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Hiedra

La tecnología es esa maraña que parece una hiedra: algo que nos va cubriendo poco a poco y que llevamos a cuestas con nosotros.

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Hiedra. | MARCOS DÍEZ

Hiedra. | MARCOS DÍEZ

Hay edificios que se construyeron cuando nadie imaginaba que a esos edificios llegarían el teléfono, la televisión por cable o internet.  Ahora se encuentran cubiertos, como aquel que se pone por encima algo que no le pertenece, por una maraña de cables y cajas que a fuerza de estar ahí casi nos parecen invisibles. La tecnología es esa maraña que parece una hiedra: algo que nos va cubriendo poco a poco y que llevamos a cuestas con nosotros, algo con lo que se carga.

¿Es buena la tecnología? Supongo que sí, los beneficios parecen indudables (menos mal que de casi todo se puede dudar) pero intuyo también que de alguna manera soterrada la misma tecnología que nos promete compañía permanente, conocimiento sin límite, libertad y entretenimiento a cada instante, nos aleja a la vez de todas esas cosas que, en teoría, deberíamos estar más cerca que nunca de alcanzar. La tecnología multiplica las posibilidades de encontrar compañía pero, al tiempo, la conexión constante dificulta el cuidado de las relaciones y hace olvidar ese útil arte de saber y soportar estar a solas, lo que multiplica la sensación de soledad. El conocimiento a nuestro alcance es mayor que nunca pero la tecnología (de naturaleza vertiginosa, entrometida y avasalladora) parece que impide eso que es imprescindible para poder conocer algo en profundidad: calma, dedicación, tiempo y ausencia de distracciones para poder sumergirnos en lo que queremos conocer.

Se podría decir que la tecnología nos da libertad de movimientos pero nos encadena, a cambio, a un hilo invisible que nos conecta con el mundo, lo que empuja al individuo a un estado de alerta permanente por las demandas que de ese mundo pudieran llegar en cualquier momento.

En cuanto a la libertad, se podría decir que la tecnología nos da libertad de movimientos pero nos encadena, a cambio, a un hilo invisible que nos conecta con el mundo, lo que empuja al individuo a un estado de alerta permanente por las demandas que de ese mundo pudieran llegar en cualquier momento. En lo referente a las distracciones, aprovecho una reflexión de Chesterton en la que alertaba de que "si los entretenimientos que se ofrecen a los obreros les son proporcionados tan mecánicamente como en la actualidad, y con la alternativa meramente mecánica de la actualidad, yo creo que hasta la esclavitud de su trabajo sería llevadera comparada con la agobiante esclavitud de su ocio".

La tecnología es una herramienta y en calidad de herramienta su valor será determinado por su uso. Está claro. Pero la herramienta no es inocua y también empuja y modifica la conducta e impone unos usos. ¿Podemos elegir? En teoría sí. Podemos apagar el móvil, desconectar el wi-fi y no encender la televisión. Podemos hacer un uso adecuado (cuando descubramos qué es un uso adecuado). Es cierto. Pero para hacerlo hay que vencer una enorme resistencia porque la tecnología, en nuestros tiempos, no es un riachuelo inocente en el que entramos y salimos a nuestro antojo sino un fluido viscoso en el que estamos permanentemente sumergidos. Y que nos arrastra.

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