictadura de Primo de Rivera y, al mismo tiempo, firma una carta colectiva dirigida al Directorio Militar pidiendo el indulto del poeta anarquista Juan Archer. Saluda la llegada de la II República, cuyas leyes le permiten divorciarse, pero no tarda en distanciarse nuevamente de los acontecimientos políticos.

Cuando estalla la Guerra Civil, en 1936, se refugia en Cantabria, donde espera la victoria franquista para regresar a Madrid. En Mazcuerras, el pueblo donde había nacido, vivió sin grandes apuros durante los tres años en los que el país se hizo pedazos. En Mazcuerras empezó a quedarse ciega en 1938. Sus ojos se despidieron de la luz frente a los mismos paisajes de su infancia que había intentado atrapar una y otra vez en sus novelas, en largas descripciones escritas con la vocación de una acuarelista de las palabras.

Lo que queda son los años de la vejez, ya de vuelta en Madrid, junto a un cartón pautado en el que escribe sus últimas obras. "¿Por qué no dicta?", le pregunta en 1943 un periodista que la entrevista para La Vanguardia. "No podría", responde Concha Espina. "Me pondría nerviosa si no encontraba, de prisa, la palabra justa, la expresión acorde, pensando que me esperaba la persona a la que dictase". Y advierte: "A pesar de todo no es lenta la labor. He sido siempre fecunda. Y ahora también. Escribo todos los días. Lo necesito. Es mi refugio espiritual".

En 1955 María de la Concepción Jesusa Basilisa Rodríguez-Espina y García-Tagle es una anciana de ochenta y seis años que se prepara para entrar a ciegas en el misterio de la muerte. Le sobreviven sus cuatro hijos. El segundo de ellos, el periodista Víctor de la Serna, será añadido con el tiempo al monumento que la ciudad de Santander levantó a la escritora por suscripción popular en 1927.

No fue el único homenaje que recibió en vida. En 1948, Mazcuerras cambió oficialmente su nombre y pasó a denominarse Luzmela, tal y como Concha Espina lo había bautizado en su primera novela. El teatro municipal de Torrelavega lleva hoy su nombre. Y en Madrid, una avenida y una estación de metro recuerdan la figura de la escritora. 

La mujer de ochenta y seis años que muere el 19 de mayo de 1955 nunca ha sido una revolucionaria, pero ha contribuido, desde la literatura y quizás sin pretenderlo, a la revolución más importante de la historia de la humanidad, la que todavía hoy continúa liberando a las mujeres de la zona de sombra donde han permanecido durante siglos, obligadas a guardar silencio.

La ciudad de Santander, donde pasó su juventud, le dedicó en 1927 un monumento por suscripción popular. El conjunto, que incluye una fuente, fue realizado por el escultor Victorio Macho, está ubicado en los jardines de Pereda. En 1960 se añadió una placa en homenaje a su hijo, el periodista Víctor de la Serna.

La ciudad de Santander, donde pasó su juventud, le dedicó en 1927 un monumento por suscripción popular. El conjunto, que incluye una fuente, fue realizado por el escultor Victorio Macho, está ubicado en los jardines de Pereda. En 1960 se añadió una placa en homenaje a su hijo, el periodista Víctor de la Serna.

Los estudiantes del Ciclo Formativo de Técnico Superior en Ilustración de la Escuela de Arte número 1 de Puente San Miguel son los encargados de retratar, a través de distintas técnicas pictóricas, a figuras reconocidas en distintos campos dentro de la sección 'Cantabros con Historia'. En este caso, el trabajo de ilustración es obra de Sara Domínguez Sainz.

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