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Insensateces

La lentitud es una conquista que he perdido. Lo sé. Lo mismo que ciertos derechos sociales, ya que la consigna de este tiempo parece ser devorarlo todo a la mayor velocidad posible.

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El mundo viaja a una velocidad que me cuesta seguir. Lo confieso. Las cosas no me duran. Las insensateces de Ignacio Diego, por ejemplo, se me superponen en el cerebro a una velocidad vertiginosa, lo mismo que las canciones en la radio, los libros en el estante, los famosos en la televisión o las personas en el recuerdo. La lentitud es una conquista que he perdido. Lo sé. Lo mismo que ciertos derechos sociales, ya que la consigna de este tiempo parece ser devorarlo todo a la mayor velocidad posible, no porque así esté grabado en las Sagradas Escrituras, sino para que todo pueda ser comprado, usado y tirado al igual que se hace con los chicles, la pasta dentífrica, los kleenex o el discurso inútil de los políticos que se han encontrado a sí mismos comiendo, cenando, merendando, desayunando y hasta tomando las aguas en los establecimientos hosteleros más lujosos del país...

En este vertiginoso mundo de aviones supersónicos, satélites, trenes de alta velocidad, tuits lapidarios y ordenadores de última generación, nadie sabe muy bien a donde va. Nadie. Ni siquiera Angela Merkel. Pero por lo visto poco importa donde vayamos, el caso es ir a toda pastilla a través de un mundo donde cada vez van quedando menos cosas sólidas, estables, consistentes. Que en este preciso instante recuerde, el fútbol, ciertos vinos con una limitada denominación de origen, los pinchos de tortilla, las películas de Woody Allen y poco más.

Cierto que tarde o temprano todo desaparece. Todo. Hasta los dinosaurios. Pero en esta época, no sé, parece que todo tiende a desvanecerse demasiado precipitadamente, tanto la vida como la muerte, el aroma de las manzanas, los amigos, los matrimonios, la consistencia de los compromisos... La ventaja de los nacionalismos –de ahí su renovado auge en esta Europa desconcertada, envejecida y deslocalizada– es que en un mundo donde nada permanece uno siempre puede aferrarse a una tradición, a una bandera, a una liturgia, en definitiva, a unas cuantas canciones de amor y salitre que se suelen entonar a los postres de abundantes y suculentas cenas.

Pero eso es todo. Los demás, los que no hemos encontrado en este disparatado mundo más nacionalismo que la buena salud de nuestros padres y una predisposición, más o menos genética, para admirar los paisajes sin mirarles la etiqueta de 'made in', nos aferramos a lo que buenamente podemos, o sea, al fútbol, a ciertos vinos con una limitada denominación de origen, a los pinchos de tortilla, a las películas de Woody Allen y a las personas con las que uno, poco a poco, sin prisa pero sin pausa, se va haciendo una vida en las mismas calles, casualmente, por las que Ignacio Diego –dios nos asista– va meditando, ahora mismo, la próxima insensatez.

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